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Navidad....Todavía?


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¡Este año es Navidad desde hace tanto! O, mejor dicho, esta Nochevieja (qué susto utilizar este año el habitual ?00) es Nochevieja-2.000 desde hace tantos años, que ya hace mucho que me siento uva en trance de ser engullida previa petición de deseo, campana que acampa sus doce campanadas y, casi casi, chocolate de resopón. Como si tuviera resaca sin haber participado en los brindis. Pre-resaca de ensayo, vamos.



No tengo tendencias a pensar que durante todo el año vamos a estar carisonrientes con todos, ni que cada día vamos a tener el abrazo presto. Pero sí a opinar que, de vez en vez, necesitamos (con y sin señal en el calendario oficial) recordar con cierto jolgorio todo aquello que nos importa. Las fiestas (sean las que sean) no deben hacerse de cualquier modo, y si a alguien le da tristezas y ese año prefiere celebrarlo el tres de junio, pues perfecto. Algunas veces sí, pero no siempre podemos ni queremos estar celebrando la propia fiesta de cumpleaños (un suponer) sin contar con nadie más, celebrarlo en el instante que nos apetezca sin avisar a nadie, ni preparar nada, ni siquiera a nosotros mismos.



Y celebrar La Palabra de La Vida tiene su intríngulis. Hagámoslo como solemos hacer con todas las cosas importantes: con otras personas, con comidas que no acostumbramos a poner en la mesa, con música, con palabras y vinos, sin cara de conmigonovalacosa.
Si yo fuera la Navidad, estaría más bien mosqueada. Si yo fuera Ella, elevaría un pliego de cargos (de conciencia) y descargos (de quejas) contra alguna ventanilla escuchadora habilitada para tal asunto. Porque hay que reconocer que, desde hace dos años, no se le está haciendo ningún caso. Como si la anterior Navidad (y ésta) fueran puro trámite, puro tránsito hacia el nuevo año. Pura prisa de llegar los primeros... pero...llegar a dónde?
Porque no es por nada, pero no hace más que amenazarnos, este Añonuevo. Efectos que llevan su nombre como si de las más refinadas creaciones del mejor de los diseñadores se trataran. Dudas de si estrenamos o no estrenamos milenio. Nuevas monedas. Viejas guerras.



Quizá nos estamos olvidando de Ella porque preferimos centrarnos en ese espectacular cambio de cuenta (qué susto utilizar el ?00) como si fuera una cuenta bancaria a estrenar. Traducimos mejor (parece) en este casi nuevo siglo todo lo que pueda concretarse en números, y así, nos aplicamos el borrónycuentanueva que acostumbra augurar un cambio de año que incorpora cambio de cifra.
Quizá nos la estamos saltando porque La Navidad es, precisamente (se crea o no en el Antiguo Testamento), la celebración de un lenguaje no numérico, la necesidad de festejar La Palabra, la que nombra lo que somos, de darle nacimiento a la mirada que da forma a todos los mundos que vivimos (los internos, los externos). Venga de Dios, de La Conciencia, o de La Vida (cada uno con sus creencias).
Con franqueza, si yo fuera La Vida, estaría hecha polvo por todos los que, con amenazas de violencia y muerte, quieren instalarnos en un País de Silencio (que yo recuerde, La Palabra sólo habita entre La Paz); furiosa contra todos los que amenazan con quitarnos La Palabra, que es alimento mejor elaborado que podamos jamás encontrar; triste por todos los que ponen dolor en cada comunicado terrorista.
En breve, va a ser fiesta. ¿Le devolvemos la sonrisa?
¡Sí!
Con mimos, carantoñas, abrazos y sonrisas. Sin helicópteros, sin viajes al fin del mundo, sin dormir donde el primer rayo de sol vaya a brillar...sólo con una
¡Feliz Paz!
P.D: Aunque lo parezca, este escrito no está tan lejos de la cocina. En mi cocina también se preparan pensamientos.


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