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Milk & Honey, un Bar de Extranjis en Manhattan


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Así es un bar en el mismísimo corazón de Nueva York que parece haberse quedado en los años 20.

 

Natalia Llopis Benito
 
134 Eldridge St. New York 2, NY. Esta es la dirección y todo lo que sabes de este místico bar antes de ir. Ah, y que debes llamar para reservar mesa sí o sí con al menos tres o cuatro días de antelación, y si pretendes ir un viernes o sábado, al menos calcula una semana. Tanto oscurantismo y escondimiento se debe a que este bar fue uno de los pocos que quedó en pié durante le ley seca norteamericana, sirviendo copas a quién supiera donde estaba, claro.
 
Es muy importante que recuerdes la dirección, puesto que una vez que llegues ahí lo normal es que te despistes y pienses que, naturalmente, te has perdido, puesto que en el número de la calle que se supone que está el famoso bar, no hay ni un indicador luminoso (ni no luminoso) que ponga “Milk & Honey Bar”. Tranquilo, no te has perdido. La puerta es como el portón trasero de una discoteca, esa por la que te echan cuando has montado una pelea o has tomado una (o quince) copas de más. No hay cartel, luz, ni número, si no que una puerta violeta es la única señal. No llames a la puerta, no les gusta nada; como has reservado están esperando tu llegada, tranquilo. Por una pequeña cámara que tus ojos no alcanzan a ver debido al nerviosismo y a una sensación un poco rara en plan “dónde narices me estoy metiendo”, te están mirando y esperan a que estés ahí para abrirte. Es entonces cuando un curioso joven de estética un poco entre modernillo/alternativo/underground te abre la puerta y con una sonrisa de oreja a oreja, te dice “wellcome sirs to Milk & Honey, follow me please”. Es curioso, pero el tío te da una buena sensación, y claro, como te mueres de ganas por ver ya a qué se debe tanto secretismo, le sigues.
 
Tras atravesar varias cortinas bastante espesas de terciopelo, entras en una sala, no muy grande, más bien pequeña, como un salón hermoso, con las paredes llenas de azulejos antiguo y en el que la poca luz que hay la aportan unas lámparas de aceite y algunas velas (ya que el bar no tiene electricidad), creando un ambiente misterioso a la par que acogedor. Las mesas son de metal, y te sientas en unos sofás de cuero desgastado. Es curioso como aún siendo todo tan antiguo, se conservaba en un estado excelente. Tras analizar un poco el sitio, tus ojos dejan lugar a tus oídos, y te das cuenta de que están poniendo música de vinilo estilo años veinte, increíble, cualquiera diría que sería posible perderte de camino al baño, abrir la puerta equivocada y, en lugar de ir al servicio, podrías llegar a interrumpir una importante timba de póker entre algún que otro mafioso norteamericano con una preciosa dama sentada sobre sus rodillas fumando un cigarro con una de esas larguísimas boquillas.
 
Entonces ese extraño pero simpático camarero –que no aporta si no más que más magia al local- te pregunta qué te gustaría beber mientras se coge una silla, la pone del revés y apoya sus brazos en el respaldo. “Algo suave, quizá con un toque afrutado… no sé, creo que fresa o mango, con algún toque ácido y con ginebra a ser posible”, contestas, creyéndote el rey de los cócteles, pero no te equivoques, ése es él. “¿Qué te parecería algo de lima dulce con ralladura de cáscara de naranja y quizá… un toque de jengibre? ¿te atreverías?”. Tras la cara de pasmado que se te queda, reaccionas, y naturalmente dices que sí en español, porque hasta se te ha olvidado el inglés. Y es que el punto fuerte que tiene el Milk & Honey, es que sus dos camareros son expertos cocteleros, y trabajan sin carta y bajo demanda del cliente, creando siempre una bebida exclusiva según los gustos y preferencias del cliente, es por ello que siempre se toman su tiempo en tomar nota, manteniendo una breve conversación contigo mientras intentan adivinar qué es lo que más podría gustarte; además es curioso como no apuntan absolutamente nada, y luego recuerdan perfectamente qué es para quién.
 
Al rato, no demasiado, se acerca el camarero con su enorme barba y su borsalino en la coronilla, y te pone tu tan deseado cóctel personalizado, siempre mientras te explica la combinación de lo que lleva. Aunque se te queda cara de tonto e incluso con un poco de reparo, tras saber que vas a beber algo que contiene jengibre, miel y unas gotas de tabasco, el resultado siempre es espectacular y nunca defrauda.
 
En ese ambiente tan especial te da pena, pero llega la hora de irse, pides entonces la cuenta y es cuando el camarero te avisa de que sólo aceptan efectivo, suena raro, pero ya hasta te parecería normal ver al mismísimo Ernest Hemingway entrando por la puerta.
 
En resumen, el Milk & Honey es el bar perfecto para perderse, para tener una noche insólita, de esas que luego cuentas orgulloso queriendo decir “yo he estado ahí”. El precio de las copas es de 16$, lo cual no está mal.
 
Te intenta trasladar a otra época, y la verdad es que lo consigue.

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