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¿Navegando?


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Eduardo Suárez Del Real
Me encanta la gastronomia y escribir cuentos



Cada día que pasa me interesa más no perder la capacidad de soñar. Sé que los sueños son el mayor patrimonio de los hombres, pobres o ricos, porque son el único pasaporte con el que cruzamos la frontera de las 0 horas.
Para despertar del sueño necesito mis sueños, las íntimas ambiciones, las irrealizables fantasías, la secreta relación con la trascendencia, el infinito beso al etéreo.
No estoy seguro de que el amor mueva montañas, pero sé que sí lo hacen los sueños. En ellos nos construímos, nos desplazamos, nos destruimos y nos reconstruimos.
Basta echar un vistazo a las Maravillas de la Humanidad Clásica (sólo siete contó Herodoto) para comprobar que, antes que estar hechas de mármol o granito, las grandes obras del hombre están hechas de sueños. Pero también las pequeñas: incluso un apretón de manos, este artículo, el terrón de azúcar o el teléfono, un día fueron sueño.
Dios soñó y creó la naturaleza, las casacadas y los volcanes, la estepa y el desierto. Y en una de sus más complejas pesadilla creó al hombre, a uno como el amigo que vino a visitarme, con la mirada rota y el orgullo perdido, para decirme, hondamente satisfecho, que había estado navegando toda la noche.
¿Habrá sentido el calor de la sal germinándole en los poros, el abarzo del viento y la lengua del sol dorándole el espíritu? ¿Su mirada habrá crecido oteando el horizonte? ¿Habrá escuchado el consejo del albatros o entendido que el oceano siempre está empezando? ¿Habrá sentido por qué Valery dijo que el mar "es recompensa para el pensamiento, una larga mirada a la paz de los dioses"?...o al menos ¿tendrá una lubina fresca en la nevera?
No, navegando es un miserable eufemismo expedido por un jíbaro que quiere achatarnos la cabeza y talarnos los sueños con esas enormes motosierras que en cuatro días arrasan un bosque centenario.
Pero, como miserables enanos, con el dedo índice sobre el ratón, mis amigos se sienten dioses. Ya no se desplazan hacia las orillas de las islas o los continente para emprender ningun viaje, ahora las olas les revientan en el teclado, las playas les caben en una alfombrilla, han olvidado lo que es un roedor.
Mutantes, cuando nuestra Itaca entre en 15 pulgadas y nos enfrentemos a los legistrones, los cíclopes y al fiero Poseidón en el oceano comprimido en un cable telefónico... habremos perdido nuestros sueños y, con ellos, la posibilidad de despertar algún día.



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