Crónicas parisinas I I I (y último)


02-05-2002    |   


ARTÍCULOS



Tatiana y la Torre Eiffel

Al llegar al hotel, nos esperaba una nota del resto del grupo citándonos para cenar en una Brasserie. Yo estaba rota, los zapatos me habían hecho ampollas y casi no me podía mover, pero hice un esfuerzo supremo y me apunté a la cena, porque me apetecía mucho, a condición, eso sí, de que no hubiera que andar mucho y bien provista de tiritas. "Claro, claro, no está muy lejos", me dijeron. ¡Cuán errada estaba yo, Señor! En París, eso de "está ahí al lado" supone kilómetros, algo que, en buena forma y sin dolor de pies, puede resultar hasta estimulante; pero la realidad era otra, nuestra heroína arrastraba los pies como una mendiga y se iba desmarcando del "pelotón", que avanzaba presuroso hasta la brasserie en cuestión... Una vez allí, resultó que el local era tirando a caro y además había "espectáculo", cosa que no nos seducía en absoluto. De modo que con la música a otra parte, a buscar otro sitio, unas veces en metro y otras, arrastras, suplicando, entre bromas y veras, una "uvi-móvil".

Después de una hora de paseo agonizante por varios barrios parisinos sin lograr nuestro objetivo (hubo un despiste general y nos desorientamos), durante el cual estuve tentada de pedir un taxi y volver al hotel, pero me dije: "Tatiana, estás en París, ya te curarás las ampollas, ya descansarás, ahora olvida todo y disfruta", dimos con un pequeño restaurante-bar, "Le Bourgogne" (26,rue des Vinaigriers), de aspecto sencillo y bastante feo, pero decidimos arriesgarnos, porque, entre otras cosas, era ya muy tarde. Había menús normalitos, en los que destacaban las especialidades de la casa, tales como Buey Bourguignonne y Coq-au-vin, de modo que pedimos un poco de todo, un tanto escépticos. La familia que atendía el negocio eran todos gordos (más bien obesos) y encantadores, incluso nos hablaron/chapurrearon en español. Mientras esperábamos, empezaron a salir los platos de las mesas contiguas y enseguida percibimos unos aromas "caseros" que nos hicieron recuperar el tono vital, más bien bajo en aquellos momentos. Aquello nos hizo presagiar lo que más tarde pudimos comprobar en nuestros paladares: comida casera en París, con los olores, vapores y aromas de siempre, hecha con mimo y amor. Los platos tenían todos un pequeño toque decorativo, muy sencillo, pero que dejaba entrever el cuidado que en ellos ponía el Chef.

A los primeros bocados y primeros sorbos de Beaujolais, toda sensación de cansancio y de contrariedad había desaparecido y disfrutamos de lo lindo en aquel pequeño local, amabilísimamente atendidos por "la hija", una fermosa moza de unas veinte primaveras y bastantes más arrobas que llevaba con gracia y encanto. El padre - más de 130 k - estaba a cargo del mostrador y exhibía una amplia y constante sonrisa.

Ni que decir tiene que nos hicimos amigos y yo hablé con el Chef para felicitarle. Prometimos volver, claro. Lo que son las cosas, cenamos de cine por 1.500 Pts. (ahora, 9 euros de ná) en París...



Al día siguiente, último de mi estancia en la Ville Lumière, tenía una agenda muy apretada y quería hacer y ver muchas cosas, así que me levanté temprano y bajé a coger fuerzas para todo el día en el buffet. Después me encaminé a la escuela de cocina Le Cordon Bleu, donde me esperaban, previa cita telefónica, para enseñarme la escuela. Una vez allí, me atendieron con una amabilidad extrema y me quedé embelesada por la belleza del lugar. Toda la escuela está pintada en color azulón y blanco, de las paredes cuelgan fotos de los Chefs-profesores, de los alumnos haciendo prácticas, de los platos confeccionados en los exámenes... una maravilla. Algunos alumnos tomaban un café en un bar cubierto por una luminosa cristalera, embutidos todo ellos en su bello uniforme. Visité todas las cocinas, husmeé entre las cacerolas, los ingredientes y las especias, hice mil y una preguntas, asistí al final de una clase de repostería - ¡qué aromas!, ¡qué sensaciones! - y, cómo no, compré algunos artículos Le Cordon Bleu: un delantal con su emblema, un bolígrafo con ídem para mis recetas y una pinza especial para quitar espinas al pescado en crudo (para el salmón marinado, por ejemplo); en todo momento se deshicieron en atenciones hacia mí, incluso me invitaron a una clase de tres horas a la que, lamentablemente, no pude quedarme por falta de tiempo. Salí de allí a un palmo del suelo, casi levitando, y, como es de suponer, me hice fotos delante de la fachada, como souvenir. No las incluyo en este artículo porque he salido fatal y la escuela no se ve muy bien.

