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El Aceite de los Dioses



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Miguel Ángel Almodóvar
Investigador y divulgador en ciencia nutricional y gastronomía

Es extremadamente difícil, por no decir imposible, determinar si el olivo español es producto del ingenio griego o fenicio. Joan Manuel Serrat, en su canción Por las paredes y en referencia a los orígenes de Cataluña, habla de una tierra y un pueblo: “

que rindió a sus pies la plata del olivo griego y la llama persa del ciprés”, y es más que evidente que la región de Ampurias, donde se inició una de la producciones de aceite más importantes de la península, fue colonia griega, Palaiápolis, rodeada de ciudades iberas fundada por colonos foceos de la Masalia. Pero no lo es menos que, prácticamente en paralelo y probablemente en un tiempo ligeramente anterior, los fenicios cultivaban olivos en Gadir, hoy Cádiz, y que después remontaron el Guadalquivir hasta la actual Sevilla para establecer una colonia en lo que actualmente es la plaza de la Alfalfa, dejando olivos a su paso por buena parte del territorio que después sería la Bética romana.

Fueran griegos o fenicios los que introdujeron el olivo en nuestras tierras, lo cierto es que su labor y subsiguiente molturación de sus frutos, las olivas o aceitunas, para obtener el zumo o aceite, vino a sustituir la producción que desde hacía siglos se venía obteniendo de los acebuches, olivos silvestres, bordes o “salvajes”, cuyo fruto, la acebuchina, daba un aceite de calidad incontestable, aunque con un rendimiento infinitamente menor que el del olivo “civilizado”.

Así, el olivo se impuso en todo el territorio y fue poblando su paisaje, en detrimento del acebuche que se redujo a muy pequeñas y escarpadas zonas de Andalucía, Cataluña y Comunidad Valenciana, del que algunos labradores altivos, y de manera meramente testimonial, siguieron obteniendo aceite para su propio consumo.

Y así siguieron las cosas hasta que hace un par de años los hermanos Navarro Oliver, decidieron trascender la anécdota para poner en producción comercial un acebuchal de cien hectáreas en el paraje de Campo Coy del municipio murciano de Caravaca de la Cruz, una de las cinco ciudades santas del cristianismo entre cuyos ritos figura la misa Crismal, donde se consagra en Crisma o aceite consagrado, símbolo de la gracia divina. En este rincón del territorio hispano, a novecientos metros de altitud y con temperaturas extremas en invierno y verano, cosechan un aceite cien por cien ecológico, de cualidades organolépticas, aroma, textura y sabor que evocan originalidad y esencias de tiempos prehistóricos (https://www.acebuche.es/).

Por añadidura, este aceite en excepcionalmente rico en tocoferoles, fitoesteroles, polifenoles, ácidos grasos omega 3 y 6, y antioxidantes, que le confieren un amplio abanico de propiedades salutíferas, que devienen en protector cardiovascular, ralentizador de procesos degenerativos, anticolesterolémico, dinamizador inmunitario y antiinflamatorio, lo que resulta especialmente indicado para minimizar los indeseables efectos colaterales de la Covid-19.

El nombre comercial de este novedoso y exquisito aceite es Oleum Deos, aceite de dioses, que por cierto le viene al pelo porque sabemos que en la prueba a la que Zeus, dios de dioses, sometió al sombrío Poseidón y a su partenogenética hija Atenea, fue ésta la que se alzó con la victoria indiscutible con su ofrenda de ramas de acebuche y acebuchinas de las que podía obtenerse aceite, símbolo de abundancia, y una joya para alimentarse e iluminar, hacer perfumes y curar heridas.

Así qué, Dis gratias et familia Navarro.

 


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