LOS ORÍGENES DEL CHOCOLATE A LA TAZA


13-12-2012    |   


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Eva Martín

Cuenta una antigua leyenda que los mayas consideraba al cacao el árbol más bello del paraíso, con múltiples virtudes como calmar el hambre y la sed y curar las enfermedades. Sabemos que hace unos 4000 años el árbol del cacao crecía naturalmente en las sombrías selvas tropicales de las cuencas del Amazonas y el Orinoco. Pero no fue hasta la aparición de la civilización maya que se empezó a cultivar, hace ya más de 2.500 años.   Fueron precisamente los mayas los creadores del denominado chocolha, el antepasado más antiguo de nuestro actual chocolate a la taza. Más tarde, los aztecas heredaron el cultivo de este árbol y la elaboración del denominado xocolatl, una continuación del chocolha de los mayas, y de donde proviene el actual nombre de nuestro chocolate.   Pero el único rasgo en común entre esta bebida indígena y a la que hoy consumimos nosotros en su base de preparación con cacao. El antiguo xocolatl era una preparación de un sabor muy fuerte por su alta concentración en granos de cacao. Además, lo mezclaban con ingredientes a los que el suave paladar occidental no calificaría como “delicias”, precisamente: desde chile hasta hongos alucinógenos, que creaban una bebida muy picante y amarga.     Cristóbal Colón recibió ya como ofrenda de bienvenida unos sacos de lo que entonces llamaron “habas oscuras”, que en la sociedad azteca servían como moneda y producto de consumo. Pero no fue hasta 1520 que el cacao desembarcaría en las costas españolas, de la mano de Hernán Cortés.   Como todo producto exótico recién llegado de la Indias, el chocolate despertó inmediatamente la curiosidad de reyes y nobles. Sin embargo, la elaboración de la bebida caliente y dulce que conocemos hoy se lo debemos al tercer estrato social privilegiado de la época: el clero.   Aunque los orígenes exactos de la mezcla del cacao con azúcar no están del todo claros, sí podemos asegurar que alguna de las órdenes religiosas existentes fue la responsable de esta mezcla, pues los religiosos eran los encargados de investigar las formas de preparar todos los productos que llegaban de las Américas.   Así, en España primero y más tarde en toda Europa, el consumo de la bebida se extendió como parte de la merienda entre el alto clero. Tanto fue así que las autoridades eclesiásticas llegaron a plantearse si la nueva bebida no sería perniciosa, por el nivel de consumo casi obsesivo que los religiosos hacía de ella a diario durante el desayuno y la merienda.   Algún tiempo después, el ya denominado “chocolate caliente” pasó del clero a la nobleza, convirtiéndose rápidamente en un símbolo de estatus social. Su popularidad de extendió sobre todo entre las damas de la alta sociedad, en cuyas familias no podía faltar en el menú diario. Era también muy común utilizarlo en la ceremonias de visitas, ya que éstas eran una de las principales actividades de las mujeres de alta alcurnia. El chocolate se convirtió, así, en parte indispensable de las reuniones de mujeres adineradas, siempre acompañado por pequeños dulces y delicias para completar la merienda.   El resto de Europa tuvo que esperar unos años hasta poder catar el nuevo brebaje, debido en buena parte a que los españoles guardaba celosamente sus recetas y los nuevos productos, que además tardaban un tiempo en ser aceptados. El salto del chocolate a toda Europa se hizo, curiosamente, desde Francia: La reina Ana de Austria, hija de Felipe III y esposa de Luis XIII de Francia, era según cuentan prácticamente adicta al chocolate caliente en sus meriendas. Ella impuso el consumo habitual del chocolate en la corte francesa, pasando de allí al resto del continente.   Pero no sería hasta dos siglos más tarde, en el XVIII, cuando el chocolate, ya aceptado ampliamente por toda la nobleza europea, pasaría a ser asequible también al vulgo. Esto se lo debemos, una vez más, a las órdenes religiosas que, conscientes de lo nutritivo y estimulante del nuevo alimento, se lo presentarían al pueblo como una opción para paliar el hambre.   Fue en este siglo además cuando los artesanos chocolateros holandeses conseguirían convertir la dulce bebida en tabletas. Gracias a los avances tecnológicos de la época, estos artesanos consiguieron separar la manteca del cacao para crear un producto menos graso.   Ya en el siglo XIX, cada país desarrolló sus variedades de chocolate a la taza, y éste se convirtió definitivamente en un producto habitual en las casas europeas. Pero ninguno posee hoy día la personalidad del chocolate caliente español: muy espeso y humeante, para poder hundir con gusto el churro y saborear dos productos originarios de nuestra tierra que casan tan bien como si hubiesen nacido el uno para el otro.

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