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La desconocida pasión de Emily Brontë por la cocina

Las “galletas de Avena de Haworth”: un Tributo a las Hermanas Brontë



Mis galletas de avena


Carmen Pérez Basanta



En este momento en que está de rabiosa actualidad una nueva versión cinematográfica de Cumbres Borrascosas de Emily Bronte (no me corresponde a mí evaluarla) resulta inevitable volver la mirada hacia su autora, Emily Brontë, y detenerse, aunque sea brevemente, en un aspecto poco conocido de la autora, la pasión de Emily Brontë por la cocina, que de alguna manera está estrechamente relacionada con la receta de “las galletas de avena”.

Emily Brontë vivió casi toda su existencia en la rectoría de Haworth, un pequeño pueblecito inglés, a un paso de los áridos e icónicos páramos de Yorkshire. Tras la muerte de su tía Elizabeth Branwell en 1842, se repartieron entre las tres hermanas, siendo Emily Brontë la encargada de la cocina familiar, ayudada por la fiel “Tabby” Aykroyd, quien, además de sirvienta, alimentaba la imaginación de las adolescentes, con extraordinarios y sobrenaturales relatos de aquel lugar misterioso, aislado y desolador.

Emily compaginó su vida culinaria con la literaria, mundos muy alejados, que paradójicamente la autora convirtió en una misma realidad indivisible. Sin embargo, cocinar no fue para la autora ni un entretenimiento trivial, ni una tarea aburrida o monótona, sino que lo asumió como trabajo necesario, cotidiano y gratificante, que le aportaba un plus de creatividad y terapia. Se sabe que la escritora-cocinera era la encargada de amasar y hornear el pan con regularidad, —siguiendo el ritmo tradicional de los hogares rurales, i.e. los miércoles por la mañana—. Hacer el pan en aquella época exigía fuerza y resistencia: mantener el fuego encendido, amasar con ahínco, acarrear agua, limpiar las rejillas, etc. Estos quehaceres quedan incluso reflejados en su única novela, Cumbres Borrascosas, en donde la dureza de la vida no era una mera invención literaria, sino que provenía de experiencias conocidas de primera mano por la autora. Ese realismo sobrio y amargo probablemente emanaba de una existencia en la que el trabajo doméstico y la supervivencia estaban profundamente entrelazados.

La dieta del hogar Brontë era sencilla, determinada por el clima riguroso y los ingresos modestos de una familia clerical. No había refinamiento, sino sustento. No había lujo, sino calor frente a las tempestades gélidas de los páramos. Y la comida que Emily preparaba consistía en una dieta frugal, comparable a la de sus vecinos de Haworth: pan moreno, caldos, estofados, puddings, pies y “las rústicas galletas de avena” horneadas por Emily, el único lujo del té de la tarde.

Emily Brontë, que detestaba la vida social, encontraba en la cocina un espacio de estabilidad, aislamiento e independencia, que podía armonizar con sus actividades literarias: “no hay nada que te impida dejar volar tu imaginación mientras amasas el pan” —con cuyo sentimiento me siento muy identificada—. La vida cotidiana en su cocina ardiente y consoladora, le ofrecía una estructura casi ritual, en contraste con su aislamiento radical y su soledad indómita, que, por otra parte, encontraba en sus amados páramos. Esa dualidad —orden interior y vastedad salvaje— se proyecta con fuerza en Wuthering Heights, en donde la mesa no eran un lugar de placer y distracción, sino de jerarquía y conflicto; el alimento no siempre nutre, sino que, muchas veces, ocasiona conflictos, exclusiones y resentimientos.

