Cocinero en serie (Último capítulo, 2ª entrega)


07-11-2002    |   


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Dejamos a Pere en el Café Astoria, ahora un restaurante temático sobre el oeste americano, esperando al friegaplatos, su simbólica última víctima hostelera. Un filipino llamado Edmundo, el filipino de la pica, sale de trabajar muy enfadado, tanto que no se da cuenta que un viejo le sigue hasta casa



Pere vió a su nuevo elegido entrando en un viejo edificio. Desde la calle lo vio abrir una pequeña puerta casi a ras de suelo. Ya podía haber un gran cartel donde ponía principal, que eso era la casa del portero dividida en dos. Pere conoció esas casas en su época de esplendor, antes que la racanería de sus propietarios empezase a partirlas y a añadir pisos. Dudó entre entrar de golpe o esperar a que saliese de nuevo, pero a lo mejor no estaba solo en casa y optó por la segunda opción. Por ser agosto, la tarde estaba bastante animada y pasó la tarde con un helado y observando a la gente.

Tenía claro que había que hacerlo muy rápido, que si con ese compañero de fatigas empezaba a caerle simpático, le podía temblar el pulso que sujetaba el pequeño cuchillo de pelar patatas que llevaba en el bolsillo, Había pasado media noche afilándolo de nuevo. En la otra llevaba un guante de goma del rosa más llamativo.

Eran las siete y media y el chico de la gorra de beisbol aún no había salido de casa. Pere no estaba seguro de su horario y empezó a dudar, igual no le quedaba más remedio que el ataque directo y casero. Y en ésas, lo vio salir corriendo y con unas rayas marcadas en la cara que delataban unas horas entre cojines. No sin muchas dificultades, consiguió no perderle el rastro, aunque la distancia entre los dos era cada vez más. Afortunadamente sabía dónde se dirigía, y cuando Pere introdujo la tarjeta multiviajes, hacía mucho rato que no lo veía. Pero en el mes de agosto el tiempo entre tren y tren era largo y daba margen a un asesino en serie.

Para demostrarle que la suerte estaba de su lado, además había habido una avería eléctrica. Una voz no paraba de anunciar que el servicio se restablecería de inmediato, una voz que le puso muy alegre y le acompañó mientras buscaba al filipino sin edad y de piel muy fina. Lo encontró al final del andén con el gesto preocupado de los que llegan tarde a casa. Estaba fuerte el condenado y Pere bajó de la nube y puso los pies en el suelo. Había mucha gente esperando el metro y el cocinero en serie seguía sin ver cuál sería el mejor momento para actuar.

Al fin llegó un metro lleno a la japonesa abrió sus puertas. Algunos viajeros salieron disparados buscando oxígeno, el aire acondicionado no funcionaba, desobedeciendo a las múltiples pegatinas que lo anunciaban pomposamente. Pere y su futura víctima entraron a la vez y detrás de él, más gente de la que cabía. Iban enlatados pero aún quedaban pequeños espacios que permitían algún movimiento de las articulaciones. Los dos hombres estaban casi tocándose, pero al no tener clara la huida, Pere decidió esperar, además, por algún motivo que desconocía, una mujer de enfrente no le sacaba el ojo de encima. Y pasó el rato haciendo un homenaje mental a su puntilla, que después de tantos años iban a separarse para siempre. Poco a poco, la situación fue normalizándose y la gente bajando. Cuando llegaron a la parada del centro de la ciudad, apenas bajaron veinte personas.

El chico de oriente saltó al andén como una bala y, detrás de él, un hombre mayor que discretamente se ponía un guante de goma. Fueron los primeros en llegar a la escalera mecánica. Edmundo dejó de correr, que trabajase la tecnología, pensó, y tomó aire para correr una vez llegase a la superficie. En esas fechas el flujo de usuarios era muy bajo y a Pere no le extrañó que nadie bajase en dirección contraria. Abajo, sus acalorados compañeros de vagón empezaban, lentamente, a subir las escaleras. Durante unos breves segundos iban a estar solos y Pere vio que su momento había llegado. Saltó los tres escalones metálicos que los separaban y, mientras con una mano, la que llevaba desnuda, le tapaba la boca, con la otra le clavó con fuerza el cuchillo. No tuvo tiempo de ver al muchacho cayendo escaleras abajo, ya que el pasillo apareció delante de él y empezó a correr como un loco, mientras se sacaba el guante asesino oyó gritos histéricos y un tumulto lejano.

En las taquillas había bastante gente, dos operarios, algún usuario y muchos turistas consultando planos. Pere adoptó una actitud más normal y, a paso ligero, salió a la calle. A pleno sol cruzó la plaza y, siguiendo el plan, se perdió en unos grandes almacenes. Desde la terraza-bar de la octava planta pudo ver llegar una ambulancia. En lo único que pensó Pere fue en el viejo cuchillo que no volvería a ver jamás y en que el café que le habían servido era demasiado amargo.

Continuará...

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Jordi Gimeno




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