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Esa Angula Enamorada de la Luna



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Miguel Ángel Almodóvar
Investigador y divulgador en ciencia nutricional y gastronomía

Más allá de le extendida creencia magufa de los efectos de la luna sobre el psiquismo humano o los momentos del parto, radical y rotundamente refutada por miles de estudios científicos y series estadísticas de largo alcance, no existe duda alguna respecto a su influencia en el comportamiento de muchos animales. 

 

 

 

En general, tales se producen casi  en su totalidad con la luna llena, cuando el satélite brilla con su mayor fulgor y es momento, cree la mayoría, para que los lobos aúllen, aunque esto se trate de otro mito sin fundamento que obedece a razones que resultaría  prolijo y tedioso explicar en este espacio; que los murciélagos, esto sí es rigurosamente cierto, se queden en sus madrigueras por temor a ser pasto de los depredadores o que los corales se exciten lujuriosamente liberando cantidades ingentes de huevos de manera sincronizada. 

Luego está la leyenda que nos remite a toros que se enamoran de la luna cuando se colma, pero tal cosa sólo es producto de la composición lírica de Carlos Castellano y de sus potentes altavoces entre los que retumban los sones de Lola Flores, Los Centellas, Maruja Lozano o Manolo Escobar.

Sin embargo, hay poquísimos animales que modifiquen sus hábitos durante la luna nueva y entre estos solo aparecen los tejones, que orinan menos en las noches en las que el astro no alumbra por elemental ahorro ante la disminución drástica del riesgo de ser víctimas de sus depredadores, y la angula que es lo que definitivamente viene al caso en esta página gastronómica, aunque para llegar a ese manjar haya sido pertinente el recorrido previo.

La temporada de este bocado delicado y sabroso, normalmente de un gramo de peso y una longitud que no supera los ocho centímetros, el único alevín cuya captura permiten las leyes de pesca, se extiende entre octubre y abril, que es el tiempo en el que viene nadando desde el Mar de los Sargazos y más en concreto desde esa otra magufada conocida como “Triángulo de las Bermudas”, para llegar a las desembocaduras de los ríos cantábricos o mediterráneos españoles con la pretensión de convertirse en anguila.

Para impedir tal objetivo y propósito los pescadores las engatusan con lucecillas en las oscuras noches de luna nueva, especialmente en las rías vascas, en la cuenca asturiana del Nalón y en la desembocadura del Guadalquivir. 

Y todo esto viene a cuento de que sólo faltan dos lunas, que parece lenguaje sioux pero es jerga pescatera, la del 23 de febrero y la del mismo día de marzo, para que la angula verité, sin entrar en congelados y mucho menos en sucedáneos, se esfume por lo que a 2020 se refiere. Razón irrefutable y más que convincente para recomendar su consumo en estos días, habida cuenta y mucha cuenta de que el precio al que se vendía en las navidades y el actual se ha reducido prácticamente a la mitad.

Las opciones de consumo de esta excelsa exquisitez van desde la crudité, la sopa, la ensalada y la tortilla (que por cierto era la fórmula en la que se las señoronas de postín de los años treinta se las ofrecían a las modistas que itineraban por sus hogares cuando aún no se había generalizado el prêt-à-porter), pero para dar potencia, brillo y esplendor a sus ya de por sí inenarrables virtudes nada como prepararlas a la bilbaína en aceite de oliva virgen extra frito y condimentado con ajo y guindilla seca en cazuela de barro.

Así que, a ello.



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