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Mi Diario. la Achicoria Siempre Conmigo



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Ese olor. Ese olor a achicoria tostada, recién hecha en mi cafetera, es el que me ayuda a levantarme cada mañana de buen humor y emprender la jornada

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Ese olor. Ese olor a achicoria tostada, recién hecha en mi cafetera, es el que me ayuda a levantarme cada mañana de buen humor y emprender la jornada. El mismo que me transporta a la infancia, la adolescencia, la juventud… Tantos y tantos recuerdos que me acompañan a través de la achicoria, que siempre ha estado conmigo. Un olor y sabor imprescindibles en mi vida. Una tradición de padres a hijos, de abuelos a nietos, entre amigas, que espero estar sabiendo continuar y trasladar a mis hijos, porque significa tanto…

 

No es solo el hecho de que la achicoria sea un producto delicioso, cargado de aroma y sabor y con múltiples cualidades beneficiosas. El otro día incluso leí en laachicoria.es, mi web de cabecera para todo lo relacionado con el producto y una vida saludable, que hoy en día está catalogada como uno de los muy pocos superalimentos. ¡Si ya lo decía mi abuela Concha en esos veranos eternos en Bérriz! “No hay nada mejor para la salud, que mi tacita de achicoria al levantarme”. Fue ahí, en el pueblo de mi infancia, donde nació esta maravillosa relación de amor que me sigue acompañando.

 

Recuerdo como mis abuelos preparaban su achicoria en pota cada mañana. Como ese olor impregnaba todo el caserío, y era el detonante para que mis hermanos y yo (aunque mi curiosidad siempre me hizo ir por delante) nos levantáramos y corriéramos hasta la cocina.  Era el esperado preámbulo de maravillosas e inagotables aventuras que con seguridad nos guardaba cada día de las vacaciones. ¡No fuéramos a quedarnos sin nuestra taza! La sonrisa nos llenaba la cara, y sabíamos que este ritual era parte de veranos mágicos, y que el olor a achicoria tostada nos acompañaría toda la temporada, e incluso en el invierno sería una bonito recuerdo que permanecería en nosotros. Ese olor…

 

El resto del año…aunque no era lo mismo, me lo llevaba conmigo y me transportaba de inmediato a la naturaleza, la libertad absoluta y la felicidad. Nuestros padres en Bilbao seguían desayunando achicoria a diario, y también nosotros, claro, pero en casa se hacía en la cafetera italiana. Estaba igual de rico y en esta ocasión nos llenaba de energía para las actividades cotidianas como ir al colegio, y más tarde al instituto, a las clases de danza, hacer los deberes y jugar con los amigos el fin de semana. Por eso mi taza diaria, ¡como mínimo!, siguió acompañándome más allá de mi infancia, pasando por mi adolescencia, juventud y vida adulta… Llegando hasta hoy.

 

Mientras escribo estas líneas en mi diario, mi momento de relax del día, me acompaña mi taza nocturna. Ya toda la casa está en silencio, tranquila, y diría que es lo que más disfruto de la jornada, justo antes de irme a dormir. Lectura o escritura, según el día, y mi achicoria tostada calentita y con leche entre las manos.

 

Esta costumbre, la de “el momento” empezó a ser parte de mí durante los años de universidad. En aquel piso del centro de Pamplona viví años de descubrimientos y experiencias eternas, y fui la “culpable”, en el buen sentido, de que mis compañeras de aventuras y clases, Jimena, de Madrid, y Maca, de Sevilla, probaran la achicoria por primera vez, y se volvieran adictas. Aún hoy, ¡no hay año que no nos juntemos y nos tomemos una taza en compañía!

 

Se me está haciendo tarde... Una noche más, despido la jornada con el último sorbo a mi achicoria. Mañana comenzaré al amanecer del mismo modo. Distinto sorbo, la misma esencia. La misma achicoria tostada que me ha acompañado toda mi vida, que sigue y seguirá haciéndolo. ¿Qué puede salir mal? Contigo, nada.

 

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