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(con un punto de humor)

Sobre Normas de Urbanidad en la Mesa, Que Aún Están Vigentes O Deberían



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MYRIAM GARRIDO RODRÍGUEZ

Para los que somos aficionados a la historiografía culinaria, la Biblioteca Nacional de España es un auténtico filón, inagotable, de joyas literarias y documentos escritos de todo tipo. La gran ventaja ahora es que, en la era de la digitalización, muchos de estos archivos son ahora descargables en un solo clic. Y una cosa lleva a la otra…

Así, buceando hace unos días y realmente investigando sobre otro tema, me encontré con una auténtica alhaja de 1795, el libro:

Civilidad en la mesa.

Rasgo de educacion indispensable en todo sugeto de distinguido nacimiento.

Contiene

Una definición de la verdadera civilidad, con el arte de trinchar todo género de viandas, el modo de servirlas con toda propiedad, y los documentos particulares de lo que se debe observar en la mesa.

Para instrucción

De la juventud española,

A quien se dedica

SEGUNDA EDICIÓN

MADRID MDCCXCV

En la oficina de D. Blas Román

Se hallará en la Librería de Escribano, calle de las Carretas

 

Las connotaciones del término “civilidad” (del latín civilitas) que ampliamente al autor desarrolla en los capítulos I y II, no estarían de más hoy, en el siglo XXI; si acaso con una pequeña actualización, desposeyéndolas de aquel respeto reverencial hacia los poderosos o de mayor condición social (era el final del siglo XVIII, reinando Carlos IV). Pero, esencialmente, serían aconsejables en los tiempos actuales. A decir del autor la civilidad … no es otra cosa que “la modestia y honradez que cada uno debe guardar en sus palabras y acciones”.

Y continúa diciendo: “… yo considero que para establecer las reglas de la verdadera civilidad, no era menester mas que deducir bien las de la decencia; porque esta no es otra cosa que una cierta modestia y pudor, que debe acompañar á todas nuestras acciones”. Mucho me temo que la modestia es una virtud ausente en nuestros comportamientos sociales. Sinónimo de sencillez, humildad, sobriedad o moderación, ha sido “barrida” por conductas pretenciosas, petulantes, arrogantes o soberbias (y de muy mala educación).

Tras una larga disertación, el autor concluye: “…la modestia es, pues, el efecto de la humildad fundada sobre la caridad, así como la decencia de nuestras acciones es el efecto de la modestia”. Humildad, caridad y decencia en nuestras acciones que tampoco abunda, de hecho, están casi en desuso.

Pasa en el capítulo III a las normas de civilidad en la mesa, civilidad que traduciríamos hoy por urbanidad, civismo y buenas maneras. Algunas de estas normas hoy provocarían la sonrisa, cuanto menos, y quedaron desfasadas bien por los adelantos técnicos, bien por la moderación de las diferencias entre clases sociales, pero tuvieron unas razones de ser en su momento y han sido objeto de amplios estudios sobre las costumbres y su significado por los historiadores. Es el caso de esta, por ejemplo:

              “Si una persona de carácter te hace quedar á comer, no debes lavarte con ella, á menos               que no lo mande expresamente en cuyo caso, si no está pronto el criado para servir la toballa, debes servírsela

Aquel gesto de lavarse las manos era una costumbre heredada de la Edad Media, cargada de simbología, como ha indicado la Doctora Almudena Blasco, de la Universidad Autónoma de Barcelona en su estudio LLAMAR AL AGUA COMO EXPERIENCIA POÉTICA EN LA CULTURA MEDIEVAL. “Costumbre vinculada al uso simbólico del agua, que tiene estrechas relaciones con la tradición litúrgica y bíblica, aquí (en ese estudio) se aborda como un elemento característico de la sociedad caballeresca”.

Siguiendo con las “personas de carácter”, entendidas como tales las de mayor importancia social, nuestro manual recomienda:

             “Si alguna persona superior en carácter te sirviere de algún plato debes admitirlo por no desairarla; pero si tuvieses tal repugnancia que absolutamente lo puedas comer, darás el plato con disimulo al criado para que no lo advierta”.

 Obviamente hoy no será lo más habitual encontrarnos en la casa de nuestro anfitrión con un criado al que darle el plato que no nos gusta disimuladamente. Y de haberlo, el anfitrión tendrá otros recursos para solventar el inconveniente. Con todo y con eso, me sigue pareciendo feísimo rechazar comida que no te gusta cuando vas invitado a una casa. No cuesta tanto hacer el esfuerzo. Y las apelaciones a alergias, intolerancias, “veganías” y otras excusas similares suelen notarse cuando son falsas. Solo que el anfitrión, que sí tiene educación, las pasará por alto…

En cuestión de bebida, por ejemplo, resulta del todo cómica esta recomendación…

             “También has de cuidar dé no hacer ruido con la garganta; ni suspirar recio, acabando de beber en acción de quedar cansado”.  No somos Obélix…

O esta, también relativa a la bebida… (y más)

            “El vaso que ya te haya servido, no lo debes ofrecer por ningún motivo: tampoco te limpiarás los dientes durante la comida, ni aun después, si estás delante de alguna persona de cumplimiento y mucho menos con el cuchillo ú tenedor, ni te enjuagarás la boca en presencia de personas de respeto”. Lo de limpiarse los dientes en público, no con un cuchillo, que ni Obélix, pero sí con un mondadientes o la pobre servilleta, sigue siendo bastante habitual, por desgracia, incluso en personas del más alto “estatus” social. Imperdonable de todo punto el gesto, debería estar desterrado hace siglos. Te aguantas, o te ausentas discretamente si la molestia fuera insufrible.

Chanzas aparte algunas de aquellas normas mantienen, más de dos siglos después, su plena validez:

              “Es mucha impolítica el que presentes tu plato con afán de ser servido el primero, ni tomar nada, sin que antes no estén servidas las personas de mayor respeto y condecoración”. Condecoraciones aparte, la prudencia siempre es una virtud.

             “Tampoco pasarás el brazo por encima de ningún plato para servirte del que esté mas lejos, sino hacerlo mudar, y que te acerque un criado el que apetezcas”. Vale, de acuerdo, posiblemente no haya un criado para pedírselo, pero jamás cruces el brazo por encima de nada (y menos por encima de nadie), pide lo que sea a la persona más cercana con educación.

             “Debes cuidar de no comer aprisa, por mucha hambre que tengas, cerrando los labios, para no comer como los brutos”. Pues eso, deja el modo Obélix para los tebeos. Especialmente si tienes un embajador al lado (o estás en la pedida de mano de tu futura).

             “Es menester mucho cuidado para no mancharse en llevar la comida á la boca, ni tampoco inclinarse demasiado sobre el plato”. Deglutir en modo comedero de animales puede incluso trastocar tus planes de casamiento con la susodicha…

 

Para terminar, una recomendación extraída del libro de Julio Camba La Casa de Lúculo, con su ironía característica (que hago propia):

            “Cuando quiera usted que vuelvan a invitarle a una casa por la abundancia de comida que haya encontrado en ella, diga usted al despedirse:

  • No se puede volver por aquí. Le atiborran ustedes a uno demasiado…”

Aunque quizás habría que recuperar el espíritu del siglo XVIII…



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