Riojas modernos para los nuevos tiempos


26-01-2000    |   


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Son cada vez más las bodegas riojanas que se enganchan al carro de los tintos cubiertos, densos y tánicos. Nada que ver con los vinos tradicionales de antaño, de color rubí, con prematuros aromas oxidativos, gusto caramelizado y un característico toque acídulo. Ahora los enólogos comienzan a decantarse por crianzas moderadas en roble nuevo, largas maceraciones y selección y vinificación independiente de los mejores pagos. Esta tendencia, bautizada un tanto pomposamente como riojas de "alta expresión, se consagra con las añadas del 94 y el 95 y consiste en esencia en elaborar vinos menos maderizados, con mayor presencia de fruta y concentración, en consonancia con el gusto actual.
Seleccionando el grano de la paja, el enófilo inquieto descubrirá entre la amplía pléyade de nuevos riojas los que se distinguen del resto por su personalidad, manifestada en su composición varietal, su vinificación o su terruño. No nos equivoquemos, no todos los riojas de la nueva ola consiguen diferenciarse. Es más muchos de ello se acercan peligrosamente a un masificado y uniforme estilo internacional, que se nutre de vinos construidos para impactar en catas pero sin un rostro reconocible.
Más allá de estas modas se encuentran vinos como el Barón de Chirel 1994, un tinto que debe abrirse por lo menos una hora y media antes de su consumo para apreciar la compleja nariz que desarrolla con una oxigenación previa: fabulosos aromas ahumados y especiados, con tonos balsámicos muy propios del Cabernet Sauvignon. En el paladar, el vino expresa toda su elegancia, con una buena estructura, taninos prietos y ciertas aristas por pulir que no ensombrecen un paso de boca engañosamente fácil que colma de sensaciones gustativas. Lo dicho, el misterio de un bosque umbrío en la nariz y la finura en la boca.
De San Vicente de la Sonsierra llega el San Vicente 1995, un vino todavía por asentarse al que conviene no perder de vista. Exhibe una original fragancia de fruta sobremadurada y recuerdos licorosos, aunque debe ganar en intensidad aromática y terminar de integrar las notas de roble americano. La boca del vino está más hecha y conquista de inmediato, con taninos envolventes y golosos, amplitud y una ligera calidez en el final que no molesta en absoluto. Se trata de un producto muy bien confeccionado, no tan elegante como el S.V 1994 pero algo más graso.
A la espera de que llegue al mercado el Roda I 1995, su hermano pequeño el Roda II del mismo año no deja indiferente a quien lo prueba y demuestra que la bodega cuida la calidad también en las segundas marcas. Dulces aromas de fruta confitada, pastelería y piel de naranja confieren un gran encanto a la nariz de este vino, donde además predominan los rasgos tostados de roble. El encuentro en la boca es seco y suave, con taninos amables; cuerpo medio y redondez. Un vino con el que se puede disfrutar ya y de buena evolución a dos, tres años.
Por último, no podíamos dejar de citar uno de los riojas de mayor pegada en la crítica durante el último año: el Grandes Añadas 1994 de Artadi, procedente de una selección de viñas viejas del pago del Cerradillo. El vino deslumbra por su brillante color cereza oscuro. Aún cerradísimo en la nariz, es imprescindible decantarlo o abrir la botella dos o tres horas antes de su degustación, entonces aparecen complejos aromas de frutos rojos y un tenue recuerdo mineral que preludian un talante macizo y sólido en la boca, con gran corpulencia, taninos amargos y secos, y bastante persistente. Debería ganar armonía con la reducción en botella, aunque ahora mismo su evolución a largo plazo se antoja una incógnita.

TAGS    VINO TINTO DE VERANO




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Mauro Alberto García




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