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El Puchero de los Malditos Iv


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Miguel A. Román



Conforme a los deseos del aldeano, abandoné el grupo de pallozas cuando el cielo comenzaba siquiera a desleir su negrura y las brumas arropaban una tierra aletargada.

La pendiente no era más suave que la anterior jornada, pero la mañana portaba un aire terso y estimulante, con un sirimiri punzante que vestía de lentejuelas las telarañas tendidas entre los cantuesos. Entre éstas condiciones y la excitación que impulsaba mis piernas avancé bien dispuesto durante un trecho.

Mas la impaciencia no otorga vigor sino que impele a derrocharlo, y a media mañana mi cuerpo, todo él salvo la mente, me pedía un alto. La llovizna se hizo tan densa que velaba la atmósfera y dejaba empapado mi pelo. Me senté arrimado al tronco de una encina y extraje de mi mochila un hornazo henchido de tocino que esa misma mañana habían cocido en la palloza y que adquirí gustoso junto a otras provisiones para mi camino. Comí con avidez y en cuanto presentí escampada reanudé mi camino.



La meteorología y mi desconocimiento del terreno me hicieron temer que no lograría localizar mi destino, por lo que, según avanzaba, me fui haciendo cauto y en cada recodo me detenía intentando penetrar con la vista el brumazón que lo llenaba todo. Cansado, empapado y con la vista gastándome bromas, me sentía desanimado, renegando de mi suerte y burlándome de mi ridículo empeño. Entonces la neblina quedó rala por un instante y lo ví. Rematando una pétrea loma que se alzaba entre dos valles profundos, justo en el promontorio donde confluían en uve los riachuelos que los surcaban; del edificio únicamente permanecían en pie algunos muretes de piedra a escasa altura, recubiertos de ladrillo canteado donde se abrieran los ventanales.

El conjunto tenía el trazado riguroso de los monasterios románicos que los benedictinos levantaron a lo largo de todo el Camino de Santiago. Siglos de lluvia y vegetación parásita habían hecho desaparecer cualquier señal del incendio que narró el cura, pero la superstición había logrado que los lugareños respetaran los escombros y aún podían encontrarse entre las ruinas bastantes tejas y piedras e incluso restos labrados de las columnatas que orlaran los patios. Anduve saltando inquieto de bloque en bloque, intentando dilucidar dónde había de encontrarse el refectorio en el que aconteció la tragedia, pero sólo pude identificar la planta en cruceta de la capilla por donde emprendió su postrera huida el villano, y en ésta el punto donde se elevara el altar.



Aquí me aupé buscando atalaya desde donde observar en derredor y quedé azorado al contemplar el patio que había tras ella. Cruces célticas forjadas en metal lo llenaban completamente como un lúgubre y herrumbroso jardín. Su número era de centenares y cubrían sin duda una enorme fosa común con los restos indiferenciados de los desdichados que allí perecieron la fatídica noche.

De alguna manera concebí que pudiera estar cometiendo un disparate y la angustia contrajo mi estómago en un puño. Hube de obligarme a alejar mis temores y convencerme de que nada me amezaba si todo era, como cabía suponer, una patraña de campesinos, y que si no era así...

Me senté al socaire de una hornacina que se abría al lateral de la antigua capilla y tomé de entre mis víveres una porción de cecina de macho castrón y con ayuda de la navaja de monte fui extrayendo lascas masticables que acompañaba de una hogaza de pan y aliviadas con vino del Bierzo. El frío, del que mal me protegían mis ropas húmedas, y la salazón de la carne momificada probablemente me hicieron trasegar de la bota con mal cálculo. Como resultado la modorra fue conquistando mi cabeza y quedé al final profundamente dormido.

Cuando salí de mi sopor, la obscuridad de la noche había ganado ya mucho terreno. La niebla había desaparecido pero en el cielo cuajaban las nubes cenicientas que presagiaban la tormenta. Aturdido aún por el sueño me incorporé y consulté mi reloj. Iban a dar las siete de la tarde.

Al punto exacto dos campanas sonaron sobre mi cabeza. La una con toques netos y pausados; la otra, de menor tamaño según su sonido, repiqueteando en lo que debía ser la llamada a completas. Confundido miré hacía arriba y, para mi asombro, ya no ví cielo, sino un techo de vigas de madera embreada. Asimismo las paredes de la capilla se habían alzado y cerraban el recinto como debió ser en su momento. Aterrado me precipité a la puerta y sin aliento llegué a ella para quedarme petrificado ante un espectáculo atroz: de entre las cruces del patio ascendían columnas de vapor que al fin se condensaban en formas humanas envueltas en un hábito capuchino que se dirigían, como en volandas, al interior del convento que, al igual que la capilla, volvía a levantarse dónde y cómo una vez lo estuvo.

Hube de apretar los dientes hasta el límite, cerré los ojos y noté en mi sién el latido encabritado de mi corazón; sin embargo, un pensamiento descabellado me dominó: había ido allí para "aquello", y contra toda razón aspiré una bocanada de aire gélido y seguí a aquellas figuras al interior del monasterio.

Una vez dentro, la hilera de difuntos recorría un corto pasillo para acceder a una antesala tabicada con un magnífico retablo de madera tallado en altorrelieve, en cuyo centro se abría un ancho postigo por el que iban entrando los espectros. Al traspasar su umbral mis miedos se diluyeron y una corriente de satisfacción templó mis nervios.

