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El Mensajero Viajero (Y Patrocinado)


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Va un tío con mucha labia y conocimientos de automarketing y le cuenta a un señor que tiene dinero (mecenas) la batallita de su sueño, es decir, pasearse por el mundo comiendo (y haciendo crítica) en los restaurantes con tres estrellas Michelin y plasmar la odisea en un libro. Para que todo tenga un tono profesional, se incluye en el proyecto a Monsieur Bocuse, cuyo prestigio y fama internacionales nadie discute.

Y ahí que se va nuestro amigo, de restaurante en restaurante, como esas personas que a veces nos visitan con libreta de anotar y anotar y anotar que a mí particularmente ya sabéis que no me gustan demasiado porque entiendo que haya datos puntuales que está bien recordar, pero da muy mal rollo esto de ver al periodista o a quien sea escribir durante todo el tiempo que dura la comida, de hecho, cuando es apuntador profesional, en cuanto empieza el primer plato ya no le ves más los ojos, sólo le ves la coronilla porque tan ocupado está anotando, y dan ganas de recordarle que por qué no atiende un poco más a las sensaciones y menos a las deducciones, que ésas ya vendrán por sí solas.

Pues decía que va de restaurante en restaurante, hasta 40 restaurantes indicando en su reserva por email su proyecto de libro y el aval profesional del Sr. Bocuse. Y, cuando llega a la recta final del itinerario, zas, desaparece en el momento culminante de pagar la cuenta en El Bulli, que también es un modo teatral de desaparecer. Policía rastreando, elucubraciones?, para resultar que el mozo supuestamente gastrónomo aparece en su Suiza querida tan fresco como una lechuga, o tan fresco como la cuenta que jamás pagó.

La verdad es que la labia de este mensajero viajero patrocinado es para quitarse el sombrero, le bastó decir ?escribiré un libro? para que todos (me incluyo porque, aunque no haya tenido nada que ver, y si yo hubiese tenido tres estrellas Michelin, a mí también me habría pillado) le hayamos creído merecedor que ofrecerle un rendez-vous.

En unos restaurantes pagó, pero diría que seguramente en algunos no pagó, sólo porque iba a escribir un libro un mensajero que, con todo lo maravilloso que pueda ser él como mensajero y como persona, nadie sabe con qué conocimientos gastronómicos cuenta, si es que cuenta con alguno.

En realidad, lo traigo a colación porque me parece que, al igual que sabemos que nuestros clientes serán exigentes con nosotros, quizá también nosotros deberíamos ser más exigentes a la hora de dar por válidos falsos títulos de entendidos, da igual si son escritores, periodistas, o críticos, a personas que, sin más, se presentan en nuestras casas.

La presión que sufre nuestro mundo es muy fuerte y estamos siempre en manos de unos pocos. Cada día que pasa los puntos de mira que nos apuntan son más difíciles de controlar porque cada día tiene más peso el ?todo vale?.

Cada día en la red vemos cómo gente sin miramientos pone a caldo a restaurantes y cocineros con la excusa de que es el derecho a escribir, y se sabe que en muchos casos esas personas se esconden detrás de un apodo o nombres falsos, se incluyen testimonios sin pedir nada que demuestre que esa persona estuvo en el local, tanto para lo malo como para lo bueno. Durante cuánto tiempo tiene sentido que aparezca un artículo en un blog o en una web criticando a alguien sin fecha de caducidad.

Por supuesto, esto sucede igual en otras profesiones. Sucede en medicina, enseñanza, abogados y otras mil profesiones.

Creo que hay que estar al loro, en estos tiempos cualquiera puede ser lo que quiera y a veces, incluso conociendo el pastel, no se les descubre por si acaso.

Casi todos tenemos boca para hablar, manos para escribir, cabeza para pensar. Nuestros sentidos envían información a nuestro pensamiento.
Pero no todos utilizamos las conclusiones para dejar testimonio permanente de un error en una buena carrera de un profesional.


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