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El Puchero de los Malditos Ii


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Miguel A. Román



Como no aparecía alma alguna me acerqué al grupo de chozas saludando a gritos "¡a la paz de Dios!" hasta que nueve o diez personas salieron de sus moradas.

A ellos expliqué la intención de mi viaje, mi situación y la necesidad de ser acogido por esa noche; y de uno, que parecía de alguna autoridad en la comunidad, logré obtener el compromiso de un plato caliente, una jícara de vino y un catre de heno bajo su techo. Acepté agradecido y el buen hombre me condujo a la cabaña circular que era su morada.

Al punto en que entrábamos en ella, la noche concluyó por derrotar al sol y sepultarlo tras los Ancares. En el interior de la palloza la oscuridad fue parcamente conjurada con la ayuda de velas de cera cruda y pez que pintaban en los rostros sombras cómicas por tan trágicas. En el interior de la vivienda-establo flotaba una atmósfera mohosa que ya al entrar insultó mi olfato, y a la que ahora se sumaba el hollín grasiento que desprendían estas bujías. Afortunadamente la tortura a mi bien educada pituitaria decayó según se calentaba la cera y -¡oh, fortuna!- se hicieron presentes los vapores inconfundibles de un potaje milenario.



En efecto, no me engañaba mi nariz -faltaría más-. En el otro extremo del ancho salón adonde me habían acomodado estaba un hogar y en él un puchero de cobre que colgaba de un tosco trébede sobre piedras de coque incandescentes de las que surgían las llamas vivaces que iluminaban el metal a lametones. Junto a este artefacto la dueña de la casa y su hija mayor manipulaban las viandas mientras yo las vigilaba atisbando y removiéndome inquieto, pero manteniendo prudente en no acercarme a interpelar a las mujeres de la familia de mi anfitrión, al que sería incómodo explicar que mi interés era únicamente profesional.

En éstas estaba cuando sonaron en el exterior cascos de pesada caballería y voces de llamada al dueño de la casa que rezongando en broma abandonó la estancia para retornar acompañado de un cura. Ofrecía el sacerdote una imagen curiosa pues tocado con riguroso sombrero de ala ancha y sotana abotonada al cuello, llevaba empero los faldones de ésta remetidos en un pantalón de basta pana, atuendo que con toda seguridad adoptaba para poder cabalgar a horcajadas, y calzaba las mismas alpargatas que la mayor parte de su feligresía. Era el hombre corpulento y tripudo, calvo sin disimulo posible y de facciones fláccidas: la papada, el labio inferior, las mejillas, las bolsas bajo los párpados y aun los lóbulos de sus orejas, toda su cara blanda parecía colgar y escurrirse cráneo abajo. Pero el rostro en conjunto parecía amable, cordial e incluso risueño y revelaba el conjunto de su fisonomía lucidez y bondad infrecuentes.

Me puse en pie y cuando llegaron a mi altura nos estrechamos la mano con cordialidad. El hombre se me presentó como el cura párroco del pago adonde yo había llegado, y titular por tanto de la ermita cuya campana me guió. Yo a mi vez di detalles de mi situación e intenciones ?si bien omití la parte profesional que consideré que no venía al caso-.

Nuestro anfitrión se nos unió al punto portando una jarra de barro y tres jícaras del mismo material y sin ceremonia ninguna llenó los vasos de un vino denso. Le hice los honores al caldo y resultó de una excelente presencia. Captó el hombre mi sorpresa ante la calidad del líquido y se apresuró a explicarme que provenía de viñedos de la comarca de Rueda, de donde la señora de la casa era natural, por lo que había un concuño que le proveía de una barrica anual.

Giró la conversación en torno al vino hasta que transcurridos unos minutos llegó la mocita portando un lebrillo de carnes humeantes y la dejó en el centro mientras su madre habilitaba platos, cubiertos romos y una hogaza de pan.

-Aquí en el cocido maragato (pues de tal se trataba) se toman los platos en el orden en que salen para que lleguen bien calientes a la mesa, ya que esta tierra es fría. Primero se toman las carnes, luego las verduras y garbanzos, y por último el caldo.



Comimos en efecto de las carnes y hube de alabar la cecina y el chorizo entre ellas. No había concluido aún mi plato (que quizás cebé demasiado por la falta de costumbre) cuando llegó a la mesa una olla de barro de boca ancha y en su interior brillaban henchidos los garbanzos destacando su color lozano sobre la alba compaña de berza y patata. Un botellón verde de espeso zumo de oliva nos fue dado para ungir al segundo apartado del cocido, y durante varios minutos prestamos atención solamente al plato y al vaso, en un silencio que podría confundirse con adoración.

Mas hube de romperlo con nuevas alabanzas cuando llegó el pote conteniendo una sopa ardiente con menudas pelotas de jamón, huevo y miga. Mis lisonjas fueron secundadas por asentimientos de cabeza del párroco y la cocinera, gozosa, rió a través de una desmantelada dentadura mientras se limpiaba nerviosa las manos en el delantal negro.

-Gracias, caballero. No son pocos, y entre ellos el señor cura presente, los que me han dicho que el cocido de mi casa en nada ha de envidiar al mismísimo puchero del monasterio...
Durante un inasible instante el aludido cesó su rumiar silente y el labriego miró ceñudo a su esposa. No hice alarde de que pude percibir la incomodidad que las palabras de la mujer habían sembrado, y me entregué armado de cuchara a la conquista del postrer resopón.

Al término tuvo a bien la dueña obsequiarnos con unos frisuelos enmelados y, para agilizar tanto trasiego, sacó su cónyuge una botella de orujo. La comida, el calor del hogar y el raspado de garganta de aquel aguardiente fueron abriendo una conversación sobre modos y costumbres de la zona con atención especial a lo culinario, y en la que el lenguaraz cura se apresuraba a llevar el peso. Al poco se nos unieron las dos mujeres de la casa y un rapaz de unos catorce años que habían cenado de lo mismo que nosotros sentados en un banco junto al fogón sosteniendo los platos sobre sus rodillas, a fin de cedernos a los invitados la única mesa de la humilde cabaña. Y antes de concluir el primer servicio de orujo dos ruidosos vecinos saludaron confianzudos a la concurrencia y tomaron asiento cerca del fuego bien dispuestos a aportar de su ingenio a la tertulia.

Creí entonces llegada mi oportunidad y dejé caer la pregunta que desde hacía rato me reconcomía...

-¿A qué se refería el famoso puchero que nombró antes Doña Pacita? (que tal era la gracia de la señora).
De nuevo el silencio y la turbación, pero esta vez el de la sotana sonrió socarrón, abriendo los brazos en actitud de rendición.

-Bueno, no hay mal en que lo sepa. Son miedos y supersticiones de gentes sencillas y que bien sé que los hay en todas las zonas y comarcas... pero en este caso hay una singularidad: que los hechos que dieron pie fueron ciertos, y lo afirmo de tan buena tinta como que los archivos de la parroquia contienen aún los documentos de la investigación que siguió al caso.

-Y ¿qué hechos fueron esos, si puede contármelos?

-Pues claro que puedo. Verá usted...

... (continuará)



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Lourdes Verger

*Manteles y Sábanas* y *Ella come sola*

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