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Los Mecanismos Del Chupete Y la Receta Del Coronel



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Miguel Ángel Almodóvar
Investigador y divulgador en ciencia nutricional y gastronomía

 

Hace unos días saltó a los medios la noticia de que la receta del rebozado de pollo de la cadena Kentucky Fried Chicken

KFC, se había conocido y hecho publica por un error casi infantil de un descendiente del mítico coronel Sanders. El supersecreto pasaba a ser arcano a voces tras una supuesta  reunión entre un sobrino del fundador, Joe Ledington, y periodistas del diario Chicago Tribune, quienes se dieron cuenta de que el allegado llevaba un papel a terciopelo ajado con los ingredientes escritos a mano. Birlársela con una instantánea y ponerla negro sobre blanco en el ejemplar del día siguiente fue todo uno. 

Cuesta y mucho creer que las cautelas de una fórmula guardada desde el inicio de los años sesenta en una bóveda bancaria de altísima seguridad y la precaución por parte de la cadena de disponer de varios proveedores de especias para evitar contaminaciones informativas cruzadas, se vinieran abajo por un descuido absurdo e infantil.

Quizá tan infantil como el mítico mecanismo del chupete, porque la receta del pollo KFC no va mucho más allá de una traslación ligeramente acomodada en gustos del Pica pollo que Harland David Sanders conoció en Dominicana durante los permisos de los que disfrutaba mientras completaba su servicio militar en la isla de Cuba, en la primera década del siglo XX tras la apropiación estadounidenses por las bravas de un territorio que hasta 1898 había pertenecido a la Corona española.

En realidad, casi todo en la vida de Sanders es mera fabulación e impostura. No era Coronel del ejército, sino que el grado le venía de una distinción del Estado de Kentucky en equivalencia a la de hijo adoptivo que se dan en algunas ciudades, aunque eso sí, es dignidad compartida con personajes como Elvis Presley, George Clooney, Juan Pablo II o Bill Clinton.  Además, su carrera empresarial fue una sucesión de desastres y fiascos de los que se fue salvando por su fino olfato para el marketing que en los años cincuenta le llevó a crearse un acomodado disfraz reconvirtiendo al paleto de Indiana en un elegante caballero sureño a base de pelo y perilla albares, y un terno de impecable traje cruzado blanco y pajarita negra, más bonito que un San Luis.

Creyendo que la cosa no daba ya para mucho, vendió su marca en 1964 por dos millones de dólares y un salario anual vitalicio que fue pasando de 40.000 a 200.000 dólares anuales, a cambio de seguir siendo la imagen icónica del tinglado. 

La nueva compañía se lanzó a una decidida política de expansión en franquicias y salió al mercado de valores, lo que al poco hizo subir el negocio como la espuma, con gran disgusto de Sanders que se sintió engañado. En las reuniones de la junta directiva, a las que era invitado por mera cortesía, tomaba la palabra para arremeter contra la política de la empresa, y en 1971 llegó a demandarla porque esta se negó a autorizarle a abrir franquicias muy similares. Un año antes había concedido una entrevista al prestigioso semanario The New Yorker asegurando que KFC había dejado de usar la receta original, para añadir: “… el pollo que sirven no se lo daría ni a mis perros”

Sanders pidió una indemnización ante los tribunales de 122 millones de dólares y la compañía finalmente accedió a darle un millón a condición de que dejara de dar por vía rectal de una vez para siempre. Murió a finales de 1980 y cuarenta años más tarde va y aparece un sobrino con la papela. Todo muy raro.

 


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