Emily era físicamente fuerte. Caminaba largas distancias en los páramos y regresaba para enfrentarse a las tareas culinarias, que le ofrecían paz y una armonía terapéutica. Incluso durante su enfermedad final, se negó a abandonar el horneado del pan hasta el último día. Esa obstinación, casi heroica, revela hasta qué punto el deber doméstico no era simplemente una obligación impuesta, sino una parte de su identidad y de su deber familiar. Quizá fue el fuego de su cocina en contraposición con los páramos tempestuosos lo que despertó la portentosa imaginación de Emily Brontë. La cocina era el corazón cálido en medio de los yermos páramos y el fuego contenido frente a la tormenta. Y entre el pan moreno y el viento salvaje se forjó en ella una sensibilidad extrema. Y quizá, en el gesto humilde de amasar con vigor la harina y el agua, latía ya la misma energía impetuosa que convertiría Cumbres Borrascosas en una obra maestra.

Hoy, después de seis décadas, vuelvo a visitar, con mi imaginación, Haworth, aquel pueblo solitario, lúgubre y sombrío, donde compré una caja de “galletas de avena”: unas galletas rústicas y desconocidas para mí, que evocaban el sabor humilde de una tierra extraña y desconocida. En la sobriedad de aquellas galletas pienso que hay algo más que harina y avena: de alguna manera simbolizan la aspereza del clima, la austeridad de la vida solitaria y, al mismo tiempo, la sorprendente fecundidad espiritual de aquel rincón alejado de todo, que dio al mundo una literatura de valor universal.

Para comprender el genio extraordinario de las hermanas Brontë es imprescindible mencionar su vida en el pueblecito de Haworth: remoto, azotado por los vientos, con pésimas condiciones sanitarias para el siglo XIX, que producían una alta incidencia de tuberculosis. Resulta casi milagroso que, en medio de una vida tan precaria y sin apenas diversiones de ningún tipo surgiera una fuerza interior tan poderosa y apasionada.

En primer lugar, hace casi seis décadas en mi primera visita a Haworth, ese pueblo casi sobrenatural, situado en los páramos de Yorkshire, donde las famosas escritoras habían nacido y vivido, compré “una caja de galletas de avena”, cuyo reclamo consistía en una foto emblemática del pueblo, con una sobreimpresión de una pintura de las hermanas Brontë en su tapa. Ciertamente para entender el genio extraordinario de estas mujeres no queda más remedio que mencionar Haworth, ese pequeño pueblo del oeste del condado de Yorkshire, remoto y alejado de cualquier centro urbano. Lo cual me hace sentir el extraño milagro de cómo una vida precaria, desgraciada y sin aparentes sucesos, en circunstancias muy adversas, condujo a estas extraordinarias novelistas a la intensidad y pasión con que vivieron su existencia interior, que se reflejaría sin duda en las novelas, que las han hecho universalmente famosas.

[Sigo recordando]. Haworth tiene una única calle principal, empinada y estrecha, donde se concentraban las tiendas esenciales: la farmacia-droguería, la tienda del té y comestibles, y el pub ante cuya puerta, en noches tempestuosas invernales, la huraña y temeraria Emily esperaba a su hermano Branwell —borracho y drogado— para acompañarlo de regreso a casa. En lo alto de la cuesta se alza aún la rectoría —the Parsonage— aislada y rodeada de tumbas, junto a la iglesia de St Michael and All Angels Church.

Ese paisaje —la casa, el cementerio, el viento— forma parte inseparable de la atmósfera que respiraron las hermanas. Desde este triste enclave se divisaban los abiertos y áridos páramos, donde las niñas en sus andanzas y correrías se sentían libres y dejaban volar su portentosa imaginación; cuyos cambios de color del brezo representarían, de alguna manera, la metáfora de sus propias vidas: desde la estepa árida y seca, a una tupida alfombra violeta de flores salvajes, al paisaje sobrenatural de escarcha y nieve.

Fue este lugar de libertad lo que las llevó a traspasar el umbral de lo real para percibir visiones de lo fantástico y sobrenatural, que poblaron sus insólitas historias: hoy consideradas parte del mejor legado de la literatura inglesa.

