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Los Sucesos de Rafael López-Quintano de Ballesteros (2O Capítulo, 1ª Parte)


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Antonio Gázquez



Desde hacía unas semanas estaba dedicado a la hacienda. Los tiempos no traían aires tranquilizadores y por ello tuve la necesidad de cuidar de la hacienda más de lo que lo hubiese requerido en otros tiempos. El joven mozo Rafael aún no conocía todos los entresijos de la casa, ¡estaba tan entregado a los estudios!.

Don Francisco Ruiz se retrasó casi un mes, se le complicaron las cosas y prefirió que se apaciguaran los aires que venían de Madrid, sin embargo, como prometió, se presentó al finalizar el Ángelus del mediodía. Parecía cansado, no le dije nada, todo lo contrario, lo agasajé con halagos, pero le reproché entre sonrisas que en los últimos tiempos tenía conocimiento de que no hacía una dieta adecuada por sus constantes viajes; siempre estaba comiendo aquí y allá sin reposo ni adecuados alimentos, y con frecuencia recurría a sangrías con sanguijuelas que le mermaba su ánimo.
Esperé con paciencia que se sentara junto a la ventana, mientras tanto ordené a Rafael que nos trajera un refrigerio, y después me dispuse a escuchar a mi amigo.

- Atienda don Diego, en este último año...-dejó de hablar de pronto y miró alrededor de toda la estancia, después continuó en voz tan baja, que me hizo aproximar mi asiento para escuchar lo que me decía- he estado muy ajetreado. Tiene constancia de que he viajado por el reino con frecuencia, y Vuesa merced siempre me lo ha reprochado por el deterioro de mi salud. Ahora le cuento, por el Altísimo me pongo en sus manos, si puede ayudarme.

- Sabe que si está en mi mano...

- He recibido hace dos días un correo de Portugal, yo lo esperaba antes pero ha habido complicaciones y por eso ha sido el retraso. El Secretario de la corte de su Alteza Real Pedro II, me ha enviado una carta lacrada en el que me comunica que el Archiduque Carlos de Austria tiene su llegada en dos semanas al puerto de Lisboa, y me solicita que se lo haga saber a unas personas en Valencia, pero no debe saber nadie de mi presencia en esas tierras... -aguardaba en silencio a que el Conde terminara con su relato. Me miró a los ojos durante unos segundos para ver si encontraba en los míos alguna respuesta, como no halló ninguna, continuó con su petición-. Sé que le estoy pidiendo algo comprometido, pero si no fuese importante no se lo pediría, además no tengo en quién confiar, estos tiempos están para saber muy bien quiénes son y no son nuestros amigos, y yo lo considero como mi hermano, dejaría mi vida en sus manos si fuese necesario... Además ahora la estoy dejando, don Diego.

Dejé que tomara aliento, pues lo veía algo agitado y esperé que continuara. Don Francisco siempre había sido contrario a las ideas francesas, pero no sabía hasta que punto estaba implicado con los partidarios del Archiduque.

- Sé que don Diego es respetado en Valencia y tiene quien guarde sus secretos que yo no pretendo desvelar...

Don Francisco se refería a la familia de don Analías que a escondidas seguía con su rito judío y que tan sólo los más íntimos sabían de ello.

-No, no, jamás de mis labios saldrá palabra alguna..., pero sería un excelente escondite para que yo pasara unos días en Valencia hasta resolver los asuntos que me han encargado. Será por poco tiempo y daré a su amigo las menos molestias posibles, solo iré a dormir y procuraré que no me vean entrar a su casa.

Durante un rato estuvimos en silencio. Llamé a Rafael y le ordené que preparara el almuerzo para tres, mi amigo se quedaba a comer con nosotros. Le dije a don Francisco que después de la comida le daría mi respuesta, ahora iríamos a pasear por el jardín, tenía que meditar lo que me había propuesto.

Ayudé a don Francisco a levantarse y nos encaminamos al parral donde había una buena sombra y cerca corría un arroyuelo que daba frescor a la huerta.

Comimos manjar blanco y un adobo de solomillos, para postre una escudilla de almendrada. Durante la comida le hablé a don Francisco que debía hacer una alimentación adecuada, le daría después unos consejos que debía seguir y la fórmula de una tisana que debía tomar por las mañanas.

Apenas unos instantes antes de marcharse le di una carta para don Analías, diciéndole que lo acomodase en su casa sin hacer preguntas, el próximo año cuando lo visitara le daría explicación.

Don Francisco mandó llamar a Rodrigo y después de una multitud de agradecimientos se marchó. Su visita me dejo algo intranquilo pero a lo largo de la tarde se me fue calmando el ánimo y cambié mis pensamientos por los fenómenos de don.

Entre la economía de la hacienda y el problema, don Francisco tenía el ánimo alterado, por ello decidí que debía dedicarme a la meditación durante unos días para que mi razón volviera a su estado natural, así que decidí pasar varios días en el Laboratorium meditando y estudiando el Herbarium de Apuleyo Platónico que me había traído un viejo comerciante de tierras de oriente.
Después de unos días ya me sentí más sosegado, lo que me predispuso para intentar probar de nuevo la cocción. "Esta vez cuando Rafael duerma en su cámara iré al Laboratorium, allí me acomodaré y dejaré que el don me invada", decía para mis adentros durante el pequeño paseo que hice por la huerta al caer la tarde.




