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Los Sucesos de Rafael López-Quintano de Ballesteros (2O Capítulo, 2ª Parte)


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Antonio Gázquez



En la mañana en que los olivos florecen, cuando el sol aún no asomaba en el horizonte de las dunas del desierto, las bestias estaban enjaezadas y los carros preparados para la marcha, Kaleb dispuso a su familia en la cabecera de la caravana, después íbamos los que nos habíamos sumado a su caravana y, al final, los hatos de ganado junto con los pastores dirigidos por los hijos del mercader.

Marchamos hacia el sur, en dirección a Gaza. En unas semanas estaríamos entrando en la península del Sinai y la cruzaríamos por el norte hacia Pelusio. Durante el viaje el polvo y el olor a carneros y a machos cabríos nos acompañó sin dejarnos en ningún momento, aunque es verdad que a las pocas horas ya estaban las narices acostumbradas. Por las noches nos reuníamos en torno a una hoguera y nos pasábamos, unos a otros, tortas de centeno untadas con miel, y nos ofrecíamos escudillas con higos. Los hombres contaban historias de fieras y de otros lugares lejanos. Las mujeres observaban calladas desde el otro lado de la hoguera, y de cuando en cuando se sonreían o me miraban intentándose comunicar con los ojos.

Por fin llegamos a Pelusio, fue mi primera visita a una ciudad egipcia. Acampamos en las afueras y estuvimos en ella sólo dos días. Nuestro destino era la ciudad de On en el vértice del delta del Nilo, en la que vendería parte del ganado al templo, que por aquellos tiempos había decaído en su importancia aunque en época de Ramsés III, según me relataron, era uno de los más importantes del reino, a pesar de que aún tenía a su servicio unas 7000 personas. Al tercer día de estar en Pelusio marchamos para la ciudad de Ajetatón y allí acampamos varios días. Entramos a la ciudad por el lado norte. El ganado se quedó en las afueras junto a unas lagunas que se habían hecho por las últimas inundaciones, allí se quedarían guardando a los ovinos y caprinos los hijos de Kaleb y un cuñado.

Kaleb y yo entramos en la ciudad. El mercader siempre que pasaba por esta ciudad visitaba a un amigo alfarero, que le ponía al día de los últimos acontecimientos de la ciudad y de la familia. La ciudad era un enjambre de casas de adobe unas juntas a otras. El barrio de obreros parecía no tener calles, y cuando las había eran sumamente estrechas. Pasábamos entre callejones, y de una casa a otra, por las azoteas hasta llegar a casa del alfarero. Fuimos recibidos con tal júbilo que me pareció que el israelita era de la familia. Entre abrazos y besos en las mejillas nos anunció, porque allí todo se anunciaba como si fuese una novedad irrepetible, que al día siguiente celebraría una fiesta por nuestra llegada. Esa tarde comimos pan (1) de cebada y unos pescados (2) condimentados con ruda (3) y cilantro, y bebimos cerveza (4) hasta las últimas luces del día. Además había panes untados con sésamo o con cominos. Volvimos a la caravana y antes de dormir vio el ganado y dejó guardándolo a unos pastores y a uno de sus hijos.



