Hay personas a las que uno conoce mucho antes de estrecharles la mano. Las conoce por su trabajo, por lo que cuentan de ellas, por la huella que van dejando en su profesión y, en el caso de un cocinero, por aquello que es capaz de transmitir cuando se pone delante de los fogones o frente a una cámara.
Ese era mi caso con André Arzúa.
Lo conocía de referencia, como tantos otros amantes de la gastronomía: un cocinero reconocido, con una trayectoria sólida y con una presencia especialmente destacada en la televisión autonómica gallega. Durante años fue una auténtica estrella televisiva gracias a un legendario programa diario de cocina que consiguió llevar la gastronomía a miles de hogares. Hoy ese proyecto televisivo permanece momentáneamente paralizado, pero hay algo que no ha cambiado: André sigue teniendo ese extraordinario don para comunicar, para explicar, para hablar de cocina y, sobre todo, para ponerse delante de una cámara con una naturalidad que no está al alcance de cualquiera.
Porque una cosa es cocinar bien y otra, bastante más difícil, es saber comunicar la cocina.
André sabe hacerlo.
Pero no tuve la oportunidad de conocerlo personalmente hasta el pasado 25 de agosto, cuando mis queridos amigos Víctor y Sonia, grandes amigos de André, tuvieron la generosidad de llevarme hasta Espazo Abella. Y debo decir que aquel encuentro fue una de esas agradables sorpresas que uno guarda con especial cariño.

Espazo Abella, mucho más que una cocina
Nada más entrar en Espazo Abella se comprende que allí hay un proyecto concebido con mimo, con conocimiento y, sobre todo, con pasión.
El propio nombre encierra toda una declaración de intenciones. André explica que la abella, la abeja, representa valores como la vitalidad, la salud, el trabajo en equipo y la colaboración. Y quizá no haya mejor manera de definir lo que pretende ser este singular espacio gastronómico.
Espazo Abella nació en 2017 con una idea muy clara: crear un lugar versátil en el que la cocina pudiera ser aprendida, enseñada, investigada, disfrutada y compartida.
Y eso es exactamente lo que transmite.
Estamos ante un espacio moderno, vanguardista, funcional y extraordinariamente bien equipado, pensado tanto para profesionales que quieren seguir creciendo como para aficionados que desean aprender y disfrutar de la cocina sin complejos.
Su aula gastronómica es sencillamente fantástica. Cuenta con equipamiento moderno, medios técnicos y tecnológicos y todos los recursos necesarios para que la enseñanza culinaria se desarrolle en unas condiciones excelentes. La tecnología está al servicio de la cocina, pero sin quitarle protagonismo a lo verdaderamente importante: las personas, el producto, la creatividad y el placer de aprender.
Es, además, un espacio pensado para grupos reducidos, algo que personalmente considero uno de sus grandes atractivos. La cercanía facilita la participación, la conversación y ese ambiente distendido que convierte cualquier actividad gastronómica en una experiencia.
Aquí se puede aprender cocinando, pero también cocinar charlando, compartir una copa de vino, preguntar, descubrir y terminar sentados a la mesa disfrutando de aquello que uno mismo ha preparado.
Y ahí está buena parte de la magia.
Un lugar donde la cocina se vive
Porque Espazo Abella no pretende ser simplemente una escuela de cocina.
Es mucho más.
Es un punto de encuentro para la gastronomía, un lugar para la formación, para la experimentación y para el ocio. Un espacio donde los profesionales pueden perfeccionar sus conocimientos, descubrir nuevas técnicas y mantenerse al día en un sector en permanente evolución.
Pero también es un lugar extraordinario para quienes, sin dedicarse profesionalmente a la cocina, sienten curiosidad, pasión o simplemente ganas de aprender.
Sus talleres monográficos permiten acercarse a todo tipo de preparaciones y tendencias: desde recetas aparentemente sencillas hasta técnicas más sofisticadas, pasando por propuestas específicas de temporada o actividades pensadas para públicos concretos.
Y existe algo especialmente interesante: la posibilidad de aprender haciendo.
No hay mejor escuela que ponerse delante de una encimera, tocar los productos, utilizar las herramientas, equivocarse, preguntar, volver a intentarlo y finalmente sentarse a disfrutar del resultado.
Ese concepto de formación lúdica, cercana y participativa define muy bien el espíritu de Espazo Abella.
Y después de aprender… toca comer
En mi caso, además, tuve la fortuna de descubrir Espazo Abella de la mejor manera posible: alrededor de una mesa.
Aquel 25 de agosto disfrutamos de un encuentro entrañable junto a Sonia, André y mi querido amigo Manolo, el gallego, padre de Sonia, además de Víctor (esposo de Sonia) que fue uno de los responsables de que aquel encuentro pudiera producirse.
Y André nos recibió como sabe hacerlo alguien que entiende la gastronomía como una forma de hospitalidad.
Comimos de maravilla.
Entre los platos que pudimos disfrutar, recuerdo especialmente una carrillada exquisita y deliciosa, sensacional, y una barriga de bonito a la parrilla, preparada en un moderno horno kamado, que resultó sencillamente extraordinaria.
Pero quizá lo mejor de aquella comida no estuvo solamente en lo que había sobre el plato.
Estuvo en el ambiente.
En poder conocer el espacio con tranquilidad, descubrir sus instalaciones, conversar con André, compartir mesa y comprobar personalmente que detrás de aquel cocinero al que conocía por su trayectoria pública hay también una persona cercana, apasionada por su profesión y absolutamente volcada en su proyecto.
André Arzúa: cocinar, enseñar y comunicar
Después de conocerlo personalmente, entiendo todavía mejor la trayectoria de André.
