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UNA HISTORIA DE

Yantares, Conduchos Y Epidemias



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La visita en días pasados de Felipe VI al hospital de campaña instalado en el recinto Ferial Ifema de Madrid para departir con los afectados por el coronavirus, 

#YOMEQUEDOENCASA

Evoca y trae a la memoria una similar cortesía que su tatarabuelo tuvo para un colectivo de pacientes durante la epidemia de cólera de 1885.

Llegado el momento álgido del mórbido azote, Alfonso XII manifestó su voluntad de acudir a visitar a los afligidos, pero el gobierno entonces presidido por Antonio Cánovas del Castillo se lo prohibió taxativamente. “El Pacificador” hizo caso omiso y el día 2 de julio y en compañía de un solo ayudante se trasladó en tren a Aranjuez para encontrarse con los dolientes de la “enfermedad azul”. Inmediatamente ordenó que se abriera el Palacio del Real Sitio para alojar a la tropa afectada y después se trasladó al Convento de San Pascual donde casi todas las monjas habían sido contagiadas. Luego ordenó que se repartieran alimentos y él mismo tomó una colación, que se supone morigerada habida cuenta de que, al contrario que su egregia madre, la Isabelona glotona, era extremadamente frugal y tirando a inapetente. Así lo constata el Doctor Thebussen, pseudónimo con el que firmaba Mariano Pardo de Figueroa obras como La Mesa Moderna o Ristra de ajos. Erudito escritor cervantinista y muy ilustre gourmet, escribía: “…ni por su edad, ni por su condición de ánimo, ni por su distinguida educación es dado a los places gastronómicos”.  

Cuando la epidemia de cólera se abatió sobre España ya hacía ocho años que el monarca había abolido la tradición de siglos que obligaba a las localidades por donde pasaba el séquito real a proporcionar comida, alojamiento y dinero fresco si lo hubiere a la noble hueste. Así, Alfonso determinó que tales dispendios no se hicieran y en el peor de los casos que los gastos corrieran a cargo de nobles, magnates o grandes de España afincados en la zona. Como dejó escrito el autonominado cocinero real José Castro Serrano:“Su Majestad está convencido de que estos festines son “costilla del contribuyente”, de los que no quiere más”.

La misma fuente deja constancia de lo de poco comer que era el rey y nos cuenta que desayunaba chocolate con bizcochos, almorzaba un bistec en compaña de una copa de Valdepeñas y en la cena tomaba algo sencillo, aunque parece que su debilidad, al decir de Eva Celada, eran los sesos a la manteca. 

Murió el mismo año del cólera, con sólo veintiocho primaveras, pero por razones en todo ajenas a la epidemia. Así se lo resumía a un ayudante en el Palacio de El Pardo a donde le había trasladado su medico personal el doctor García Camisón: “He quemado la vela por los dos extremos. He descubierto demasiado tarde que no es posible trabajar durante todo el día y divertirse durante la noche”. Para añadir una coda que suena a descendiente reciente: “No lo volveré a hacer”.

Después y ya a punto de consumirse la candela dejó un testamento oral que ha pasado a la historia. Con un hilo de voz le dijo a su inminente viuda y ya gestante del futuro Alfonso XIII: “Cristinita, guarda el coño y de Cánovas a Sagasta y de Sagasta a Cánovas”



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