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Mi vida encapsulada entre la niña de pueblo, fascinada por las romerías y el mundo académico, dos realidades a veces en conflicto.

Rosquillas de las Fiestas Gallegas, por Fuera Crujientes, Jugosas Y Anisadas por Dentro —siempre Al Son de la Melodía de las “tres Jarritas—.”



Mis rosquillas

Pocos dulces he apreciado tanto como las rosquillas de las fiestas gallegas: crujientes por fuera, con esa glasa fina que se resquebrajaba al primer mordisco, y blandas, casi húmedas, por dentro. Pero lo que vuelve a mí no es solo el sabor, sino todo un mundo: un tiempo suspendido entre los veranos de la infancia y la conciencia más áspera de la vida adulta.

Mi madre las hacía a la perfección, con una paciencia callada que tenía algo de rito antiguo. No pesaba ni medía: tanteaba. Sus manos sabían más que cualquier receta. Y, sin embargo, no es en su cocina donde habitan mis recuerdos más vivos, sino en el prado de las fiestas de populares.

Las rosquillas de las fiestas tenían un carácter rústico e irregular, sin dos iguales, vendidas en papel de estraza sin ningún refinamiento. Entre polvo, música y puestos improvisados, se comían con las manos, entre azúcar y migas. Más que un dulce, eran parte viva de la fiesta: ásperas, auténticas e imperfectas, y por eso permanecen dejaron en mí un recuerdo profundo y propio, porque más que un recuerdo dulce, son una memoria con textura: rugosa, viva, imperfecta… y profundamente ancestral.

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Mi compañera de clase y amiga Marité, estábamos ante la tutela de una profesora particular Pepita Reimundo, que utilizaba un sistema de enseñanza, que hoy reconoceríamos como “tutorizado”: un aprendizaje cercano y comprensivo, donde la atención era constante y personal, muy distinto de la enseñanza oficial de la época, rígida e institucional. Con Pepita no había aulas ni programas impersonales, sino una vigilancia continua a nuestros progresos… y también a nuestros errores. Las correcciones eran frecuentes: en las cuentas, en el catecismo, o en las faltas de ortografía… que había que copiar una y otra vez. Por eso, aquel día en que salimos a nuestra hora, libres de tareas pendientes, nos pareció casi un milagro.

Serían las cinco y media cuando subíamos la empinada cuesta que llevaba a la Torre, donde vivíamos, Marité, con ese brillo de idea recién nacida en los ojos, me dijo:

—¿Sabes que hoy es la fiesta de la Virgen de Villaselán?
—Yo creía que era en verano —respondí.
—Yo también, pero mi madre dice que hoy es el día de verdad. Y si se lo hubiéramos dicho a Pepita, seguro que nos llevaba a la fiesta… ¡Tengo una idea! Podemos ir nosotras solas. Ya somos mayores —ocho años—. Dejamos las carteras en tu casa y coges dinero para las rosquillas.

La propuesta me llenó de emoción y de un ligero temblor.

—¿Y qué digo yo en casa?
—No tienes que mentir —sentenció—. Lo dices bajito: que vamos a ver a la Virgen. Y en alto, que Pepita quiere que vayamos… que, en el fondo, es verdad.

Y así lo hicimos.

Dora, la muchacha de casa, charlando con la costurera, apenas levantó la vista de la costura:
—No vayas a venir tarde, que luego me la cargo yo.

Salí casi de puntillas, con el dinero apretado en la mano. El camino no estaba muy transitado; aquella era una fiesta de los parroquianos, sin demasiados forasteros. Cuando llegamos, el baile ya había comenzado.

Entramos primero en la iglesia. Allí estaba la Virgen con el Niño, serena, iluminada por una luz quieta. Pero a nosotras lo que realmente nos fascinaba eran los exvotos: pequeños testimonios de fe, casi todos relacionados con el mar —barcos, maquetas, recuerdos de tormentas y salvaciones. Nos detuvimos a elegir nuestros favoritos. Marité señaló un barco grande, orgulloso. Yo me quedé prendada de un velero diminuto encerrado en una botella, como si guardara dentro un secreto.

—Dice Pepita que la Virgen se apareció a unos marineros en Peña Furada —le expliqué— y que la trajeron aquí, a Villaselán, donde levantaron la iglesia hace muchísimo tiempo.
—¡No sé cómo te acuerdas de todo! —respondió ella—. Como si fueras el catecismo. Y luego me castigan a mí…
—Pero tú eres más lista que yo —le dije, convencida.

No rezamos. Salimos corriendo hacia lo verdaderamente importante: las rosquillas.

Las compramos y nos sentamos en un banco de piedra, en la pradera donde tenía lugar el baile. Teníamos hambre, y nos supieron a gloria. Mientras comíamos, le conté que mi madre también las hacía, y a veces las cubría con un baño blanco y usaba cáscaras de huevo para medir los ingredientes.