Todavía recuerdo cuando en mi adolescencia leí, por primera vez, Jane Eyre un antes y un después en mi manera de comprender la literatura—. Estaba entonces en un internado en Inglaterra, y refugiada en la biblioteca encontré un libro con tapas duras y portada a rayas malvas y blancas, que contenía una versión simplificada de Jane Eyre. Desde la primera página quedé atrapada; y no la solté hasta llegar al final, que me dejó con ganas de más, y de inmediato busqué la versión original —ahora de más de 500 páginas— sin perderme ni una palabra de la historia de Jane —una joven tímida, inteligente y generosa que, tras superar mil adversidades, se convierte en institutriz y enfrenta los misteriosos secretos de la mansión Thornfield y de su primer amor. Por primera vez contemplé el paulatino crecimiento de una joven, que destacaba por su integridad moral, y como dueña de su vida abordaba con valentía su propio destino. Después me acerqué a Wuthering Heights de Emily Brontë, que supuso una auténtica conmoción. Gracias a la biografía de Mrs. Gaskell conocí la dura vida familiar de las tres hermanas y entendí cómo, desde la amargura y el aislamiento de Haworth, lograron crear mundos literarios de una intensidad pavorosa. En todas ellas encontré un denominador común: la libertad, la conducta moral y un espíritu de superación que trasciende generaciones.

Años más tarde descubrí The Tenant of Wildfell Hall de Ann Brontë: una adelantada a su tiempo que abordaba la violencia de género con osadía, escribiendo la primera novela feminista antes de que existiera tal concepto. Esto me reconcilió con ella y me hizo apreciar la fuerza de su obra.

Hoy, mientras horneo estas galletas, no puedo evitar rendir un modesto homenaje a las hermanas Brontë. Su literatura, nacida de la austeridad y la disciplina, me recuerda que la pasión y el esfuerzo cotidiano —ya sea en la cocina o en la escritura— son capaces de crear belleza y trascendencia. En esencia: Charlotte comunica como nadie la fuerza de las pasiones humanas, Emily va más allá de lo cotidiano y habita un mundo sobrenatural, con una visión rebelde y mística, y Ann retrata el sufrimiento y la abnegación de una obra netamente feminista. Las tres me han enseñado que, incluso desde la soledad más absoluta, se puede producir arte universal.

Origen y evolución de las galletas de avena

Las galletas que os presento hoy tienen hondas raíces en la cocina tradicional europea, especialmente en Escocia, donde la avena ha sido un alimento básico desde hace siglos. De hecho, antes de que existieran las “galletas” dulces, existían los oatcakes escoceses, tortas sencillas de avena y agua salada que se consumían como pan o acompañamiento salado y que constituyen un antecedente directo de las galletas de avena modernas.

En Escandinavia también existen versiones tradicionales —por ejemplo, los havreflarn, galletas de avena finas y crujientes típicas de Noruega y Suecia— preparadas con avena, azúcar, mantequilla y a veces especiadas con canela o nuez moscada. Asimismo, en Escocia e Inglaterra las galletas de avena también han estado vinculadas a la vida rural: eran fáciles de preparar con ingredientes sencillos, que aportaban energía para el trabajo industrial o campesino.

La receta de mis galletas de avena

Recientemente volví a hornear las “gallegas rústicas de avena” que siempre he asociado con Haworth y, por ende, con las hermanas Brontë. La receta proviene del gran cocinero inglés Gary Rhodes, y su aroma todavía me transporta a mi juventud y al lugar donde las probé por primera vez. Y no puedo evitar recordar cómo Emily Brontë semanalmente horneaba estas galletas típicas del condado de Yorkshire. Y tengo para mí que todavía simbolizan no solo el sabor humilde de una tierra dura y remota, sino también la calidez y el impacto gratificante que acompañó la cocina para Emily Brontë.

Supongo que os estaréis preguntando qué tiene que ver todo este relato con “mis humildes galletas de avena”, yo diría que todo y nada. Cuando saco del horno estas galletas, no puedo dejar de pensar en mis admiradas, a veces desconcertantes, y siempre geniales, hermanas Brontë, y ¡en el extraño milagro que la vida fue para ellas, y quizá para todos nosotros!

