El esplendor de la Syrah y la Viognier al Norte del Ródano.


26-01-2000    |   


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La viña cultivada en el estrecho valle del Ródano se extiende a lo largo de 200 km desde Avignon en el sur hasta Lyon en el norte. A unos pocos kilómetros de esta cosmopolita ciudad, en la margen izquierda del río, se encuentran dos apelaciones de reducida extensión que originan algunos de los mejores vinos de Francia : Côte-Rôtie y Condrieu.
Côte-Rôtie es cuna de concentrados y elegantes tintos de Syrah cuyo secreto reside en vides que desafían la gravedad en empinados bancales, cultivadas sobre laderas pedregosas de granito y pizarra. Estas colinas, que en algún caso tienen pendientes de hasta el 70%, se muestran ideales para el cultivo del viñedo debido a su orientación este-oeste, que asegura un aporte suficiente de luz solar a mitad de la mañana. Además este cultivo en pendiente posibilita un perfecto drenaje natural por evacuación de las aguas hacia las zonas llanas, e impide el encharcamiento de las tierras en la época de lluvias.
En Condrieu, sólo se producen blancos, secos o dulces, a partir de la variedad Viognier, la única autorizada en la apelación. De difícil cultivo y débil constitución, la Viognier es, sin embargo, una cepa de fuerte carácter y escaso rendimiento, muy aromática, delicada, de baja acidez y alto grado alcohólico. Un cepaje que no admite los términos medios. Con viñas de más de 25 años y bien vinificada es posible conseguir vinos tiernos, amplios, de intensos aromas florales, posgusto especiado y gran armonía. Cuando los rendimientos son excesivos, el momento de la vendimia se adelanta demasiado y el enólogo no le dispensa el trato adecuado, la Viognier no suele alcanzar el equilibrio deseado y su ataque de boca será cálido y punzante.
En estas áreas del Ródano septentrional no se verán ni tradicionales y acogedores chateaus, ni asépticas y ultramodernas bodegas industriales. Aquí lo que predomina son las bodegas pequeñas, familiares, prácticas. En la mayoría de los casos almacenes acondicionados para una elaboración rudimentaria, donde los propietarios ejercen de viticultores bodegueros y enólogos. Auténticos personajes del vino de palabra fácil y precisa para explicar el comportamiento y adaptación de las variedades. Hombres de campo sin muchos medios pero con grandes vinos que les explican y les enraízan.
Como Pierre Galliard, hospitalario y cordial viticultor de Condrieu que destaca por sus blancos secos y dulces que elabora en una amplia nave cerca de su granja. Sus Condrieu secos del 97 y 98 se caracterizan por un poderoso aroma floral, notas de hierba buena, y un intenso toque láctico que delata una breve crianza en roble. Son grasos, persistentes, firmes sin ser rústicos. Merece la pena resaltar su blanco dulce de vendimias tardías del año 97, una deliciosa ambrosía que se bebe con irresistible facilidad. En nariz tiene mil y un matices: albaricoque, membrillo, toffe, pasa. En la boca es largo, fresco, goloso, amplio, con recuerdos de lima que no eclipsan una exhuberante y nada empalagosa dulzura
Otro bodeguero que se luce con la Viognier es Yves Cuilleron. Su Condrieu del 97 de gama alta es complejísimo, elegante, tierno, floral, con mucho fruta y exacto equilibrio en en la boca. Un blanco imponente que no deslumbra de inmediato (da una engañosa sensación de fragilidad), pero al que te acabas rindiendo. No tan impactante como el de Galliard, pero más refinado y completo.
En Côte-Rôtie uno puede encontarse a gente como Guy Bernard; astuto, vivaz, inquieto; que produce oscuros, sabrosos y frutosos syrahs en una diminuta, artesanal y un tanto precaria bodega adosada a su casa. Entre todos sus vinos, sobresale el que elabora a partir de viñas viejas. El 96 tiene taninos bien maduros, concentración y elegantes aromas de frutos rojos. El 94 se muestra más generoso, con recuerdos de frambuesa, y redondo, con taninos dulces y suaves.
No se puede hablar de Côte-Rôtie sin mentar a Guigal, hombre hecho a sí mismo que ha elevado su nombre a la categoría de mito, estandarte de la apelación y dinamizador de la viticultura local. Respetado y querido por sus paisanos, Guigal es considerado un todoterreno de la vitivinicultura, con inquebrantable fe en la viña, la perseverancia y el trabajo. Su despegue internacional se produjo a finales de los años setenta. Hoy en día es una referencia inexcusable de los vinos de calidad franceses. Sus vinos tintos de pago (20.000 botellas entre La Landonne, La Turque, La Moulin) se codean con los grandes burdeos, a los que en muchos casos sobrepasan en precio. Y sus vinos genéricos- que se elaboran mediante la compra de uva y vino- de Châteauneuf-du-Pape, Côte-Rôtie, Hermitage, Condrieu o Côtes du Rhône mantienen el tipo y ganan la batalla de la relación calidad-precio.
El blanco más selecto y mimado de Guigal es La Dorianne, un vino de pago de Condrieu que en el año 97 se muestra graso, suntuoso y cálido, con aromas muy marcados de roble nuevo (frutos secos). Su Hemitage blanco 1994 es un vino bastante peculiar que ha sido elaborado con las variedades Marsanne y Rousseanne. Presenta un color bastante dorado y un buqué abocado de miel y membrillo. En la boca es seco, denso, duro y difícil.
Entre los tintos, el Côte-Rôtie 1995 es rico en aromas especiados y demuestra carácter varietal, no obstante le falta carnosidad y fruta. El Hermitage 95 es más interesante, corpulento y frutoso. Sólo necesita pulir un tanto su tanicidad. Con La Turque, que proviene de una viña de una hectárea y media, con mayoritaria presencia de Syrah y apenas un 5% de Viognier, Guigal demuestra su grandeza. Después de 25 meses en roble, La Turque 96 desarrolla unos extraordinarios aromas de cacao, frutos rojos y cassis, sobre un seductor fondo balsámico. Es un vino muy sabroso y concentrado, glicérico, equilibradísimo y con una finura impecable.
La Turque 1995 se embotelló en enero de este año y tiene talla de vino de élite, superando al anterior en opulencia y densidad. Sus aromas son voluptuosos y profundos de cassis, frutos negros, pasas y trufa. Al paladar sus taninos, muy maduros y de gran calidad, dejan huella. Vigoroso, pleno, de eterno final y con mucho de todo, sorprende también por su magnífica armonía. Un vino para soñar.

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Mauro Alberto García




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