—Dice que ahora la gente nace cansada —añadí—, y que es una pena, porque hacerlas es muy divertido. Yo ya sé hacerlas… ¡y me salen de rechupete!

Alrededor, el mundo seguía girando: el olor a aceite frito y azúcar tostado, la música de la gaita, las risas, el murmullo continuo de la gente. Y el baile, siempre en el mismo lugar, un prado entre la iglesia y el cementerio —ese lugar donde en Galicia la fiesta, la vida, y la muerte.

Entonces empezó a sonar la sempiterna canción: “Oh, Galatea, tú eres el buque mejor, te balanceas desde babor a estribor… aquella canción que sabíamos de memoria y entonábamos cuando íbamos de excursión.

Nos miramos y, sin decir nada, nos pusimos a bailar juntas. Reíamos, girábamos, olvidándonos de todo, mientras la luz se deshacía lentamente en la tarde.

Hasta que llegó la noche.

—Debe de ser muy tarde —dije—. Tenemos que irnos.
—¡Qué va! —respondió Marité—. Creerán que tú estás en mi casa y yo en la tuya.

Pero el camino de vuelta era oscuro, y el miedo, inevitable, empezó a acompañarnos. Entonces Marité hizo lo de siempre: cantar.

“Virgen de Villaselán, danos o ventiño en popa,
que somos de Ribadeo, traemos la vela rota…”

Y, de algún modo, la canción nos sostuvo.

Cuando llegamos, nuestros padres nos esperaban en el cantón, con el rostro tenso de quien ha imaginado demasiadas cosas.

—¡Es que siempre piensan lo peor! —protestó Marité.

A ella la castigaron. A mí no. A mi padre le divirtió la historia.

************

Habían pasado más de 10 años de aquella fechoría. Yo trabajaba, por entonces de lectora de español en Inglaterra, y recién llegada me encontré en el correo un prospecto de un curso de verano en la Univ. de Londres, que se anunciaba como una puesta al día de Las nuevas tendencias lingüística para alumnos internacionales de Lenguas Modernas, y duraría todo el mes de agosto. Era carísimo y en un primer momento descarté la idea, porque no quería que mis padres asumiesen semejante gasto; pero en cuanto me llegó mi primera nómina (era mi primer año como lectora de español, bueno en realidad era mi primer año para casi todo), pensé que, si me ponía a un régimen de “economía de guerra”, podría sufragarlo con mi paga, porque quedaba casi un año.

Pero lo que en realidad resultó para mí fue un auténtico crash course en economía doméstica, con toda clase de estrategias ahorradoras para reunir aquel dinero. Mi primera decisión fue apuntarme a la comida del instituto donde trabajaba, que, a pesar de ser gratuita, ningún profesor estaba dispuesto a tragar, porque la consideraban pura bazofia.

Pero a mí no me pareció tan mala, quizá pensando que era gratis —como tan acertadamente dice Hamlet: "No existe nada bueno ni malo; es el pensamiento humano el que lo hace parecer así"Siempre he pensado que la motivación es una de las causas que actúan de forma más directa en el comportamiento del ser humano y así pensando ahora en aquel curso hasta la comida me parecía buena, a excepción de los arenques ahumados, que me hacían vomitar. La cena me la hacía yo en la casa de mi patrona, y después de un concienzudo estudio de mercado concluí que las coles de Bruselas eran lo más barato (6 peniques la libra), y las aderezaba con una salsa bechamel de polvo, que valía unos peniques y me duraría hasta le tercera guerra mundial, (por supuesto, a mis padres no les comenté en mis cartas ni una palabra de mi plan… porque podía imaginar lo que mi madre opinaría).

Poco a poco, mi saldo en el banco iba aumentando; lentamente, pero con dignidad. Para acelerar la hazaña financiera, me empezaron a salir algunos trabajillos que aportaban ingresos extra a mi nómina: hacer de au pair, alguna traducción suelta y, por supuesto, las siempre recurridas clases particulares, ese salvavidas universal del docente pobre.

Mi patrona, que al principio me miraba con recelo por eso de ser extranjera —la pobre nunca entendió cómo aquella niña tan “nice” podía ser extranjera— empezó a sentir una mezcla de compasión y desconcierto ante mi dieta monacal; y solía sorprenderme con galletas y cakes mientras repetía el mismo ritual:

—Carmen, ¿vas a tomar coles otra vez?
—La verdad es que con la bechamel están muy buenas… y todavía me falta bastante dinero para poder pagar ese curso.
Y Mrs. Shresby remataba:
—¡Si sigues ahorrando así, terminarás comprándote la Torre de Londres!

El tiempo pasó y, meses antes de empezar el curso, ya había reunido todo el dinero. El 1 de agosto estaba instalada en un colegio mayor, esperando ilusionada aquel curso que tendría lugar en el famoso Goldsmith College de Londres.

