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El Vino Que Bebió el Arcipreste de Hita


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Antonio Gázquez



El vino a lo largo de la historia del hombre y, por tanto de la gastronomía, ha sido un elemento esencial y presente en multitud de actos. Ha sido protagonista y acompañante indiscutible, de tal manera que, el cómo, cuándo y de qué manera se ha degustado o consumido el vino ha resultado ser una parte importante de cada cultura determinada. En este sentido expondremos con brevedad las maneras que el hombre del XIV adoptó ante el vino. En otras palabras qué vino bebió el Arcipreste de Hita.

El vino se encuentra en el medioevo como un elemento esencial de las mesas de la corte, de la burguesía y de los refectorios monacales. En estos últimos se estimaba que era una bebida energética y refrescante. Por el contrario, el vino no era tan frecuente en las mesas de los campesinos y gente de poca fortuna. En la sociedad de pocos posibles se tomaba la mezcla de vino y agua o vino de muy escasa calidad, o simplemente agua. El vino se consideraba como una bebida energética, además de su simbología religiosa y social, puesto que sólo era consumido como tal por el poder socio-religioso.

En todas las épocas del año estaba en las mesas junto con el pan. En la Corona de Aragón se fabricaba en invierno un vino llamado "piment", compuesto por un vino de procedencia griega y condimentado con miel y especias. También era frecuente el consumir hidromiel, fabricado mediante fermentación de agua y miel, y se consumía previamente condimentado con especias.

El cultivo de viñas constituía un elemento económico esencial para la nobleza y monacatos. Y se emiten leyes que protegen su cultivo. Pedro I en 1351 legisla para la protección de las viñas y vinos guipuzcoanos de Segura. Es en esta época cuando comienzan a tener fama determinadas regiones españoles en la producción de vinos: a la villa de Bilbao en 1393 le fueron concedidos privilegios por Enrique III por la calidad de sus vinos, o en el caso de la ciudad de Málaga, puesto que ya tenía fama su vino moscatel.

Por otro lado, existía toda una cultura del vino respecto a recetas y procedimientos para condimentar el vino, para curarlo en caso de que se alterase y otras manipulaciones para que éste fuese agradable al paladar, como es el caso del proceder que nos da el Libro de Palladio para a "adobar el vino".

El vino está integrado en la sociedad del XIV, y el Arcipreste nos describe a través de sus estrofas una panorámica de lo que representaba entre sus conciudadanos: para sus conciudadanos era un alimento del alma. En el verso Darte he del pan e del vino, quiere significar que el pan es el alimento del cuerpo y el vino del alma, ya que éste en la simbología adopta el significado de la sangre de Cristo.

En pleno medioevo existían varios tipos de vinos: tintos blancos, aromáticos como el de la Malvasía o el moscatel, o el tino, del que El Arcipreste nos habla diciendo que era el más consumido en los territorios de Castilla y de la Corona de Aragón. Igualmente nos indica, al igual que ocurre ahora en el siglo XXI, que una buena comida necesita de un buen vino, ya que además, ayuda a tener placer con la comida. En la estrofa 1123 nos lo dice:

"Si non fuese la çeçina con el grueso toçino,
que estava amarillo, de dias mortezino,
que non podia de gordo lidiar sin el buen vino,
estava muy señero, çercado e mesquino"


Pero ya en esta época el exceso se interpretaba según parámetros de tipo religioso, y lo relacionaban con la gula y el quebranto de la voluntad. Tenemos un ejemplo en las estrofas 543 a 549: "De cómo el Amor castiga al Arcipreste que aya en sí buenas costumbres, e sobretodo que se guarde de bever mucho vino blanco e tinto". En esta época del medioevo se relacionaba al exceso del vino con los males del hombre. En el Libro de Buen Amor se nos describen varios ejemplos: del ermitaño y el vino, el Arcipreste nos hace un relato ilustrativo de las maldades de tomar el vino en exceso: el diablo quiso tentar a un ermitaño santo, pero no lograba su objetivo; en esto que se enteró que el monje nunca en su vida tomó vino alguno, y entonces le propuso beberlo ya que si era tan santo lo mejor que podía hacer para su santidad era tomar vino ya que era la "sangre de Cristo". De tal modo que "bevió el hermitaño mucho vino sin tiento;/ como era fuerte, puro, sacól del entendimiento", y fue cuando el ermitaño conoció los pecados capitales: la codicia, la lujuria y la soberbia y, en resumen, quebró su voluntad.

El Arcipreste de Hita, además, nos hace toda una relación de los síntomas de la embriaguez: con el exceso de vino "perdió cuerpo y alma el malaventurado?. Pero también se pierde la vista y acorta la vida, así como se pierde el entendimiento. El hombre se degrada de tal manera que, según el Arcipreste, el hombre no vale "dos meajas" (monedas de poco valor) y queda reducido a un puerco, representativo de la carne y de todos los vicios.

Pero el Arcipreste también es consciente de que si el vino se bebe con mesura es bueno y hasta recomendable, hasta tenía propiedades dietéticas al acudir al saber hipocrático:

"Con la mucha vïanda e vino creçe la flema:
duermes con tu amiga, afógate postema,
liévate el dïablo, en el infierno te quema;
tú dizes al garçón que coma bien e non tema"


En este periodo son muchos los físicos los que abogan por el vino y dan recomendaciones para beberlo: el médico dietista Arnaldo de Vilanova en sus obras "De vinis" y "Regimen sanitatis" describe de cómo y cuándo se debe tomar el vino. Recomienda que en los calores del verano se beba el vino aguado con agua fría, y en el invierno y en Cuaresma se debe beber al final de las comidas, el denominado "vino clarea", que es un vino con canela y otras especias. Aunque con frecuencia se añadía al vino agua condimentada con especias aromáticas como la canela, nuez moscada y clavos. Esta bebida se tomaba como refresco o como medicina.

El mismo Vilanova aprendió de la cultura hispano-musulmana el arte de la destilación y no escatimó en elogios sobre un licor (el aguardiente) al que le creyó numerosas propiedades saludables, al que le llamó "agua de vida", empleándolo más como medicamento que como bebida lúdica. Vilanova utilizó el aguardiente para curar múltiples afecciones: "Prolonga la juventud, disipa los humores supérfluos, reanima el corazón y solo, o con otro remedio conveniente, cura la hidropesía, el cólico, la parálisis, la fiebre cuartana, el mal de piedra". Este aguardiente sólo podía ser adquirido en boticas y herbarios de monacatos y alquimistas.

Y es a partir de este periodo cuando se originan los modos y maneras del vino en la mesa, así como los mitos que se han ido arrastrando hasta la actualidad.



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