De allí me fui sola en metro (tuve suerte de que el trayecto fuera al aire libre) a la Torre Eiffel, a la que no veía desde el 68... Seguía allí, enorme y férrea, llena de magnetismo.
Una vez al pie de la torre, me compré un helado de vainilla que me supo a gloria. Lo saboreé lentamente, sentada en un banco entre turistas, sola conmigo misma, contemplando aquella inmensidad de hierros. Traté de subir, pero, una vez más, las colas eran interminables, de modo que me dediqué a observarla desde todos los ángulos, paseando sin prisas por el jardín del Champ de Mars. Hacía mucho calor y mucho bochorno y emprendí mi camino hacia los puentes y los Bâteaux-Mouche, al borde del Sena, buscando la sombra, y sacando fotos. Al cabo de varios kilómetros, decidí tomar un taxi y regresar al hotel, porque ya mis fuerzas me abandonaban y me impedían disfrutar. Hube de renunciar a visitar Notre Dame, la isla de Saint Louis (donde se encuentra Berthillon, una de las mejores tiendas de helados), etc. El trayecto me sirvió para seguir contemplando París, volver a pasar por el Louvre, ver de lejos el Arco de Triunfo, etc. Estaba claro que en cuatro días no se podía abarcar todo, y había que descansar, algo fundamental, entre otras cosas porque por la noche estaba programada otra cena de alto copete.



De vuelta al hotel, piqué algo ligero y dejé pasar más de una hora entre el baño de espumas y la ducha. Luego volví a salir por la zona, Galeries Lafayette (el "Lafayette Gourmet" es impresionante; había multitud de frutas exóticas cuyo aroma lo invadía todo, una exposición de chocolate Valrhona, incluida una mazorca de cacao en cuyo interior se podían ver sus habas...), Printemps, tiendas y más tiendas, comprando regalitos y cosas ricas para la familia y amigos.

Luego, a ponerse guapos para la cena. Nos llevaron en autobús y, una vez más, pudimos disfrutar de Paris la Nuit desde las ventanillas. El restaurante "Laurent", en el "Jardin des Champs Elysées", tiene el aspecto de una gran casa con jardín, elegante, sobria y deslumbrante. Subimos a una terraza por una escalera de piedra cubierta con una mullida alfombra, en donde degustamos unos diminutos canapés de salmón y de jamón, así como unos exquisitos petits choux de queso, crujientes y ligeros como nunca había probado, regado todo ello con champán, vinos y otros refrescos. Caía la noche, se encendieron unas bonitas farolas esféricas de luz cálida que rivalizaban con una luna creciente. Al fondo, la Torre Eiffel iluminada nos hacía compañía.
Después pasamos a nuestras respectivas mesas, instaladas en la otra terraza, desde la cual se podía contemplar el jardín, abajo, con mesitas redondas escoltadas por castaños de hojas pre-otoñales. La mesa era un derroche de buen gusto y sencillez: mantel blanco inmaculado, vajilla primorosa, cubertería de plata, cristalería ultra fina (cada sorbo de vino constituía un doble placer, por el vino en sí y por la finura del cristal), flores y candelabros con velas blancas, que a lo largo de la cena formaban bonitos racimos de cera, con los que no puedo evitar juguetear...

El menú, impecable: 1º crema fría de tomate a la albahaca con un huevo pasado por agua encima, 2º medallón de buey con tortita de patata y salsa Bearnesa, 3º quesos - servidos en preciosas bandejas de mimbre -, 4º crema de melocotón con sorbete de limón y albahaca, café y mignardises (trufas y hojaldres diminutos). Los vinos, blanco Mâcon-Villages 1996 Domaine Des Deux Roches y tinto Château Chambert-Marbuzet 1996, Saint-Estèphe, deliciosos. A esta magnífica puesta en escena hay que añadir la grata compañía y una conversación distendida y enriquecedora.

A continuación, se podía elegir entre ir a una discoteca o volver al hotel, cosa que hicimos casi todos, porque ya no estamos para trotes y además todavía había que hacer las últimas compras antes de marchar. Yo, personalmente, quería conservar el buen sabor de boca de aquella noche y me acosté mecida por los vapores del vino (bebí poco, lo juro...) y el recuerdo de la velada en mi mente y en mi corazón.

Así terminó mi aventura parisina, que, si bien me supo a poco, sí me compensó mis largos años alejada de tan bella ciudad, a la que espero volver muy pronto.

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Tatiana Suárez




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