Y entonces vi el programa y se me cayó el alma a los pies. No entendía ni siquiera los epígrafes. Jamás había oído hablar de cosas como la gramática generativa, la gramática funcional, los patrones de entonación o la “Nueva Crítica literaria americana”, por poner solo algún ejemplo. Yo tenía un buen inglés, sí, pero mis concepciones sobre la lengua y su desarrollo histórico y literario eran decididamente… decimonónicas. Los vientos de la modernidad no solo no habían llegado a mi facultad: ni siquiera se habían acercado a la frontera.

Y lo que más me dolía era otra cosa: ser española parecía equivaler a ser académicamente inferior. Estaba tan desconsolada que, sin encomendarme a Dios ni al diablo, me fui directamente a hablar con el profesor Patrick O’Connor, director del curso, reconocido fonetista y creador de la fonología. Entré en su despacho y, con una mezcla de temeridad y desesperación, le solté que iba a abandonar el curso por todo lo que acababa de descubrir.

Aquel amable profesor me escuchó con calma y respondió con una serenidad que todavía hoy agradezco:

—Si, como acabas de decirme, conoces tan bien tus limitaciones y carencias, creo que ya estás a medio camino para superarlas. Aquella frase me desarmó.

De inmediato, me prestó una serie de libros que, según él, me ayudarían a desentrañar las complejidades de aquel curso —“Las nuevas tendencias de la lingüística moderna”. Y en ese instante cambié de opinión. No podía tirar por la borda la oportunidad que me brindaba la vida de acercarme a los estándares europeos. Eso sí: iba a tener que esforzarme de verdad. ¡Y sí que lo hice!

La última semana del curso, mi grupo tutorial decidió reunirse en un pub para evaluar aquella experiencia tan innovadora. Para entonces, afortunadamente, ya podía intervenir en las tutorías sin sentir que cada frase era un salto mortal sin red. Y entonces sucedió.

En medio del fragor de la conversación —entre “estructuras profundas” y “patrones de entonación”— entró un hombre muy mayor con un acordeón. Sin pedir permiso a nadie, empezó a tocar… aquella canción.

Sí. Aquella canción: “Las jarritas de cerveza” o “El barrilito de cerveza”.

Y de repente para mí, el Goldsmith College desapareció. El pub se desvaneció. El lugar era otro y allí estaba yo, en Villaselán, bajo la plaza iluminada, entre risas y bailes de las fiestas, oliendo la dulzura de las rosquillas nevadas, viendo a Marite, mi amiga de la infancia con sus trenzas bailar a mi lado. Y sin darme cuenta, empecé a tararearla. Luego marqué el ritmo con el pie y finalmente la intenté bailar. Cuando la música terminó, el silencio fue absoluto.

Mi grupo me miraba como si acabara de presenciar un experimento loco de fonética y coreografía combinados. La vergüenza me subió como un golpe de calor, y solo se me ocurrió romper el hielo con:

—¿Conocéis esta canción?

El tutor, entre atónito y asombrado, respondió:

—Es una famosísima melodía de la Segunda Guerra Mundial: The Beer Barrel Polka. Fue número uno durante la guerra y, según la leyenda, ayudó a los aliados a ganarla.

En ese instante, nublada por la confusión emocional, todo me pareció inverosímil. Allí estaba yo: cansada, sola, exhausta por aquel bloody curso para el que tanto esfuerzo había puesto, en un ambiente exigente, brillante…académico, y sin embargo, una melodía que se tocaba en las fiestas de los pueblos me arrancó de allí, para devolverme a mi pueblo, a mis recuerdos más queridos. No era una melodía bélica. Era morriña. La morriña de mi tierra. La morriña de mi amiga, la morriña de aquellas rosquillas familiares.

Respiré hondo. Recordé la recién aprendida teoría británica de la politeness, que obliga a pedir perdón incluso por existir, y dije, con toda la dignidad que pude reunir:

I’m sorry. Shall we continue? /”Lo siento. ¿Podemos continuar?”

Y continuamos. Como si nada.
Como si, en aquellos treinta segundos, no hubiera cruzado dos mundos enteros.

Al final de aquel curso salí con mi certificado bajo el brazo. Pero lo mejor no fue eso, era la SATISFACCIÓN —así, con mayúsculas— de haberlo intentado… y conseguido.

Os cuento todo esto para explicar el carácter simbólico que siempre tuvieron para mí las “rosquillas de las fiestas gallegas”. Todavía hoy cuando pruebo una rosquilla de aquellas no busco solo su sabor, más bien lo que quiero es transmitíroslo lo más fielmente posible. Además de alegría de la gente, la música, el aire tibio del verano… y ese lugar preciso entre la iglesia, el lugar del baile y el cementerio donde, sin saberlo, fui completamente feliz.

Y quizá por eso, las rosquillas y aquella canción siguen viviendo en mi memoria, como un pequeño refugio al que siempre quiero volver. Y sigo haciendo estas rosquillas  para rememorar la niña que fui.

Para entenderlo este relato, debéis localizar en internet oí en internet: “las jarritas de cerveza”. 

N.B.

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Carmen Pérez Basanta




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