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El Puchero de los Malditos Iii


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Miguel A. Román



El padre se hurgó entre los pliegues de su sotana y extrajo una pipa tallada en espuma de mar y, mientras la cargaba de tabaco, puso cara de estar ordenando sus pensamientos. Al final la prendió con una brizna de madera que acercó al velón gris que centraba la mesa, se reclinó entrecerrando los ojos y comenzó su explicación:

?Si remonta usted el sendero junto al arroyo, no más allá de dos leguas dará con las ruinas de lo que fue monasterio y, al momento de los hechos que le estoy contando, rectoría que venía usándose como casa de oración y retiro espiritual de una orden tercera de seglares. Ello salvo el cocinero, que sí era fraile, y el malhadado rector, al que se le suponía orden sacerdotal y que luego se supo que solo llegó hasta el diaconato.?

?Pues bien, aconteció que este truhán estaba poseído por un diablo que le ataba a la horrible intemperancia de la gula. -(y diciendo esto se detenía el clérigo para engullir de un bocado una nueva fruta de sartén chorreante de miel)-. Dio para desgracia el fuego con la estopa y al poco de su llegada a la rectoría cayó enfermo el fraile cocinero y vino en sustituirle un lego zambombo, orondo y malhablado, con las mejillas y narices colmadas de las trazas escarlata con que el vino marca a sus acólitos -(y con estas palabras se servía el narrador una dosis temeraria de aguardiente de orujo). Pero tan mal fraile resultó ser éste como buen cocinero, para deleite del rector y de los seglares que "penitenciaban" en la casa.?

?Éstos, ocasionalmente al principio y descaradamente por fin, traían en sus visitas alimentos y viandas de allá de donde procedieran, lo que abarcaba toda la geografía ibérica, y de lo más selecto que encontrasen: bacalao dorado desembarcado en Vigo, pimentón de La Vera, judías de La Granja, percebes de Punta Roncudo, aceite de Genave, ostras de Arcades, angulas de Aginaga, chanquetes de Málaga, ternasco de Aragón, azafrán de La Mancha, alcachofas de Benicarló, lentejas de Lanzarote, berenjenas de Almagro, ajos de Las Pedroñeras, melocotones de Calanda, cerezas del Jerte, lechazo de Aliste, melva canutera de Barbate, truchas de Sanabria, garbanzos de Fuentesauco, ... y en fin cuanto de bueno hay en este país -que es mucho a lo visto-, y con tales mimbres se prodigaba el fraile en sus quehaceres a mayor placer de los comensales.?

?Un mal día llegó al convento un correo donde se notificaba que el Hermano Mayor de la orden acompañado de un oidor designado por el arzobispo y otros miembros de la curia diocesana iban a girar una visita al monasterio transcurrida la Pascua de Resurrección. Al conocer la noticia el rostro del rector se ensombreció. Comprendió se daba así término a la farsa en la que se había instalado y que pronto sería desposeído de su privilegiado puesto; y suerte tendría si no topaba al cabo con la justicia. Pero ante tan aciago panorama, el villano urdió una salida diabólica.?

?Como era ya Semana de Pasión el antiguo monasterio estaba repleto de cofrades que preparaban los oficios penitenciales. Estos, según la regla de la orden, cursaban con un ayuno que, desde la noche del Jueves Santo, se prolongaba hasta el alba del Domingo de Resurrección. Propuso el desalmado a los directores espirituales organizar una comida de fraternidad que reforzara las almas y los cuerpos ante la prueba penitencial y aderezó la propuesta con la idea de simbolizar la última cena que tomó nuestro Señor antes de entregarse a sus verdugos.?

?No sabían bien hasta qué punto las palabras del rector revelaban sus aviesas intenciones cuando aceptaron con entusiasmo la propuesta. El caso es que el gordinflón fraile fue encargado de preparar las viandas para los casi cuatrocientos comensales que habrían de pasar esa noche en el edificio. El monje explicó preocupado a su superior que no contaba en las despensas con materiales suficientes para ofrecer un plato común a toda la comunidad, pero éste le aduló encareciéndole que buscara con qué componer algo sustancioso, que agradecieran los paladares, satisficiera los estómagos de los asistentes y que reforzara el ideal de hermanamiento entre los miembros de la cofradía.?

?Así el cocinero repasó sus existencias y concibió una idea monumental: mezclaría todas las carnes, verduras y legumbres de que disponía, y las cocinaría fundiéndolas en un único, complejo y enorme cocido. Contó su idea al rector y este se la acogió con tanto halago que, brincando entusiasmado, bajó a las cocinas planeando disponerlo todo."



?La mañana del Jueves Santo se trajeron ollas enormes. En ellas se puso agua fresca con sal y se sumergieron las carnes separadas por géneros: porcino y tocinos en una, vacuno y cecina en otra, caprino y ovino en una tercera y las aves de corral y caza en la que hacía cuatro. Llevóselas al fuego y allá se dejaron hacer mientras en otro gigantesco perol comenzaban a hervir verduras y tubérculos de cuanto tipo fue hallado en las despensas, todo ello junto con dos arrobas de garbanzos y diez libras de alubias que habían tenido sus correspondientes remojos, escurridos y enjuagues. Además se añadieron untos rancios, huesos de caña y espinazo, así añejos como frescos, botillos, compangos y andoyas y cuantos elementos de sabor y saber popular pudo conseguir.?