La fiesta del alfarero fue abundante en alimentos, todo era demostración de alegría y como agasajo de tal demostración mi amigo Kaleb sacrificó uno de los carneros viejos del hato. En la terraza de la casa del alfarero dispuso unas esteras y sobre ellas colocaron fuentes de barro con pan de cebada y una sopa de lentejas (5), varios tipos de pescados cocidos y a la parrilla. Pasteles de dátiles, granadas e higos, además de abundante cerveza espesa que debíamos colarla antes de beberla, algunos de los invitados la mezclaban con miel o con especias. También había panes rellenos de huevos duros y de hortalizas. En uno de los rincones de la terraza había puesto unos trébedes con una marmita donde se cocía el carnero (6) con especias y miel. Tomábamos los pedazos de carne con los dedos y de cuando en cuando nos lo chupábamos con discreción para limpiarlos. Cada uno tomaba los alimentos de donde mejor le convenía y, a veces, me ofrecían tajadas los comensales que tenía enfrente. Era el extranjero y siempre había alguien que me ofreciera un alimento. Las hijas del alfarero ponían sobre la estera los alimentos: iban y venían entre las esteras y los cuencos de comida con cuidado de no tirarlos, parecía que estuvieran acostumbradas a hacer ese trabajo. "Son bonitas, y muy amantes de sus padres", me susurró al oído Kaleb. La fiesta duró hasta el amanecer entre bailes, tambores y flautas, hasta que caímos por el cansancio y la acción de la cerveza.

Por la mañana, mientras Kaleb preparaba la caravana y hacía algunos trueques de última hora, el alfarero me acompañó hasta una bodega (7) donde trabajaba su yerno, el prometido de su hija. Hacía unos días que había finalizado la recogida de la uva, la cual esperaba en grandes canastas hasta el día siguiente en que eran echadas a unas balsas cuadradas donde se pisaban.

A los dos días de la fiesta, Kaleb parecía haber cumplido con los compromisos que le habían llevado hasta allí, por lo que nos anunció que pronto nos marcharíamos. Así fue como una mañana, apenas salido el sol salimos camino de la ciudad de Tebas, donde haría el trueque del resto del ganado por deben, moneda que por estos tiempos de la dinastía XXVI comenzaba a circular (reinaba en esos años el faraón Amasis en todo el Egipto).

La marcha hacia nuestro destino lo hacíamos siempre próximos a la rivera del Nilo, pues así aprovechábamos para que el ganado bebiese en las charcas o lagos que las inundaciones habían dejado. Observé como los campos aún húmedos por las últimas inundaciones se estaban arando mediante dos varas verticales cuyos extremos se sujetaban a la reja que se introducía en la tierra y entre ambas varas existía un travesaño en el que se insertaba una gruesa barra de madera que uncía a dos bueyes. Por detrás del arado había un grupo de hombres que sembraban trigo (8) ; en otros cuadrantes se estaba sembrando cebada y lino. En las proximidades de los pueblos por los que pasé me encontré con numerosas huertas donde se cultivaba lechugas, pepinos, cebollas (9), puerros, judías y lentejas, así como higueras, palmeras datileras, granados y viñas. Por la rivera había numerosos ánades, ocas y otros pájaros (10) que revoloteaban por los juncales del ancho río Nilo, por donde navegaban embarcaciones cargadas de piedras para la construcción de algún templo. En las cercanías de la orilla observé como unas mujeres cuidaban de los diques y de los canales, que llevaban a los campos el agua que los hombres subían del río con el chaduf.



(1) El pan en Egipto era un alimento esencial. En un principio se cocía sobre el fuego, pero pronto se utilizó el horno (klibanos) para su cocción. Panes había de trigo, que eran consumidos por la corte y los ricos, y para el pueblo había principalmente pan de centeno y avena. M.L. Migliari y A. Asola. La gastronomie de la prehistorie a nos yours. Edt. Atlas. 1975.

(2) El pescado era un alimento básico del pueblo egipcio. Pescaban en el Nilo bien con caña o con redes. El pescado se consumía bien fresco, pero lo más frecuente era secado al sol.

(3) Los egipcios cultivaban numerosas plantas aromáticas como el perejil, cilantro, asafétida, tomillo, hinojo e hisopo, eneldo, laurel. J. Klima. Sociedad y cultura en la antigua Mesopotamia. Edt. Akal 1964.

(4) La cerveza del pueblo egipcio era la bebida más frecuente. Los hombres opulentos y la corte faraónica bebían vino, mientras que el pueblo comían pan y bebía cerveza. Las mujeres elaboraban la cerveza mezclando pasta de cebada con levadura y la dejaban fermentar durante unas semanas. Posteriormente filtraban la masa fermentada y la condimentaban con especias y dátiles. El líquido que se obtenía era muy espeso, y para tomarlo lo colaban.

