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Paseo por el Barrio


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Agustí Solà
Cocinero autodidacta



La memoria es una cosa curiosa, lo pude comprobar el otro día, cuando fui al barrio donde vivían mis abuelos, hacía muchos años que no iba por allí, aunque en realidad no queda muy lejos de mi casa, apenas unos 15-20 minutos a pie, pero ya se sabe, los años pasan y como está cerca...

El barrio en estos años ha cambiado bastante, más casas, más gente, calles más anchas, tiendas nuevas, etc. pero en lo esencial, continúa siendo el mismo barrio de siempre, el que vive alrededor del mercado y de las plazas que lo rodean.

Al mercado le han hecho una operación de estética, de las que ahora están tan de moda, puestos más grandes y modernos, más luz (de la natural y de la artificial), productos que hace unos años eran imposibles e impensables encontrar, pero por suerte no han remodelado a la gente, sobre todo a la que va a comprar lo que necesita para el día, a las señoras que han hecho de la compra un arte, que se toman su tiempo, hablan con los dependientes y que te explican con cuatro frases toda la historia del barrio, una delicia.

Evidentemente no reconozco ninguna de las paradas de cuando acompañaba a mi abuela a hacer la compra.

Al salir empiezo a buscar puntos de referencia algo que me haga saber por dónde ir, qué calle tomar para llegar a una plaza que recuerdo tenía un pequeño estanque con peces de colores, es en ese preciso instante, que me doy cuenta que en realidad estoy buscando y recordando olores y sabores, es increíble pero casi todos los recuerdos que tengo del barrio son de comida, a mi abuela normalmente la iba a visitar los sábados y me quedaba a comer y ahora que lo pienso, siempre comía lo mismo: albóndigas guisadas, si cierro los ojos, aún puedo sentir el olor que hacía la casa a anís (mi abuela siempre le ponía un chorrito al guiso, decía que le daba vida).

Cuando eres niño comer fuera de casa siempre es una aventura, es descubrir sabores y sitios nuevos, un domingo al mes íbamos toda la familia a comer con ella a un restaurante pero, eso sí, primero a hacer el ?vermut? y otra vez casi sin darme cuenta busco con la mirada los bares y restaurantes. Finalmente encuentro la plaza con el estanque y reconozco que los peces era lo que menos me interesaba, en realidad quería saber si el bar donde hacían los mejores calamares a la romana y croquetas de todo el barrio seguía abierto, milagrosamente aún resiste al paso del tiempo, estaba todo muy bueno, pero? ya no es lo mismo.

Decididamente la memoria es una cosa curiosa, llevo toda la mañana pensando en una cosa que me dijo una amiga el otro día: ?si alguna vez te ataca un oso, súbete a un árbol como mínimo un par de metros?; de acuerdo, seamos sinceros, en realidad estoy pensando en ella, pero amigos esto es otra historia.



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