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Año IVNumero 61


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Manuel Julbe

Honoria y las pompas fúnebres

Guardaba en sus pupilas la imagen del cuerpo desnudo y rígido de don Paco, padre de Pablito, pendiendo de una viga del cuarto de baño y con el miembro, no muy viril por cierto, inhiesto cual asta de bandera. Honoria o Norita, como la llamaba el interfecto, no pudo reprimir una sonora carcajada ante la imagen tristemente grotesca de aquel pobre secretario de juzgado, exabrupto que le valió dos sonoras bofetadas y el quedarse cuatro domingos sin postre. Y eso que Honoria estaba acostumbrada a ver todo tipo de cadáveres ya que su padre, don Leoncio, tenía el negocio de pompas fúnebres al lado de su casa. Era una empresa harto curiosa ya que además de ocuparse de adecentar y preparar de la mejor manera a los fiambres para los funerales, doña Clotilde, la madre, cocinaba para los familiares y más allegado del difunto.

Evidentemente que según fuera el servicio que se escogiera, así era el menú. El básico era una merienda cena con tortilla de patatas, canapés variados, fruta del tiempo, vino malo con sifón y muchos litros de tila; el intermedio consistía, según la época del año, en ensalada o caldo de carne, filetes de ternera empanados, flan y pastelillos variados, vino riojano de cosechero, café con anisete para las damas y coñá para los caballeros con algún que otro farias. Y el de lujo, eso ya era otro cantar. Allí era cuando doña Clotilde se explayaba dando rienda suelta a su cocineril imaginación. Ostras, almejas y percebes abrían el ágape funerario para continuar con finos lenguados y albas merluzas que daban paso a refinados postres del más puro chocolate, suaves cremas de frutas y esponjosos bizcochos. Los vinos de Ribera, Rioja y algún que otro burdeos de alta facturación; los espiritosos, de solera, y los puros, faltaría más, habanos. O sea que con estas últimas y costosas atenciones, el muerto emprendía su ultimo viaje más que emperifollado y los que le lloraban quedaban satisfechos de tan refinado velatorio.

Bueno, todo hay que decirlo, doña Clotilde siempre tenía algún que otro detalle con los que se acogían al servicio de primera. Si el finado había fallecido en un accidente de coche, la mujer ponía la mejor carne roja de vacuno; si el deceso se había producido por asfixia, nunca faltaba el mejor espumoso, dejando las aterciopeladas salsas para los que hubieran muerto plácidamente en la cama.

Años más tarde, y gracias a un boleto de lotería primitiva premiado con unos cuantos cientos de millones que don Leoncio encontró en uno de los calcetines de un viajante valenciano de comercio muerto a causa de una sobredosis de no sé qué excitante sexual, la humilde casa de pompas fúnebres se convirtió en un auténtico palacio del último adiós en el que incluso se disponía de todo tipo de música para el evento.

Honoria se ha convertido en una excelente maestra de ceremonias y ha contratado a un prometedor cocinero vasco que ayuda a su madre en la preparación de los banquetes velatorios. Me ha prometido funerales de gran lujo gratis; yo sin embargo le he hecho jurar que no se ría y que corra el “champagne” a raudales.
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