(5) La cultura egipcia era una gran productora y consumidoras de legumbres. Cultivaban el garbanzo (arshá) y las lentejas. Había lentejas famosas como la de Pelusa. De las lentejas se hacían pasteles además de guisos. Las habas era otra de las legumbres que el pueblo egipcio consumía con frecuencia, sin embargo la nobleza las rechazaba. Mª C Sánchez Mata; MªE Torija Isasa; C Diez Marqués y M Cámara Hurtado. Historia de las legumbres en la alimentación humana. Alimentación y cultura. Acta del Congreso Internacional 1988. Edt. Val de Onsera. De un modo general las legumbres se cultivaban en lugares próximos a las casas. En la tumba de Dra Abu el-Nagal se encontraron tortas fabricadas de lentejas cocidas. Asimismo en el fresco de Ramses de la ciudad de Tebas se puede observar a un esclavo cociendo lentejas. La sopa de lentejas se hacía con lentejas cocidas y cebolla, puerros y ajos.

(6) En el Imperio Antiguo egipcio preferían las carnes cocidas a las asadas. Tenían también la costumbre de comer la carne cruda de los animales sacrificados. Esta costumbre de comer la carne cruda de los sacrificios tiene un significado de captar la fuerza y las habilidades del animal que se sacrifica y consume, a la vez de entablar una relación directa con el dios a que se le realiza el holocausto. Costumbre que se ha dado en todas las culturas.

(7) El proceso de la vendimia puede verse en la tumba de Sennefer de la necrópolis de Abd el-Gumah (XVIII dinastía): la uva se recogía y se transportaba en cestas hasta grandes recipientes cuadrangulares donde eran pisadas. El mosto obtenido se recogía por unas aberturas laterales que contenían unos tubos de madera y éste era recogido en unas vasijas. La pulpa sobrante de la primera pisada se volvía a pisar para obtener un segundo vino de peor calidad. El mosto recogido se filtraba y se dejaba fermentar hasta convertirse en vino. Cuando se iba a beber el vino se volvía a filtrar y se condimentaba con hierbas aromáticas y especias.

(8) La agricultura egipcia estaba supeditada a las crecidas del Nilo. Los campos se araban a poca profundidad y después se sembraba. Una vez arados los campos se sembraba inmediatamente, para después, ser pisados por piaras de cerdos, de esa manera las semillas eran introducidas en la tierra Los principales cultivos eran el trigo, avena, mijo y lino. El trigo era la base de la alimentación, mientras el lino constituía el elemento fundamental para tejer las telas de sus vestiduras. Los egipcios usaban hoces de pedernal y arados de piedra y madera. En el Delta del Nilo se cultivaba vid, ricino y ajonjolí, también era en esta zona la idónea para el cultivo de higueras, datileras, granados y algarrobos.

(9) La cebolla y el ajo eran las hortalizas más estimadas, y no sólo eran alimentos sino también le daban propiedades sanatorias: el olor de ambas estimulaba la respiración de los muertos, por lo que en ocasiones se introducía en la axila un ajo a las momias. La lechuga era otra hortaliza muy estimada y la asociaban a la fertilidad. Así como los puerros y los pepinos. El rábano era el alimento básico de los constructores de pirámides, según Herodoto los solían comer en ensalada.

(10) La caza era una actividad muy importante para el egipcio rico o noble. Solían cazar en el desierto o en las marismas del Nilo, para ello usaban flechas y arco, o jabalina. La caza tenía un componente religioso y las especies que se cazaban eran principalmente avestruces, asnos salvajes, bueyes salvajes, antílopes, gacelas, liebres, hipopótamos y multitud de aves silvestres.



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