Cocinero en serie (Último capítulo, 1ª entrega)


30-09-2002    |   


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El círculo empezaba a cerrarse del todo pero faltaba algún sacrificio más y por eso estaba allí, en su ?Café Astoria?, que ya no se llamaba así, ahora era el ?Riverside Café?. Era difícil reconocer en ese local el encanto centenario que siempre había tenido, pues ahora era un restaurante temático, tan de moda en todo el mundo. Habían convertido las columnas en tótems indios y la barra quería recodar un rancho tejano y esos veteranísimos camareros de toda la vida habían dado paso a jóvenes sheriffs del oeste americano y a chicas sioux de falda muy corta. Por lo que le dijo el camarero, llenaban cada día. Era un chico muy agradable que se emocionó cuando Pere le comentó que había trabajado allí hacía casi medio siglo. Nacho, el camarero, insistió en enseñarle la cocina, justo lo que quería Pere. Evidentemente, no quedaba nada de su época, todo había cambiado de sitio, pero rápidamente encontró a su hombre, el último hostelero de su lista. El lavaplatos.

En la pica comenzó todo y allí acabaría. Nacho no paraba de hablar y de presentarle cocineros pero Pere sólo tenía ojos para su nuevo objetivo. Se despidió y volvió al cabo de una semana, y las dos veces pensó en el viejo republicano de la pierna amputada, el que le consiguió el empleo, pensó que a lo mejor seguía allí, invisible, al final de la barra. Pidió un café, Nacho no estaba, lo que era una ventaja para él. Faltaban diez minutos para las cuatro. El comedor estaba lleno a rebosar y se podía oler en él la seducción por la novedad en el centro de la ciudad, pero Pere no llegaba a comprender cómo esa multitud se sentía atraída por esas enormes hamburguesas saturadas de grasa. Una multitud que se volvía loca por platos extraños como los nachos, los burritos y las fajitas, cocina Tex-Mex la llamaban, pero a Pere no le decía nada. Él sólo estaba pendiente de la puerta que usaba el personal y que de ella saliese el filipino de la pica. Pere no era racista, ni mucho menos, pero su objetivo casi final era el hombre que ocupaba su sitio en el Astoria y ahora el color de la piel no iba a pararlo. Las cuatro y cuarto y cundo empezaba a dudar de si ese chico seguía trabajando allí, lo vio cruzando el comedor.

Edmundo estaba muy cabreado, por tercera vez habían preferido contratar a un niño de la escuela de hostelería que promocionarlo a él. El jefe de cocina había intentado tranquilizarlo, le dijo que era una cuestión de tiempo, que tuviera paciencia, pero Edmundo ya había tenido bastante, más de medio año, desde la inauguración. Horas y horas de más sin premio, por ciento diez mil pesetas, por no ser nunca ayudante de cocina. Ya le tocaba que, aunque para los occidentales pareciese más joven, en dos meses iba a cumplir los treinta. Mientras iba para el metro, recordó cómo, atraído por las historias de su hermana, casada con un blanco, llegó a la ciudad con una única maleta llena de sueños. Le habían contado que con diez años de trabajo en Europa podía, si se administraba bien, comprarse un buen apartamento y abrir un negocio en su país. De momento llevaba tres años y apenas podía ir tirando y echar una mano a sus padres en Filipinas. Afortunadamente, ahora la policía ya no le tocaba las narices gracias a ese pasaporte falso conseguido en el mercado negro.

El vagón iba medio vacío pero tuvo la sensación de que alguien lo seguía. Estupideces, pensó, y lo achacó a los disgustos que lo estaban volviendo hipersensible. Para más colmo, todo el personal se había enterado de su rollo con Emma, la que fregaba el comedor por las mañanas. Y Edmundo detestaba que se metiesen en su vida privada, aunque, en un ejercicio de autocrítica, legó a la conclusión que se lo había buscado. Esperaba no encontrar a ningún compañero de piso en casa esa tarde. Alan y Meynard también eran filipinos, el primero servía en una adinerada casa de la parte alta de la ciudad y el segundo era jardinero en una mansión algo más arriba. Los dos habían dejado mujer e hijos en Filipinas y, a base de innumerables sacrificios, empezaban a tener tierras y negocios que algún día disfrutarían.

Como siempre, Alan había olvidado sacar las sábanas del sofá donde dormía. Edmundo las recogió de mala gana e intentó relajarse en ese diminuto comedor, pensó que se merecía un whisky, además hacía un calor insoportable. Puso la tele y se tumbó, pero su cabeza iba por libre y no paraba de preguntarle por qué rayos no le pasaban a la cocina, con lo fácil que era hacer la carne ala parrilla y las BBQ Ribs. Sin respuesta bebió el último trago y trató de dormir.

Continuará...

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Jordi Gimeno




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