La creación de una delicia rumana conocida como ("prajitura desteapta")
Hace ya tiempo que circula por internet un pastel que se califica como "pastel inteligente" y entre sorprendida y escéptica ante tantas noticias falsas”, me decidí a desentrañar en qué consistía este pastel y por qué se le denomina “inteligente”, palabra que se ha traducido del término inglés “smart”. Parece que la concepción de este pastel tiene un arraigado origen rumano y se conoce en ese país como “prajitura desteapta” (más o menos traducido por "cake inteligente”, pastel mágico); y está siendo muy popular en el ámbito culinario, que ha producido numerosas versiones posteriores, con diferentes componentes (chocolate blanco o negro, coco o una variedad de confituras).
Realmente el descubrimiento de este pastel y toda su envoltura mística, a primera vista, parecía proceder de una mente calenturienta o de un timador profesional. Pero como soy de natural curioso y encima este fenómeno se daba en el ámbito de la cocina, me sentí obligada a investigar su receta y hasta replicarla y ver exactamente cuáles eran sus ingredientes y su elaboración, basándome en la receta primigenia rumana, que es la que más crédito me merecía. En esencia, se trata de una vulgar receta que participa de tres clases de ingredientes, que por separado llevarían a tres postres distintos, pero al batirlos y hornearlos, adoptan una presentación unitaria, con tres capas distintas (un bizcocho, una crema que se asemeja a un flan o una tradicional crema pastelera, y finalmente la parte de arriba es un segmento denso y compacta, propio de un pudin inglés). No obstante, estos tres pasteles diferentes se transforman en una preparación única, con diferentes segmentos.
La verdad es que mi curiosidad me indujo de inmediato “a las manos en la masa”, nunca mejor dicho, y prepararé el pastel rumano. Como primera premisa, rechacé cualquier conjetura apriorística y mucho menos hice cambio alguno. Si íbamos a investigar lo haríamos seriamente. Los ingredientes eran: huevos, azúcar, mantequilla, harina, leche, vainilla, limón; y efectivamente con ellos podía resultar desde una crema pastelera, a un bizcocho o una masa más densa propia de los pudines ingleses. Al final, lo repliqué como cualquier académico: es decir: poner en práctica una hipótesis científica, bajo una observación cuidadosa y una interpretación crítica del proceso y del resultado final.
Durante toda la cocción lo observé a través del cristal del horno y al comienzo no parecía que iba a suceder nada de lo que se apuntaba como “maravilloso”. Cuando salió del horno tenía la apariencia de un cake bastante normal, que quizá había subido menos de lo esperado. Et voila!, ¡oh sorpresa! cuando lo corté sorprendentemente estaba dividido en tres segmentos: la base era una capa de bizcocho, el interior estaba constituido por una natilla o casi un flan, y la parte superior era una masa más densa, como la que se utiliza en los púdines ingleses.
En mi ignorancia supina de muchas de las leyes físicas, me acordé, no obstante, del “tipo de la manzana y de la gravitación universal”, ya que fue Newton quien predijo que la materia atrae a la materia y esta atracción es “proporcional a las masas e inversamente proporcional a la distancia que las separa”, —en definitiva, la fuerza de la gravedad, responsable de la caída de los objetos a la tierra y de muchos otros fenómenos que se generan en el universo—.
En pocas palabras, la primera premisa de su origen era evidente: las materias se atraían entre sí, según los principios apuntados por Newton (gravedad, temperatura y densidad) y producían efectos diferentes. Y con este razonamiento posiblemente se me achacaría la desmitificación de esta receta, basándola en las meras fuerzas físicas y químicas, que irremisiblemente afectan a toda materia. E incluso habría detractores que me achacarían, mal que nos pese, quizá nos llevaría a la misma crítica que el gran poeta Keats le hizo a Newton (“despojar al arcoíris de su misterio”).
La segunda argumentación que podía haber seguido, sin duda, la más atractiva desde la mitología de mis ancestros celtas, era atribuir a los seres inanimados el fenómeno del "animismo", que defiende que no sólo los animales tienen “anima” (de eso no tengo ninguna duda, si por “anima” se entiende “la consciencia + el componente afectivo”), sino incluso que están dotados de una cierta cognición (el caso de “los virus”, a caballo entre la materia y la vida, sería otro ejemplo de esto).
Aunque tenemos innumerables ejemplos de tótems a lo largo de toda la historia, en este sentido mi animismo se resentía un poco, y funcionaba en el sentido contrario: opino que son los seres humanos los que infunden el animismo hacia las cosas inanimadas y no lo contrario. Para poner un ejemplo, si observáis algunos de los utensilios en mis recetas, os preguntaréis que ¿por qué diablos no me compro un paño de cocina nuevo, o un triturador de ajos?, en lugar de usar objetos de última generación, en lugar de utensilios que parecen del pleistoceno y además me hacen quedar muy mal en las fotografías —como el vejestorio de mi batidora—. Y la razón es muy simple: unas veces es porque estoy sentimentalmente muy apegada a ellos, porque han pertenecido a seres queridos, otras porque me han servido fielmente sin fallarme jamás, y las más de las veces la razón es que han recorrido conmigo mi largo viaje culinario, y con sus defectos y virtudes, me parecería desleal desprenderme de ellos —sinceramente creo absolutamente en la lealtad a los objetos—. Sin embargo, tengo que confesar que cuando veo esos utensilios de cocina actuales mucho más fiables que mis antiguallas, siento que quizá me he equivocado.
