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De los Guisantes de Mendel a las Carpas sin Espinas



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Miguel Ángel Almodóvar
Investigador y divulgador en ciencia nutricional y gastronomía

Conmemoramos este año el segundo centenario del nacimiento del monje Johann Gregor Mendel, quien trabajando durante décadas con cerca de treinta mil plantas de guisantes logró demostrar los designios de la herencia por “factores hereditarios”, sentando con ello las bases de la genética moderna.

Aunque Mendel murió sin que la comunidad científica reconociera sus méritos, sí que logró dejar en el ambiente una semilla de curiosidad por sus experimentos en los que iban apareciendo guisantes verdes o amarillos, lisos o rugosos, en función de la existencia en los mismos de rasgos dominantes y recesivos. Con todo, pasaría aún mucho tiempo hasta que se conocieran las bases cromosómicas de estos procesos y se empezara a cavilar sobre el potencial interés comercial del asunto.

Mediante cruces e hibridaciones, los chinos consiguieron producir una fruta semejante al melocotón pero de forma aplastada que hoy llamamos paraguayo (originalmente denominado ping-tzu-tao o melocotón de plato) y que se introdujo en el mercado estadounidense en 1869.

Setenta años después, en 1939, fueron los japoneses los que lanzaron la sandía sin semillas, que significó una verdadera revolución, puesto que permitía su consumo en niños, ancianos y personas con problemas de deglución. El novedoso producto se consiguió cruzado el polen masculino de sandías diploides con la flor femenina de sandías tetraploides, lo que daría como resultado una sandía triploide estéril e incapaz de producir semillas maduras.

Y hasta ahí llegaron los logros el primer gran recorrido y lapso temporal iniciado por Mendel cuando presentó formalmente sus resultados y conclusiones en 1863. El siguiente paso, que daría lugar a una enloquecida carrera, fue la creación de una planta de tabaco capaz de producir antibióticos en el año 1983, pero para entonces la ciencia ya había entrado en la transgénesis mediante el uso de la ingeniería genética. No obstante, hubo de trascurrir una década hasta que se depositara en el mercado el primer alimento modificado genéticamente: un tomate creado por una compañía californiana que bajo la denominación FlavrSavr empezó a comercializarse en 1994. Desde entonces, el número y diversidad de los alimentos transgénicos ha crecido al mismo ritmo que aumentaba la polémica social (no así científica) respecto a su consumo.

El último de entre estos tantos hallazgos resulta fascinante y nos llega una vez más desde China. Implica a unos de los pescados más consumidos en ese país, la carpa cruciana, afamada tanto por su carne tiernísima y exquisito sabor, como por la enorme cantidad de finísimas espinas intermusculares que plantean un muy alto riesgo de quedar enganchadas en la garganta.

Los biólogos chinos han localizado el gen implicado en su formación y lo han suprimido mediante una técnica conocida como “silenciamiento genético”. Una vez eliminadas las molestas espinas queda por dilucidar si el gen silenciado tiene otras funciones en el organismo del pez de agua dulce. Iremos viendo

 

 

 


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