El refectorio, pues tal era la estancia, estaba dispuesto con largas mesas de madera flanqueadas de bancos corridos. En cada mesa se hallaban varias marmitas de cobre bruñido y sinfín de fuentes de barro. Las emanaciones de éstos recipientes llenaban la atmósfera cálida y eran bálsamo en mi cerebro de tan deliciosas que llegaban hasta mis fosas nasales.

Permanecí así fascinado durante unos instantes hasta que el portón bramó a mis espaldas al cerrarse. Habían entrado ya, supuse, todas las almas incluyendo la mía. El ámplio comedor estaba abarrotado y delante de cada comensal se hallaba dispuesto un sencillo plato de metal esmaltado, un cucharón de madera y una jarra de barro vidriado. Cuando todos habían ocupado su sitio se hizo un silencio absoluto y durante unos instantes los encapuchados permanecieron en pie con la cabeza gacha. Un instante después, en el comedor comenzó a sonar la batahola de cubiertos, platos y jarras entrechocando.



Los comensales atacaban los pucheros y las fuentes y se servían platos llenos que devoraban en silencio. Me acerqué a una mesa y comprobé que los contenidos de las fuentes eran dispares: mientras que una era obviamente el tercer vuelco de un ortodoxo cocido madrileño, en otra se disponían ñame, batatas amarillas, "piñas de millo", "bubango", peras cocidas y otras verduras que me confirmaban fuese un puchero canario. De una olla se servía uno de los espíritus de una "ropavieja" preñada de garbanzos y carne deshilachada, de otra se podía sacar un caldo de lacón y grelos, en una tercera brillaba un caldo blanco hecho consomé por la taumaturgia del oloroso de Montilla.

Visiblemente excitado empecé a caminar entre las mesas con grandes zancadas contemplando el espectáculo multiforme de las decenas de variedades que presentaba aquel plato. De un puchero se servían los encapuchados platos de garbanzos con la col, el pimentón y los embutidos rondeños que hacían "berza" malagueña. En otra mesa encontré una cazuela de barro en el que, alternativamente, se obtenía un cucharón de inconfundible olla aranesa mientras que el siguiente era una escudella de "galets".

En los anchos lebrillos había pella de gofio y botillo, rossejat y ropavieja, "pringá" y "pilota". Otro era un cuenco de maíz blanco hervido en el que pude reconocer la cecina de cordero que llaman chalona y la papa seca o chuño, y deduje que aquel plato era el chairo boliviano. En una nueva cucharada el aroma picante del cilantro fresco y el suave maíz tierno identificaban inequívocamente alguna variante del cocido de res mejicano.

De alguna forma milagrosa los ingredientes se habían mezclado con sabiduría propia y en cada tramo daban sabores coherentes a la vez que distintivos. Morcillas y blanquets, lacón y cecina, pellejo añejo y unto rancio, mazorcas y elotes, garbanzos y porotos, peras y calabaza, grelos y tagarninas, cebolla y puerro, oreja, careta y pie de cerdo, falda y morcillo de res, huesos de caña y costillas saladas, tocino y panceta, acelgas y espinacas, chorizo y butifarra, muslos y pechugas de tórtola como de gallina, carnes de cordero y cabra, patata, nabo, cebolla, batata, col, berza, judías verdes, zapallo, calabaza y calabacín, apio y puerro, zanahorias y chirivías, ....

Aquellos seres condenados comían de un puchero universal, completo, perfecto, que mutaba contínuamente de uno a otro bocado. Tan pronto era caldo como carne, verdura como embutidos, todo aunado bajo el sentido dual de la hermandad en la diversidad.

Donde quiera que probaba surgían mundos distintos y a la vez similares: acá, extremeño; allá lebaniego; este, valenciano; aquel, sevillano,... incluso de una olla probé cuscús, en otra "bollito misto" con el inconfundible cotechino y en una tercera hallé un bouillón francés, en otra mesa había una cacerola exenta de cerdo, que pensé que contenía adafina, y un enorme perol que rebosaba de tanta variedad de elementos que supuse que era la mítica "olla podrida". Y tan cuidadosamente cocinado todo que cualquier cucharada que a mi boca llegaba me enardecía de sabores gozosos, profundos y sabios.

En mi alborozo llegué a olvidar que quienes me rodeaban con agitación eran ánimas reas de pecado y tampoco ellas me prestaban atención centradas en rebañar con estrépito y servirse de nuevo, ahora de murciano cocido de pelota, luego de madrileño potaje de cuaresma. Pero en una de mis maniobras buscando nuevas sensaciones en aquellos potes inacabables, enganché mi cucharón en la capucha de uno de mis "anfitriones" y descubrí su horrible aspecto: su cabeza era un cráneo descarnado. Los hábitos sólo cubrían huesos y por las mangas asomaban falanges desnudas sujetando los cubiertos. Miré aterrado al inexistente rostro del maldito.

¡Oh, Dios mío! La monda calavera llenaba su boca con el cucharón cargado, y masticaba la jugosa garbanzada... pero al carecer de garganta y mejillas, las viandas caían trituradas desde la seca mandíbula. Al fin, la repugnancia alcanzó a golpear donde ni el miedo ni el sentido común habían llegado y, dando un grito, me doblé sobre mí mismo escondiendo la cabeza entre mis rodillas y, cubriéndome con los brazos, caí de hinojos temblando y sollozando.

... (continuará)



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