7034 recetas de cocina   |   18153 noticias de gastronomia   |   581 autores   |   21 empresas



Entre la angustia y la penuria, aquella sopa se convirtió en un inesperado consuelo y refugio

El Descubrimiento de la Maravillosa Crema Inglesa de Tomate (“tomato Soup”), Durante mi Rocambolesca Desaparición



Mi sopa de tomate


Carmen Pérez Basanta



Cada vez que presento un plato nuevo, no puedo evitar rememorar dónde y cuándo lo probé por primera vez, y sobre todo si dejó en mí alguna huella emocional. Al degustar esta “sopa de tomate” por primera vez —hace nada menos que 55 años— me encontraba en Inglaterra, en un momento de gran preocupación y ansiedad. Había confundido la fecha de salida de mi ferry. Aquella misma mañana había llegado en tren desde el norte de Inglaterra y fue al revisar la hora de salida del ferry Southampton-Santander cuando, llena de pavor, me di cuenta de que mi barco no zarparía hasta la semana siguiente. Sin exagerar, me dio un soponcio, porque como era habitual en mí en esos tiempos —cuando no existían ni móviles ni tarjetas de crédito— el dinero que tenía reservado para esta última etapa del viaje, tras comprar el billete para la travesía marítima, me sobraban solo unas cuantas libras para abordar el ferry y llegar España, donde mis padres me esperaban.

Desesperada y no sabiendo que hacer, llamé al colegio donde había estado años atrás interna para preguntarle a las monjas si tenían algún alojamiento en Londres, donde pudiera sobrevivir una semana. Afortunadamente la directora al verme tan angustiada, y al no tener colegio hospedaje alguno en la capital, me calmó con la promesa de que iba a informarse de algún lugar de confianza, donde me acogieran. Cuando colgué el teléfono público desde donde llamaba, esos teléfonos rojos que son parte de la más icónica cultura británica, mi espíritu estaba lleno de los peores augurios y conociendo a los ingleses intuía que muy cortésmente me dirían que no tenían alojamiento disponible, y no había más que hablar, con el consabido dicho británico “there’s nothing we can do”. Pero enseguida volvió a sonar el teléfono y la monja me dijo que anotara la dirección que me iba a dar, era un “hogar para ancianas” (a home for elderly people), que estaba en la zona de Kensington, no muy lejos de Harrods, y la directora del centro ya estaba informada de mi caso. Le di mis más efusivas gracias por aquel acomodo que me libraría de dormir en la estación de Victoria o en la Salvation Army (la institución inglesa para los sin techo); y allí que me fui como pude, con mis maletas a cuestas, y una esperanza renovada.

Aquella institución, una residencia de ancianas de la época, era una casa típicamente victoriana —de piedra oscura y triste—, sin más decoración que las fucsias que adornaban los largos y desnudos pasillos, un cuadro de la fundadora y de otros desconocidos benefactores, que yo desconocía, entre los que estaba el Cardenal Newman, supongo que aquellas religiosas debían compartir la misma veneración que mis monjas por este santo en proceso de beatificación, ya que años atrás en mi primera visita a Inglaterra, antes de ver ni el Parlamento, ni la Torre de Londres, ni el London Bridge, las religiosas nos llevaron al oratorio del famoso Cardenal Newman en Oxford porque, según ellas, era una manera de empezar con buen pie nuestra estancia en aquella tierra.

La superiora me recibió sin ningún circunloquio y me dijo que podría alojarme en un pequeño cobertizo del jardín, que estaban adecentando para una contingencia como la mía, advirtiéndome que estaba recién adecentado y apestaba a pintura. No tendría que pagar nada, pero si quería desayuno y cena me lo podían proporcionar por un precio simbólico si lo podía pagar; lo acepté enseguida, porque aquel arreglo me permitía afrontar todos mis gastos, e incluso visitar gratis una serie de lugares públicos cercanos. Yo había vivido aquel mismo año en las afueras de Londres, donde tenía mi trabajo de lectora de español, pero había tenido muy poco tiempo para visitar a fondo aquella increíble urbe, llena de lugares que podría visitar gratis, incluso sabía que en San Martin in the Fields, podía asistir a los ensayos de su prestigiosa orquesta. Sin duda, estaba decidida a ampliar mi conocimiento de aquella increíble ciudad, con la salvedad de que no podía permitirme nada que no fuera gratuito —incluida la comida o bebida—. Pero en el Londres de entonces hubiera tardado años en asistir a todos los acontecimientos culturales gratuitos.