Estuve unas semanas más con la familia judía, y una de las tardes últimas de mi estancia en la tierra israelita acompañé a los miembros varones a presenciar la consagración de un sacerdote del templo. Según pude deducir era el hijo de un amigo de la familia y era obligado que los varones participaran y además en este caso, mi presencia había alegrado especialmente al padre del futuro sacerdote, ya que no era corriente que un extranjero tuviese respeto por el Dios de Israel.
Delante del Tabernáculo, en el gran patio del templo, se consagraba a un joven, hijo de una familia que desde generaciones los primogénitos eran ofrecidos a Yahvé como sacerdotes. En la plaza, frente a la escalinata del Tabernáculo se habían congregado los sacerdotes y los hombres de la casa del futuro ministro. Vestían superhumerales blancos, y el Sumo Sacerdote del templo una túnica de lino fino púrpura y tiara. El Oficiante de la consagración tomó dos carneros y los colocó junto al altar. Primero se aproximó al joven y lo revistió con una túnica, un manto de efod, pectoral, cíngulo de efod y una tiara con una diadema como símbolo de santidad. Después cogió un carnero y el futuro sacerdote y su padre impusieron las manos sobre la cabeza del animal. Una vez terminada la ceremonia de imposición de manos El Sumo Sacerdote degolló al carnero y los ayudantes recogieron la sangre que se vertió por el altar y sus alrededores. Trocearon al carnero y colocaron sus vísceras y trozos encima de la cabeza del ovino y ésta sobre leña, y lo quemaron, ardiendo todo el carnero en el altar. Tomaron el segundo carnero y degollándolo, ungieron con su sangre las vestiduras del joven sacerdote y las de su padre, y con el resto de la sangre cocieron el carnero troceado, del que comieron los sacerdotes, el joven y los hombres de la casa del joven. Se había consumado el sacrificio, el primer carnero fue para Yahvé, al quemarse en el altar, y el segundo para los comensales del templo. Cuando salí de la ceremonia pude comprobar en el mercado de las puertas del templo, cómo el carnero era uno de los más caros de todos los animales que había; a mayor esfuerzo pecuniario mayor sería la petición que se le haría a Yahvé (1). Habitualmente la carne de carneros, cabritos o aves de la más diversa procedencia sólo se comían en los holocaustos o en casos muy especiales de celebración de fiestas como el nacimiento del primogénito. Lo habitual era comer legumbres y cereales, o higos o dátiles. En esta época vivían apegados a la tierra y tomaban de ella lo que ésta le ofrecía casi de manera espontánea, ya que la agricultura y la ganadería estaba comenzando a iniciar su andadura, y sólo era casi de autoconsumo.



Al término de la ceremonia, el jefe de la familia me presentó a un comerciante judío de Serabit al-Jadim de la península del Sinaí en el mercado de la ciudad, verdadero corazón de la sociedad israelita. Se había enterado que necesitaba marcharme, que mi cometido era la de viajar y completar mis conocimientos sobre las culturas que estaban naciendo. Sabía que nadie se lo había dicho, pero en su mirada comprendí que sabía bastante sobre mi persona y que comprendía que no debía permanecer más tiempo en aquellas tierras, así que buscó con quien viajar. Cerca del tabernáculo un israelita preparaba un hato de ganado ovino y caprino para comerciar con los pueblos del Nilo. Se marchaba en dos días cuando estuviese todo dispuesto, ya que con él no sólo iba el ganado sino toda su numerosa familia y viajeros que se le habían unido, pues no era seguro viajar sólo por los caminos del desierto.

El mercader Kaleb, que así se llamaba y con quien entablé una gran amistad, era un hombre de tez curtida por el viento y por los años; con una risa sonora y amplia, en la que desplegaba toda su blanca dentadura. Era fácil hacerlo reír si se le insinuaba cualquier maldad sobre las mujeres egipcias, ya que según me contó, en Menphis eran dulces y muy apegadas al trueque de su cuerpo por cualquier baratija traída de oriente. También me habló de las riquezas de la civilización egipcia y de la prosperidad que ésta tenía, lo que hizo aumentar mi curiosidad, aparte de que hacía tiempo que deseaba conocer las ciudades y los pueblos donde los israelitas habían estado durante tanto tiempo de destierro. Durante la espera de la marcha el israelita me dio cobijo en su tienda y me satisfizo el hambre. Comimos torta de centeno y cordero cocido con dátiles (b) y requesón, también nos dieron higos y bebimos hidromiel hasta que el cansancio cerró nuestros ojos. Era un gran hablador y un gran conocedor de su tierra y de sus ciudades. Por él me enteré de cómo su dieta estaba regulada por la ley de Yahvé (3); todo lo que comía su pueblo debía estar purificado y en las fiestas y onomásticas debían de guardar un ritual muy preciso dictado por las leyes de su dios.



(1) Para la descripción de este pasaje se ha tomado del Éxodo, 29. Consagración del sacerdocio y Levítico 9, Ritual de ordenación sacerdotal de la Biblia católica. Antiguo testamento.



(2) El dátil o bener no sólo se comía como un fruto sino que se hacía vino o se prensaba y se recogía el jugo que al fermentar se convertía en una bebida muy apreciada por el egipcio.



(3) Los higos eran muy habituales en la mesa del medio oriente y Egipto. Los higos de sicomoro tenían un carácter sagrado



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