En mi caso, desde el día que compré aquellas galletas en aquella mísera tienda, deseé ardientemente buscar una receta que representara su carácter aldeano y ancestral. Y después de numerosas pruebas, llegué a la conclusión de que la receta del gran cocinero inglés Gary Rhodes (1960–2019), uno de los grandes defensores de la cocina británica tradicional, era la más idónea, para conseguir sabores genuinos, intensos y sin disfraz alguno, y de paso devolver la dignidad a los platos antiguos —no muy alejados del espíritu de Emilia Pardo Bazón—. En esencia, una cocina de memoria y no de espectáculo, en donde se valora, por encima de todo, el patrimonio de la tradición.

Al hornear y sentir el aroma de la mantequilla con la avena y la harina integral, siento que para Emily estas galletas no debieron de ser solo alimento, sino un puente entre la cocina y su obra literaria, mostrando cómo la sobriedad y aislamiento pueden convertirse en fuente de creatividad, fuerza interior y arte universal.

N.B. Quiero advertir al lector que la receta completa de “las galletas de avena” está detalladamente explicada e ilustrada (+300 fotos) en mi libro electrónico MERIENDAS (Pub. Amazon, con más de 300 ilustraciones., y al precio módico de 9,90 EU) y os será de mucha ayuda para la elaboración de la receta, y del contexto cultural de esta receta.

COMENSALES
N/D
SE PREPARA EN
min
DIFICULTAD
Fácil
PRECIO
Bajo


Ingredientes para la receta de Las “galletas de Avena de Haworth”: un Tributo a las Hermanas Brontë

-100 g. harina integral de espelta o integral normal

-100 g. de copos de avena o harina de avena

-50 g. azúcar moreno (yo le añadido un poco más, unos 60 g. porque soy muy "larpeira")

-1 cda. rasa de levadura royal o media de bicarbonato de soda

-una pizca de sal

-100 g. mantequilla a temperatura ambiente y en cubitos

-2 cdas. de leche

Elaboración de Las “galletas de Avena de Haworth”: un Tributo a las Hermanas Brontë

1. Precalentáis el horno a 180o durante 10 minutos.

2. Primeramente trituráis los copos de avena, aunque no demasiado: a mí me gusta que estas galletas queden rugosas, con esa textura antigua que —imagino— tendrían las galletas de las Brontë y que yo misma compré en el pueblecito de Haworth, donde eran tan típicas. También podéis utilizar harina de avena (yo prefiero los copos, porque me parecen más idóneos para la receta de estas galletas ancestrales, y antiguamente se machacaban en mortero, pero con la harina os saldrán también muy ricas).

3. Mezcláis los ingredientes secos (harina integral, avena en copos triturada, sal, azúcar moreno y levadura en polvo), agregáis la mantequilla a temperatura ambiente, cortada en cubitos, y trabajáis con las puntas de los dedos, de tal manera que se convierte en una textura de migas o de arena (podéis hacerlo con las manos o con batidora eléctrica a velocidad mínima) y finalmente la leche.

4. Lo aglutináis todo para crear una consistencia húmeda, que podéis estirar más fácilmente, para formar un cuadrado o rectángulo de 3 mm. de grosor, que envolvéis en papel y lo refrigeráis en la nevera durante 15 o 30 minutos para que la masa quede firme.

5. Cuando lo saquéis de la nevera, será una masa bastante delicada, por lo que es importante pasarle el rodillo con cuidado, y usar un cortador para hacer discos de 6-7 cm. de diámetro y un grosor de a 3 mm. (Yo las hago un poco más gorditas).

6. Colocáis los discos en una bandeja cubierta de papel de hornear y con el horno a 180o las cocéis durante 15 minutos, hasta que estén doradas.

7. Ahora ya las podéis retirar del horno y dejar reposar durante cinco minutos antes de transferir a una fuente.





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Pedro Manuel Collado Cruz

La cocina para mi es producto bien tratado sin enmascarar sus sabores, cocina de verdad de antaño con un toque diferente

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