Me indicó que debía ser muy puntual, 7 de la mañana el desayuno y 6 de la tarde la cena —las puertas se cerraban a partir de esa hora—. Me ofrecí a ayudarlas en lo que pudiera y me contestó que podía ser amable con las ancianas y sentarme con ellas en el salón después de la cena, y aclaradas estas cuestiones de índole práctico, su tono cordial cambió a solemne: “Lo que vas a ver aquí no será plato de buen gusto, pero quizá sea una buena lección de vida”. Me acordé entonces de que desde que puse un pie en la Gran Bretaña, los ingleses en cuando me pasaba algo malo, siempre me “consolaban” con la frasecita: “It will be good for your character” (“fortalecerá tu carácter”, un pensamiento que yo consideraba de calvinismo puro).  

Alguien me ayudó con las maletas hasta aquel diminuto cobertizo, que estaba en el jardín, y que iba a ser mi alojamiento, y paradójicamente me pareció un inesperado palacio, rodeado de frondosos rododendros y macizos de hortensias reventonas, junto con perfumados rosales, y cuando entré en el aposento me encontré con una habitación diminuta con la cama vestida de limpio y una mesita de noche con la biblia y la tetera preparada para hacerme “a nice cup of tea”, junto con un minúsculo aseo con ducha. Y en aquel momento sentí, con lágrimas en los ojos, que aquello había sido un milagro del Cardenal Newman, del que se destacaba que su mayor acierto había sido el interés que había mostrado a lo largo de su vida por los problemas cotidianos y prosaicos del ser humano, y aquel día lo estaba testificando. Al momento me di cuenta de lo cansada que estaba física y psicológicamente, por la terrible pesadilla que había vivido y que jamás olvidaría. Sólo deseaba ducharme y tumbarme, ya que la noche anterior, sentada en el tren de Leeds, no había pegado ojo, y en aquel momento sólo soñaba con tomarme aquella taza de té. Y entonces agotada como estaba me quedé dormida… y cuando me desperté era casi la hora de la cena y me apresuré a prepararme para llegar puntual.

Lo primero que vi fue una gran cazuela de estaño con la “sopa de tomate inglesa”, el icono de las cremas inglesas. Por aquel entonces yo solía decir que no me disgustaba la comida inglesa, con la excepción de la sopa de tomate, los arenques ahumados y la gelatina. Pero, claramente, como dice el refrán, “nunca digas nunca jamás”.

Y allí estaba la monja, llenándome el plato con aquella sopa de tomate que siempre había asociado con esos alimentos ingleses que más bien parecen preparados en una farmacia, pero que, paradójicamente, cuando uno se acostumbra a ellos, pueden llegar a convertirse en auténticos adictivos. No sé si fue porque mi hambre era verdaderamente canina, después de más de un día sin probar bocado, pero que cuando llevé la primera cucharada a la boca me pareció ¡la mayor delicatesen que había comido nunca! Si no me hubiera dado vergüenza repetir, me habría tomado dos platos más. Del segundo plato ni siquiera recuerdo qué era, pero las natillas de polvo estaban también insuperables.

Creo que fue entonces cuando comprendí de verdad el sentido del refrán español: “A buen hambre no hay pan duro”. Pero, sobre todo, descubrí algo que desde entonces no he dejado de repetir en mis libros: la enorme importancia del factor emocional en todos los actos de la vida, y muy especialmente en la comida. Aquella sopa no era solo una sopa. Después de más de un día sin comer, del cansancio y de la intensidad de aquella jornada, se había convertido en mucho más: en una especie de consuelo, de recompensa, incluso de refugio. Y afronté aquella increíble semana, con la ilusión de que al final del día me esperaba mi ansiada sopa de tomate. Y, quizá esa sea una de las grandes lecciones que nos da la comida: que no siempre saboreamos lo que tenemos delante, sino también lo que sentimos, lo que hemos vivido y lo que necesitamos en ese momento.

Y volviendo a la realidad de mi vida de entonces, al segundo día me acordé de que no había llamado a mi casa para informar a mis padres de mi obligado cambio de planes; ellos habían ido a recogerme a Santander y viendo que no estaba entre el pasaje, habían contactado con la policía e incluso con la Interpol. Mi desaparición significó un auténtico calvario … permanecieron en Santander hasta que por mi llamada de teléfono a casa se enteraron de lo que me había sucedido. Yo no paraba de pensar en mi madre, que culparía a mi padre de permitirme que “con 20 años andurrear sola por esos mundos de Dios… ¡¡¡y no es que ella no lo hubiera advertido…!!!” Supongo que “all's well that ends well”, pero ahora desde mi papel de madre no puedo ni imaginarme la desesperación de mis padres. Durante meses el suceso de mi desaparición fue el leitmotiv de la conversación familiar; y tengo que confesar que, en el fondo, para mí, tenía un carácter un tanto romántico y novelesco, como aquella famosa desaparición de Agatha Christie, que tuvo a toda Inglaterra en vilo.

