Hay personas que dejan huella no solo por lo que hacen, sino por cómo lo hacen. Lucio Blázquez es una de ellas. Hablar de Lucio no es solo hablar de un restaurante mítico de Madrid, ni siquiera de una manera de entender la gastronomía: es hablar de humanidad, de cercanía, de bondad y de una forma de estar en la vida que hoy resulta, por desgracia, cada vez más escasa.
A Lucio le tengo un cariño muy especial. Y lo digo sin reservas. Me siento profundamente privilegiado de contar con su amistad, una amistad que nació gracias a una presentación inolvidable: la que me hizo su gran amigo José Luis Ruiz Salaguren, que en paz descanse, otro nombre fundamental de la hostelería madrileña y alma del histórico grupo de restaurantes José Luis. Aquel encuentro fue el inicio de una relación que con el paso de los años se transformó en afecto sincero.
Siempre que voy a Madrid, hay una parada obligatoria: Casa Lucio. No importaba el tiempo ni las prisas. Pasar a saludarle, darle un abrazo, tomarme una cerveza y compartir unos minutos de conversación con él era —y sigue siendo— una auténtica alegría. Su charla, su sonrisa, su cercanía y su manera de escuchar te reconcilian con el oficio de la hostelería entendida como vocación de servicio y como acto de generosidad. Lucio es, en el sentido más pleno de la palabra, todo un señor.
Su historia es la de muchos grandes hombres hechos a sí mismos. Nacido en Serranillos (Ávila) en 1933, llegó a Madrid siendo apenas un niño y empezó a trabajar con solo doce años en el Mesón del Segoviano. Allí aprendió el oficio desde abajo, con humildad y esfuerzo, y allí empezó a forjar una forma de entender la cocina basada en el respeto absoluto al producto, a la tradición y al comensal. Años después, aquel lugar se convertiría en Casa Lucio, una institución fundada en 1974 que hoy forma parte de la memoria sentimental y gastronómica de Madrid.
Casa Lucio no es un restaurante cualquiera. Es un refugio de autenticidad en un mundo cada vez más dominado por las modas efímeras. Su cocina se sostiene sobre un principio innegociable: la excelencia del producto. A partir de ahí, todo cobra sentido. Platos que saben a verdad, a tiempo, a fuego lento. Cocina tradicional sin artificios, pero con alma. Y sí, es imposible no mencionar los legendarios huevos fritos con patatas—los huevos de lucio—, conocidos en todo el mundo, pero sería injusto quedarse solo ahí. Sus callos —los mejores que he probado jamás— son una auténtica obra de arte comestible, un ejemplo de cómo la tradición puede alcanzar la categoría de excelencia absoluta.
Pero si algo engrandece aún más el legado de Lucio es su continuidad. En un sector donde muchos negocios extraordinarios desaparecen por falta de relevo generacional, Casa Lucio vive una historia distinta y profundamente esperanzadora. Sus hijos —María, Fernando y Javier— han decidido dar un paso al frente, aparcar otros caminos profesionales y asumir con amor y responsabilidad las riendas del negocio familiar.
Tengo el placer de mantener una grata y entrañable relación con María, una mujer encantadora, cariñosa, cercana, con un exquisito sentido del humor y una gran profesionalidad. Ella (María) Junto a Fernando y Javier, representa la garantía de que el espíritu de Casa Lucio no solo se mantiene, sino que seguirá vivo durante muchos años más. A ellos, como clientes, como amantes de la auténtica hostelería, como enamorado de la gastronomía y como defensores de la cocina española auténtica, solo podemos darles las gracias.
La gastronomía española está en deuda con Lucio Blázquez. Gracias a él y a personas como él, nuestro país es reconocido en el mundo no solo por la innovación, sino también por la autenticidad de su cocina tradicional. Lucio ha sido uno de sus grandes impulsores, un guardián del sabor verdadero, del trato humano y de la hospitalidad entendida como arte.
Cada vez que entro en Casa Lucio siento que regreso a un lugar donde todo tiene sentido. Y mientras exista ese abrazo, esa conversación sincera y esa cocina honesta, el legado de Lucio seguirá vivo. Para mí, y para muchos, eso es un auténtico privilegio.