?Con la colaboración de un par de decenas de ayudantes se trasvasaron caldos, se escurrieron carnes, se separaron unos productos y se alearon otros, se desecharon o reservaron según procedía, se añadieron embutidos exquisitos de no menos de veinte procedencias y variedades, ello junto a habichuelas y berzas y otras verduras de hojas carnosas, aceite de oliva, pimentón, ajos asados y una larga serie de ingredientes en los que no debo ser prolijo por no cansaros.? (Mal se imaginaba aquel hombre que, lejos de cansarme, había excitado mi curiosidad personal y profesional, pero en aquel momento venció aquella a ésta y dejé que continuara su relato...)

?El resultado de esta alquimia pergeñada durante doce horas, como puede imaginarse, fue un enorme cocido, al estilo de una colosal olla podrida donde parecía haber de todo y nada sin embargo desentonaba: caldos, carnes, legumbres, unto, ?pringá?, berza, papa, habichuela, garbanzos, huesos, verduras y en fin cuanto de aprovechable cayó a las cacerolas.?



?A las siete de la tarde, hora del ocaso, se abrió la puerta del refectorio (una enorme dependencia antigua sin ventanas, con respiraderos y tragaluces abiertos en el artesonado del techo) y los cursillistas, que llevaban todo el día alborotados por los aromas que de cocina llegaban a captar, lo abarrotaron desordenadamente en un santiamén y, tras una oración apresurada y persignarse desmañadamente, comenzaron a ser dispuestas más de cien fuentes y sesenta pucheros que contenían el fruto ansiado de la labor del grueso monje, y se abrieron barricas ?dispuestas por el rector- conteniendo excelentes Ruedas, Bierzos y Riberas, y todos sin excepción comenzaron a comer y beber sin medida.?

?Nadie echó de menos en aquel banquete al pérfido rector. Éste andaba entretanto con una llave maestra recorriendo las celdas donde se alojaban los cofrades y saqueando cuanto de valor encontrara entre sus pertenencias. Con tal mal arte llenó con oro y monedas varias alforjas aparejadas sobre cuatro mulas. Y antes de darse a la fuga con el botín... aquel pellejo de Satanás apiló paja y leña contra la puerta del refectorio donde gozaban los asistentes al ágape y, lanzando un fanal de aceite, le prendió fuego.?

?En el interior del comedor tardaron en darse cuenta del peligro en que se encontraban, por el alboroto que armaban al degustar aquel excepcional puchero; de tal forma que cuando alguien dio la voz de alarma ya era tarde y el fuego se había adueñado por completo de la única puerta, habiendo prendido ya en el techo y aún los manteles, llenando la estancia de un humo sofocante.?

?Entretanto, el rector abandonaba el edificio tras su fechoría, atravesando la capilla monacal con la recua que portaba su botín. Vio entonces una joya que aún se había librado de su rapiña: la cruz de oro macizo labrada sin pedrería que presidía el altar y que era la única pieza del culto que permanecía en el templo ?que del resto de las que se almacenaban en la sacristía ya dio buena cuenta- y tomándola cuando las llamas ya se alzaban a su espalda, salió a una noche casi tan negra y tormentosa como su acción, donde los relámpagos competían con el resplandor del incendio y los truenos con los gritos de los cientos de desdichados que, sin excepción, murieron asfixiados y calcinados en aquella trampa desleal.?



?Mas no queda criminal sin castigo y aquél lo tuvo por la justicia divina, pues no bien se hubo distanciado un tiro de piedra del monasterio, un rayo certero se encariñó del metal de la reproducción del santo madero que todavía portaba el desalmado en su mano en su loca huida y allí mismo quedaron sus carnes, tan achicharradas como las de sus víctimas, en tanto las acémilas, desbocadas, se precipitaron al barranco y las riquezas que portaban se perdieron para siempre entre el fango del río.?

Tras este último detalle ?probablemente falso y añadido con el propósito de sentenciar que el fruto del delito nunca aprovecha- el sacerdote concluyó el dantesco relato y dedicó unos segundos a vaciar y limpiar con cuidado la cazoleta y la espiga de su pipa, dejando así que los oyentes recapacitaran en silencio sobre los hechos narrados.

Una vez el artilugio humeante volvió a su lugar entre los recovecos de sus vestiduras, el religioso se inclinó hacia delante y en susurros, como si temiera que el volumen de voz acrecentase el riesgo de convocar a los diablos, concluyó su relato:

"Desde entonces, dicen algunos que lo han visto, cada año por la fecha en que se rememora aquella noche, regresan los espíritus de los que tan trágicamente murieron pecando de gula, a cumplir la maldición de dar fin al gigantesco puchero..."

Y paulatinamente dejó que una risita tremolara sus flojas mejillas rompiendo el hechizo creado y se echó atrás gritando ya con abiertas carcajadas: "¡Cuentos de vieja, supersticiones...!", al tiempo que agitaba los brazos parodiando fantasmas hacia el chiquillo que lo miraba con ojos amedrentados.

Los parroquianos sin embargo se cuidaron de secundar sus risotadas, y en la mirada de alguno destelló el brillo desafiante que se le depara a quien se burla de creencias ancladas muy en el fondo del corazón. Así que al poco el vicario hubo de retomar la compostura y carraspeó mientras estudiaba los restos de orujo en su vaso, como culpándole de su exceso verbal. Medité un momento.

- ¿Y cuándo será la próxima ocasión en que tenga lugar ese prodigio?
- Mañana.- Respondió serio mi anfitrión. - Pues hoy es Miércoles Santo. Así que hágame caso y aléjese de aquí en cuanto despunte el sol, pues a la caída de la noche regresarán los muertos al monasterio.

... (continuará)



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