Y no quiero terminar este relato sin mencionar cómo “la sopa de tomate”, que servían de cena todas las noches, se convirtió en uno de mis platos favoritos, y muy pronto aprendí a prepararla. Primero, me interesé por su origen ya que la leyenda la considera el buque insignia de las sopas inglesas y americanas, y el primer documento escrito lo localicé en el libro de Eliza Leslie de 1857 New Cookery Book. La receta consistía en un caldo casero al que se le añadían los tomates previamente escaldados y asados en el horno con una cebolla pelada, y finalmente se pasaban por un pasapurés y se espesaba con galletas o bizcochos de soletilla. También se le podía añadir una bechamel con mantequilla y harina. La segunda receta era la de Maria Parloa, cuyo libro de 1872 The Appledore Cook Book ofrecía algo muy similar. Pero en 1897 el magnate de sopas americano Joseph Campbell lanzó la sopa de tomate condensada, un hito en la cocina rápida, que fue un auténtico boom culinario, pero sobre todo publicitario, con la idea de aliviar el trabajo de la mujer, que empezaba a incorporarse al mercado laboral. Este producto se comercializó de inmediato y pronto se consumía de forma masiva, y enseguida Campbell sacó al mercado la crema de champiñones y la de pollo con fideos, que han sido siempre las más emblemáticas, y como veis son de origen americano.

En mi caso y a partir de mi primera degustación de esta sopa en aquel lugar tan modesto y ajeno a mi contexto cultural, como era aquella institución, que muy bien podría haber salido de una novela de Dickens, me pareció una comida tan excelente que todo mi afán fue conseguir una auténtica receta casera (en Inglaterra había por entonces innumerables ), y después de probar recetas de los más eminentes chefs británicos, por “trial and error” creé la mía propia, influenciada por Donald Skehan, un gran cocinero inglés de la BBC, que asaba los tomates en el horno para que no perdieran ningún sabor, y esta sopa de tomate, con mi toque personal, se ha convertido en una receta realmente emblemática de la cocina de mi casa. ¡Y hecha con unos buenos tomates del terruño resulta insuperable!

NOTA BENE

Quiero advertir al lector que la receta completa de “la sopa de tomate” está detalladamente explicada e ilustrada (+300 fotos) en mi libro electrónico Caldos, sopas, potajes, gazpachos, ajoblancos, salmorejo y vichyssoise (Publ. Amazon, con más de 300 ilustraciones., y al precio módico de 9,90 EU) y os será de mucha ayuda para la elaboración de la receta, y del contexto cultural de esta receta.

COMENSALES
N/D
SE PREPARA EN
min
DIFICULTAD
Medio
PRECIO
Medio


Ingredientes para la receta de El Descubrimiento de la Maravillosa Crema Inglesa de Tomate (“tomato Soup”), Durante mi Rocambolesca Desaparición

-1 kg. de tomates, cortados por la mitad

-2 bulbos enteros de ajo con la parte superior cortada

-1 cda, de vinagre balsámico

-2 cdas. de aceite de oliva para el sofrito y otras dos para asar los tomates

-2 cdtas. de tomillo, hojas secas o frescas; también podéis usar albahaca

-1 cebolla o cebolleta grande, cortadita fina

-2 tallos de apio, finamente picados

-1 o 2 zanahorias troceaditas

-2 cdas. de concentrado de tomate o tomate frito

-1 l. de caldo de verduras casero o industrial

-la hierba que más os guste: tomillo o albahaca

-unas gotas de vinagre de módena para espurrear sobre los tomates en el horno

opcional: croutons o picatostes para decorarla

Elaboración de El Descubrimiento de la Maravillosa Crema Inglesa de Tomate (“tomato Soup”), Durante mi Rocambolesca Desaparición

-1 kg. de tomates, cortados por la mitad

-2 bulbos enteros de ajo con la parte superior cortada

-1 cda, de vinagre balsámico

-2 cdas. de aceite de oliva para el sofrito y otras dos para asar los tomates

-2 cdtas. de tomillo, hojas secas o frescas; también podéis usar albahaca

-1 cebolla o cebolleta grande, cortadita fina

-2 tallos de apio, finamente picados

-1 o 2 zanahorias troceaditas

-2 cdas. de concentrado de tomate o tomate frito

-1 l. de caldo de verduras casero o industrial

-la hierba que más os guste: tomillo o albahaca

-unas gotas de vinagre de módena para espurrear sobre los tomates en el horno

opcional: croutons o picatostes para decorarla





SÍGUENOS
          
SUBSCRÍBETE





AFUEGOLENTO EMPLEO

AUTOR DESTACADO

   

Pedro Manuel Collado Cruz

La cocina para mi es producto bien tratado sin enmascarar sus sabores, cocina de verdad de antaño con un toque diferente

1 receta publicada

Ver blog del autor














Desde 1996, el magazine gastronómico en internet.


© 1996 - 2026. 31 años. Todos los derechos reservados.
SUBSCRÍBETE

Recibe las novedades de A Fuego Lento


SÍGUENOS