Y para finalizar el debate sobre el “pastel inteligente”, sólo apuntar otra opinión sobre el tema candente de “los objetos inteligentes” sugerida por Isaac Asimov. Hoy en día la publicidad nos bombardea con todo tipo de productos “smart” (el ordenador parece el más antiguo y paradigmático), pero hay otra plétora de ellos (teléfonos inteligentes, casas inteligentes, coches inteligentes, etc.,) cuya inteligencia está sin duda generada por el hombre (¡y la mujer, que luego me regañan!) y está integrada en sus correspondientes mecanismos, como algoritmos cada vez más sofisticados.
PERO mi pregunta un tanto angustiosa, que mucho antes se han hecho divulgadores tan clarividentes como Isaac Asimov y tantos otros, es: QUÉ pasaría si esas inteligencias empezaran a pensar por su cuenta, i.e. de forma autónoma, y ya no estuvieran programados por nosotros, sino por sus propios mecanismos internos. Y quizá aquí tendríamos que incluir el COVID-19 y su posible autonomía.
No dejo cerrado para nada este debate, ya que nuestros conceptos sobre el animismo o la inteligencia de las cosas puede cambiar radicalmente cuando los adelantos de la física nuclear aclaren definitivamente la naturaleza de las partículas subatómicas (que, para ser sincera, creo que es lo que los científicos defienden y yo no acabo de entender muy bien).
Perdón, porque me había olvidado de lo más importante: el sabor de este pastelito es auténtica magia: una maravilla de gusto y textura —os aconsejo que no dejéis de probar semejante milagro de la naturaleza—. Y aquí tenéis la receta.
N.B. Quiero advertir al lector que la receta completa de este “pastel inteligente” está detalladamente explicada e ilustrada (+300 fotos) en mi libro electrónico MERIENDAS (Pub. Amazon, con más de 300 ilustraciones., y al precio módico de 9,90 EU). Y me permito sugeriros que os será de mucha ayuda para la elaboración de la receta, y conocer sus posibles explicaciones científicas sobre este pastel “mágico”.
-4 huevos (separando yemas de claras)
-1 cda. de agua templada
-150 g. de azúcar
-125 g. de mantequilla líquida, que podéis derretir en el microondas
-115 g. de harina
500 ml. leche
-una cda. de extracto de vainilla
-la piel de un limón rallado
Elaboración de Pastel “inteligente”: un Fenómeno Culinario de: ¿Isaac Newton, el Animismo Celta O los Objetos “smart” de Isaac Asimov?1. Empezáis por preparar un molde (lo prefiero cuadrado), forrándolo con papel de silicona o de horno, que arrugáis muy bien primero y luego lo untáis con mantequilla derretida. Si queréis que el papel coja bien la forma lo pegáis bien a la fuente y le ponéis unas pinzas de la ropa hasta que lo vayáis a hornear. El molde no debe ser muy grande para que el pastel quede altito y se vean bien las capas (éste es de 20X20 cm.).
2. Separáis las yemas de las claras con cuidado de que no se os rompa la yema y se mezcle con la clara. Batís las claras a punto de nieve con unas gotas de limón para que se endurezca más fácilmente. Una vez bien duras las retiráis para luego. Yo lo he hecho todo con batidora eléctrica porque si no me llevaría una eternidad.
3. Hacéis lo mismo con las yemas, a las que mezcláis con el azúcar, hasta que doblen el volumen.
4. Ahora, ya vais agregando los demás ingredientes: el limón, la mantequilla líquida que tenéis preparada, y una cucharada de extracto de vainilla.
5. Removéis bien y vais agregando la leche templada poco a poco mientras batís, hasta que está todo bien mezclado. El aspecto debido a la mantequilla será un poco grumoso.
6. Volcáis la harina tamizada por un colador y seguís removiendo en la batidora, pero solo justo para que se amalgame, pero no se baje el mejunje.
7. Finalmente, le vais incorporando poco a poco la clara batida con movimientos envolventes para que no se baje la mezcle, con un batidor manual; ya en el molde podéis ver que la clara os quedará arriba y será la capa bizcochada que presenta el pastel en la parte superior.
8. Con horno precalentado, metéis la fuente a hornear y la tenéis 10 minutos a 180º, e inmediatamente bajáis a 160o durante otros 35 o 40 minutos. Si veis que vuestro horno lo tuesta pronto, le colocáis un papel albal por encima. Una vez pasado este tiempo, comprobáis con una aguja que está cocido, y ahora apagáis el horno y lo retiráis. No lo mováis hasta que esté completamente frío y entonces lo espurreáis con azúcar glas. Aunque la gente no lo desmolda y lo sirve en la fuente del horno, yo sí lo hice sin ningún problema y lo sirvo en trocitos rectangulares o cuadrados, para que se pudieran visualizar las tres capas.
9. Y ahí os muestro el efecto de las tres capas, que talmente parece que se hayan añadido por separado: la capa de azúcar glas, el bizcocho de arriba, el flan del medio y la masa densa del fondo que se asemeja a un pudin inglés.
| | Pedro Manuel Collado CruzLa cocina para mi es producto bien tratado sin enmascarar sus sabores, cocina de verdad de antaño con un toque diferente 1 receta publicada |
La cocina para mi es producto bien tratado sin enmascarar sus sabores, cocina de verdad de antaño con un toque diferente
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