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Los Vinos Que Vienen


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Caius Apicius Cristino Álvarez
en memoria de nuestro colaborador y amigo



Madrid, 25 sep (EFE).- Una experiencia nueva realmente magnífica, sobrevolar en globo, una mañana perfecta, la primera del otoño, algunos viñedos de la Ribera del Duero, da un pie ideal para pensar en voz alta en los vinos que nos darán en unos meses esas uvas que están ya a punto de vendimiarse.

Ahora mismo están en efervescencia todas las zonas vinícolas; llega la vendimia, o sea, el momento de la verdad. Todos nos preocupamos de saber cómo viene la uva, cuánta viene, a qué precio se va a pagar... Vayamos por partes.

Parece que tendremos cosechón tanto en Rioja como en la Ribera del Duero, por citar los dos tintos más generalmente apreciados por el consumidor. Claro que aunque en ambos casos hablemos de cosechón no barajamos las mismas cantidades: mientras en la Rioja se cuenta con una vendimia de alrededor de 400 millones de kilos, en la Ribera esperan algo más de 60 millones.

Si vamos a los blancos, y elegimos otras dos zonas emblemáticas, Rías Baixas y Rueda, el panorama es diferente: mientras la D.O. vallisoletana espera recoger unos 30 millones de kilos de uva, la gallega aguarda una vendimia notablemente inferior en cantidad a la del año pasado, sobre unos nueve millones de kilos.

Los precios... Bueno, hay de todo. Parece que, tras un par de años enloquecidos, vuelve la cordura. No a todas partes: se nos dice que en Rías Baixas se prevén tratos en torno a las 500 pesetas el kilo, aunque se espera que la media sea algo -sólo algo- inferior. La escalada de precios en la zona no parece tener propósito de la enmienda.

Sí que han vuelto las aguas a su cauce en las otras tres zonas antes mencionadas: alrededor de 150 pesetas/kilo en la Ribera del Duero, algo menos -de 120 a 150- en la Rioja y algo por debajo de las cien en Rueda. Hablamos de las uvas españolas de mayor prestigio, es decir, las blancas Albariño (Rías Baixas) y Verdejo (Rueda) y la tinta Tempranillo en Rioja y la Ribera, aunque aquí se la conozca generalmente como Tinta fina o Tinta del país.

En cuanto a cómo será el vino... Miren ustedes, conocemos bien el estado de salud de la uva, su acidez, el grado esperable; de ahí se elaboran pronósticos. No son malos, este año; pero nos dejarán que, en este asunto, nosotros seamos tomistas -pero no de Santo Tomás de Aquino, sino del Apóstol, llamado Dídimo- y esperemos a probar cada vino para opinar.

Y los Albariños y los Ruedas no tardaremos mucho en probarlos; pero los Riojas y los Riberas se harán esperar. Nos explicamos: aunque los blancos citados pueden evolucionar espléndidamente con los años, la mayor parte de ellos se van a beber jóvenes. Y aunque no sean pocos los partidarios de los tintos jóvenes, nosotros preferimos esperar a su evolución en barrica y botella para dar una opinión consistente y definitiva, sin futurologías.

Hay, sí, una cosa que empieza a ser preocupante: el precio de algunos vinos. Si hace unos años era una excepción en una carta un vino que se fuera por encima de los mil duros, hoy son mayoría los que superan esa cota, con muchos que la duplican, la triplican o la multiplican por un factor más alto. ¿Valen lo que cuestan? Pues... algunos, sí. Pero muchos otros, no.

Pero ha nacido un nuevo tipo de consumidor de vino de calidad: el que no se fija en cómo está el vino, el que ni siquiera menciona ya la etiqueta que lo albergaba, hasta ahora máxima referencia para la mayor parte de la afición. No; ahora hay ciudadanos que, para alabar el vino que se han bebido, lo que te dicen es: y me bebí un vino de 18.000 pesetas.

Bueno. Eso demuestra a quien le oye que el ciudadano en cuestión tiene cuartos, algo desgraciadamente muy importante hoy para hablar de vino con conocimiento de causa; pero no nos dice nada acerca de sus conocimientos vinícolas. De su buen gusto, sí: carece de él por completo. Un caballero, que debe saber de vino, puede dar envidia a un amigo mencionando una etiqueta -yo podría hablarles de los Vega Sicilia del 90, del 81 y del 42 que bebimos el otro día en la bodega-, pero lo que consigue al presumir sólo del precio que ha pagado es que se le tome por un simple recién llegado al tema, bastante prepotente, eso sí.

No se beban las pesetas. Beban buenos vinos... aunque para ello haya que hacer cada vez más equilibrios al estudiar la columna de la derecha de las cartas de vinos de los restaurantes. Que, pese a lo dicho, un buen vino todavía -todavía, que todo se andará- no es un lujo inalcanzable. EFE

cah/ero



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