Porque su valor no reside únicamente en su capacidad técnica como cocinero.
André tiene algo que distingue a los grandes comunicadores: sabe hacer que la cocina resulte cercana.
Sabe explicarla.
Sabe contarla.
Sabe transmitirla.
Y sabe hacerlo delante de una cámara con una soltura y una naturalidad que justifican plenamente aquella larga etapa como rostro televisivo de referencia en Galicia.
Pero hay algo todavía más importante: André es cocinero.
Y eso se nota.
Se nota cuando habla de producto, cuando explica una elaboración, cuando enseña una técnica y cuando se preocupa por cada detalle. Se nota en su manera de entender Espazo Abella y en la filosofía que hay detrás de un proyecto que lleva años creciendo desde la ilusión y el trabajo.
Su trayectoria profesional supera ya las dos décadas y este espacio representa, la materialización de un sueño largamente perseguido.
Un sueño que, afortunadamente, no se queda solamente en André.
Lo comparte con un equipo de profesionales que participa en la organización de cursos, talleres, eventos y proyectos de investigación y actualización gastronómica.
Porque en cocina, como en cualquier profesión que aspire a la excelencia, dejar de aprender significa empezar a quedarse atrás.
Y André parece tenerlo muy claro.
Una herramienta extraordinaria para profesionales y aficionados
Creo que aquí está una de las grandes virtudes de Espazo Abella.
Puede convertirse en una herramienta magnífica para un profesional ya consagrado que quiera perfeccionar una técnica, conocer nuevos procedimientos, actualizar conocimientos o explorar las últimas tendencias gastronómicas.
Pero también puede ser el lugar perfecto para el aficionado que simplemente quiere disfrutar más de aquello que cocina.
Esa capacidad de reunir ambos mundos me parece especialmente valiosa.
El profesional encuentra formación, medios, tecnología, investigación y conocimiento.
El aficionado encuentra diversión, aprendizaje, experiencias y la posibilidad de descubrir que cocinar puede ser mucho más sencillo y divertido de lo que a veces imaginamos.
Y ambos encuentran algo fundamental: un espacio donde la gastronomía se comparte.
Una casa abierta a la experiencia
A todo ello hay que sumar las posibilidades que ofrece Espazo Abella como espacio para eventos privados.
Celebraciones, reuniones profesionales, encuentros de empresa, jornadas de trabajo que terminan alrededor de una mesa, actividades gastronómicas o experiencias diseñadas a medida.
El espacio permite combinar trabajo y ocio, formación y gastronomía, reunión y disfrute
Y hacerlo además en un entorno cuidado, confortable y con la intimidad necesaria para que cada encuentro tenga su propia personalidad.
Incluso dispone de un pequeño huerto propio, del que salen verduras, hortalizas y hierbas aromáticas destinadas a las elaboraciones, además de un gallinero que completa ese particular universo gastronómico.
No es un simple detalle decorativo.
Es otra manera de acercar al alumno o al visitante al origen del producto y de recordar que, antes de llegar al plato, la cocina empieza mucho más atrás.
La pasión como ingrediente principal
Después de mi visita, me quedo con una idea muy clara.
En Espazo Abella hay tecnología, sí. Hay unas magníficas instalaciones, equipamiento, conocimiento y experiencia.
Pero el verdadero ingrediente principal es otro: la pasión.
Pasión por cocinar.
Pasión por enseñar.
Pasión por aprender.
Pasión por compartir.
Y, por supuesto, pasión por comer aquello que se ha cocinado.
De ahí que aquella vieja expresión de “yo me lo guiso, yo me lo como” adquiera aquí un sentido mucho más divertido y gastronómico: aprender, cocinar y después sentarse a disfrutar del resultado.
Y si además todo eso se hace acompañado de personas que disfrutan de la cocina, la experiencia adquiere otra dimensión.
Me faltaba conocer a André. Ahora conozco también su sueño
El 25 de agosto no descubrí a André Arzúa como cocinero. A André ya lo conocía de antes, por su trayectoria y por su merecida reputación.
Lo que descubrí fue al André persona, al profesional apasionado y al hombre que ha convertido una idea largamente soñada en una realidad llamada Espazo Abella.
Y debo reconocer que salí de allí con una admiración todavía mayor.
Porque levantar un proyecto así, mantenerlo vivo, actualizarlo y seguir soñando nuevos proyectos después de tantos años requiere algo más que conocimientos gastronómicos.
Requiere ilusión.
Requiere trabajo.
Requiere generosidad.
Y requiere creer profundamente en aquello que uno hace.
André Arzúa cree en la cocina.
Y eso se percibe.
Se percibe en sus palabras, en sus manos, en su manera de enseñar, en su forma de comunicar y, sobre todo, en lo que llega a la mesa.
Por eso Espazo Abella merece ser conocido.
Por los profesionales que quieran seguir aprendiendo.
Por los aficionados que quieran descubrir nuevas posibilidades.
Por las empresas que busquen un espacio diferente para reunirse.
Por quienes quieran celebrar.
Y por cualquiera que piense, como pienso yo después de aquella visita, que la gastronomía es mucho más que cocinar: es aprender, compartir, conversar, disfrutar y crear recuerdos alrededor de una mesa.
En el área de Santiago de Compostela hay un lugar donde todo eso ocurre.
Se llama Espazo Abella.
Y al frente está André Arzúa, un cocinero que, además de cocinar extraordinariamente bien, ha entendido algo esencial: que cuando el conocimiento se comparte, la cocina crece.
Y cuando se comparte con pasión, crece todavía más.

