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El Pan nuestro Surrealista



En su obra, el pintor de Figueres utiliza los alimentos y la gastronomía como un eje vertebrador de su arte y pensamiento, ya que no en vano y según confiesa en su autobiografía Vida secreta de Salvador Dalí, siendo niño, parece que cuando aún no tenía claro su sexo, soñaba con ser cocinera. Mucho después, en 1973, ya con 69 años, publicó Les dîners de Gala/ Las cenas de Gala, en la que invita al lector a sentarse a la mesa de un onírico y surrealista banquete.

Con todo, en ese mundo daliniano-manducario el gran protagonista es el pan, tanto en su dualidad de alimento a la vez físico y espiritual, como en su consideración de canon artístico. De lo primero queda constancia en su representación de la Última Cena, con el bollo en primer plano partido a mano en dos porciones, que remiten a su pureza en el contexto de un paisaje religioso y turbador, mientras que de lo segundo da fe él mismo en sus representaciones de cestas de pan, realizadas en 1926 y en 1945, donde, dice el artista, se resume toda la historia de la pintura: “… desde el encanto lineal del primitivismo al hiperestetismo estereoscópico”.

El pan también está presente en sus delirios místico-paranoicos. Según nos cuenta: “Una noche, durante un concierto, en la residencia de la princesa de Polignac, me rodeé de un grupo de damas elegantes, las más vulnerables a mi clase de lucubraciones. Mi obsesión con el pan habíame conducido a un ensueño que cristalizó en el proyecto de fundar una sociedad secreta del pan, que tendría por objeto la sistemática cretinización de las masas. Aquella noche, entre copas de champaña, expuse el plan general. (...) Me imploraron que les revelase el secreto del pan. Entonces les confié que el acto principal del pan, lo primero que debía hacerse, era cocer un pan de quince metros de longitud”.  

Su quimérico entusiasmo por el panis latino le llevó a tocarse con frecuencia con un tipo de pan muy específico, el gironnese pa de tres crostons o pan de tres crostones, que además de usar como sombrero, inmortalizó en la Torre Galatea de su Teatro-Museo, cubriéndola con unas mil doscientas figuritas de ese tipo de pan, que a partir de aquel momento empezó a conocerse como Pan Dalí.

La panera adoración daliniana fue, más allá de recurso estético, memoria del paladar gourmet y gourmand, hasta el punto de que decidió morir con pan en la boca. 

La lenta agonía de Dalí comenzó con la muerte de su esposa y gran musa Gala, nacida Elena Ivánovna Diákonova, en junio de 1982. A partir de aquel momento, el genio vivió como un alma en pena, hasta que su estado físico se agravó dramáticamente en el verano de 1988. Su vida empezó a discurrir entonces por un continuo ir y venir de los hospitales a su residencia, primero en el castillo de Púbol, y después, junto a su museo de Figueres, rebautizado por el artista como Torre Galatea. Sintiendo que se aproximaba su fin, el 22 de enero de 1989, exigió a los médicos que le quitaran los tubos de la nariz por los que le alimentaban y pidió a Artur Caminada, su mayordomo y persona de máxima confianza a lo largo de casi cuatro décadas, que le prepara unas sopas de ajo como las que comía en su infancia con los pescadores de Cadaqués. Se las comió con gusto inusitado y un día después, a las diez y cuarto de la mañana, le dio el definitivo adiós a la vida en presencia del propio Caminada, su abogado, Miguel Doménech, y el alcalde de Figueres, Mariá Lorca, que certificaron había hecho el tránsito tranquila y dignamente.

Así que, aquí pan y después gloria.

 


Miguel Ángel Almodóvar
Investigador y divulgador en ciencia nutricional y gastronomía




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