Ultimo tango de la mantequilla, por Pepe Barrena


29-09-2011    |   


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(Pepe Barrena)

 

No recuerdo ninguna otra escena en la historia del cine donde un producto culinario haya usurpado el protagonismo tanto al director como a los actores, a los magos de la luz y del atrezzo, a los guionistas e, incluso, a la mismísima película. Si se tratase de una cinta intrascendente se entendería la situación pero tratándose de la compleja y mitificada El último tango en París la cosa cambia. Sobre este film de Bernardo Bertolucci se ha dicho y escrito de todo, desde que Marlon Brando no se enteró jamás de qué iba la trama o que sus secuencias de sexo con María Schneider eran reales (no sólo lo negó el implicado sino que confirmó su impotencia para llevarlas a cabo diciendo que su miembro viril parecía un cacahuete) hasta que la maravillosa fotografía de Néstor Almendros en los momentos más escabrosos la logró el cubano tiñendo de té la tela de las cortinas del desnudo apartamento. Todo para nada. Pregunten ustedes a la clase popular o buceen en busca de un resumen: El último tango es y será la película de la escena de la mantequilla, aquella en la que el genial y tristemente desaparecido intérprete de El Padrino sodomiza a la muchacha con la ayuda lubricante del símbolo de la perfección de las materias grasas.

 

La mantequilla, como el actor, pasó de la gloria al ostracismo. Al son de la nouvelle cuisine entró a saco en nuestros fogones y siguiendo esa consigna del sometimiento a las mutaciones gastronómicas de la época que tantos cadáveres ha dejado en el camino, los chefs bañaron o naparon los manjares más suculentos con salsas indigestas y epatantes, de aspecto aterrador, que mandaban al limbo la nobilísima identidad de la universal emulsión láctea y sus exquisitas aportaciones. La inmejorable suavidad de la mantequilla, su extraordinario aroma, su textura impecable y el barniz de ebanista que proporciona se difuminaron por la irresponsabilidad o falta de dominio. La tragedia, lógicamente, estaba al caer. Los comensales la repudiaron y la sola mención de su nombre era como invocar al diablo. ¡Puaff!...cocina afrancesada, decían.

 

¿Injusto? Ahí no acaba el asunto. Años después, los aliados de los predicadores de la caloría se lanzan en picado a lo light, a las leches descremadas, a las salsas estiradas, a las infusiones y a las cocciones con agua. La actual cocina anoréxica lo que nos está sodomizando es el paladar. Las peroratas públicas de estos ejecutores acerca de la entrañable rebanada de pan fresco colmada de mantequilla o de los olores inigualables que emanan de un horno pastelero a primera hora del día siembran de dudas su seriedad. Son charlatanes que no se atreven, por gagá, a ofrecer en sus cartas un lenguado a la molinera con su fabuloso toque avellanado, o una “Maître d´Hotel” con perejil picado, sal y zumo de limón para realzar unas mollejas de ternera; o una holandesa sin estropicio para que se sientan como príncipes unos espárragos recién recolectados. Las salsas de la modernidad, amigos, hay que tomárselas con pajita. Adiós, por tanto, a la cuchara, al unte sin miramientos. ¿Estaremos ante el último tango de la mantequilla? Tranquilos; como decía Vázquez Montalbán, otro fenecido que algo sabía de recetas inmorales y de melodías para cuerpos acoplados, el bien comer y el bien amar aflojan los esfínteres del alma. Brando, con la mantequilla, saboreó otros placeres. 

 

 

 

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