Breve historia del vino en México


02-08-2012    |   


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El vino, cuando se bebe con inspiración sincera,
sólo puede compararse al beso de una doncella
Nicanor Parra (1914)


Antecedentes

Se tiene conocimiento de que hace seis o siete mil años dio comienzo en Sumeria, el país de mayor antigüedad en Mesopotamia  ---flanqueado por los ríos Tigris y Eufrates---, el cultivo de la vid y la consecuente elaboración de vino. De aquí se propagó la actividad agrícola que tiene por finalidad la vitivinicultura a las regiones vecinas y los valles limitados por los ríos Tigris y Eufrates, para más tarde desarrollarse en sitios más distantes. En Ur, la antigua capital de Mesopotamia, fueron descubiertas numerosas tablillas de barro cocido con una edad estimada de 2 750 años, en las cuales, en escritura cuneiforme, quedan descritos diversos episodios de la elaboración del vino.



Otros especialistas en lo concerniente a la antigüedad del vino, refieren que la vitivinicultura en Georgia (un país ubicado en los límites de Europa y Asia, que antaño formó parte de la Unión Soviética) dio comienzo hace aproximadamente siete mil años. De acuerdo al dictamen de los paleobotánicos ---quienes analizan las características de las plantas de tiempos muy remotos--- han sido encontradas en territorio georgiano hojas de parra de edades geológicas prehistóricas. Ello los lleva a asegurar que la elaboración del vino era conocida para los moradores de esa región, que se localiza en la costa del Mar Negro. La palabra en lengua georgiana que designa al vino es gvino. En el blog español Top Cuina leí que la primogenitura del vino en Georgia “se pone de manifiesto en la exposición permanente que encontramos en la primera planta del Museo del Vino de Londres (Vinopolis), cuyo recorrido comienza precisamente relatando el papel de Georgia en el origen del vino”.

Otros historiadores del vino señalan que hace poco más de cinco milenios, en algún punto ribereño del Mar Negro, fue  donde por primera vez, quizá en forma accidental, los hombres comenzaron a elaborar vino, al producirse la fermentación espontánea del jugo fresco de uvas contenidas en vasijas o ánforas, en las cuales era almacenados para ser consumidos como frutos frescos.

Del Medio Oriente, la tierra donde se presume nació la vitivinicultura, la vid fue llevada a Grecia, y más tarde los romanos se convirtieron en los máximos propagadores ese cultivo, ya que al mismo tiempo que las legiones de Roma llegaban a los cuatro puntos cardinales del mundo entonces conocido, se sembraban viñedos en Germania, Britania, Galia, Iberia, Lusitania y la península italiana, a la cual 30 siglos atrás los griegos habían dado el poético nombre de Oinotria, que significa “la tierra del vino”.

También en Egipto, la tierra de los faraones, floreció el cultivo de la vid, y por ende la elaboración del vino, hace aproximadamente tres mil años. Recordemos que en la tumba de Tutankamón, fallecido en el año 1354 A.C., a la edad de 18 años, fueron encontradas tres ánforas que, en su momento, contenían vino de tres tipos diferentes; blanco, tinto y uno dulce, según pudo conocerse merced las recientes investigaciones de María Rosa Guasch, de España.  En esos recipientes se lee la palabra Irep, que designa a ese delicioso néctar etílico. La Bodega española Santalba, de la Denominación de Origen Calificada Rioja, elabora hoy en día un vino tinto de este nombre.

Divinidades del vino
Era tan señalada la importancia del vino para los pueblos de edades pretéritas, especialmente para aquellos del Medio Oriente y el archipiélago helénico, que muy pronto surgieron numerosas figuras tutelares, a quienes los habitantes de esas regiones otorgaron el rango de divinidades del vino. Los indoarios consideraban que Soma era el numen que les había enseñado la manera de elaborar vino.  Para los egipcios era Osiris  (el esposo de Isis) quien les transmitió ese conocimiento. Los vedas daban el nombre de Brama a un dios similar, mientras que los frigios lo llamaban Sabacio. El pueblo iraní denominaba a esa deidad Haoma, en tanto que los caldeos consideraban a Xiutros el numen tutelar del vino. Para los sumerios esa divinidad era Gestin, y los etruscos dieron el nombre de Fufluns a esa deidad del vino.



Los nombres más conocidos del dios del vino, de acuerdo a otras mitologías, son  Dionisios y Baco. En la civilización griega estaba muy difundido el culto a Dionisios, considerado hijo de Zeus  --el padre de los dioses, quienes moraban en el Olimpo--- y de Sémele, la diosa de la Tierra. Las festividades en honor de Dionisios recibían el nombre de Dionisiacas. Para los romanos, herederos directos de la prodigiosa cultura helénica, el dios del vino era Baco, hijo de Júpiter y de Sémele. Los festejos en su honor eran llamados Bacanales.

En Mesoamérica no se conoció el vino en la época previa a la llegada de los conquistadores españoles. Los pobladores de estas regiones conocían y saboreaban el pulque, una bebida fermentada obtenida del aguamiel, extraído del maguey. A esa néctar etílico le dieron el nombre de Octli, o de Iztac Octli. Los primeros pobladores de estas tierras tenían como deidades vinculadas al pulque a Mayáhuel, a Ometochtli y a Tezcatzontécatl.

El vino en el continente americano

Pasados los siglos, cuando tuvo lugar el descubrimiento de América, en 1492, se fue tornando considerable el envío, en los cargamentos de los barcos que se dirigían al Nuevo Mundo, de importantes cantidades de barricas con vino, ya que los españoles incluían, de manera señalada, esta saludable bebida en su dieta cotidiana. Las flotas que salían de Sevilla o de Cádiz con destino a las Indias Occidentales  ---como solía designarse a las tierras recién descubiertas---,  transportaban gran cantidad de barricas con vino, que viajaban sujetas a todos los accidentes ocasionados por una prolongada navegación transatlántica. Por esta razón, se pensó en la necesidad de intentar el cultivo de la vid en aquellos lugares donde las condiciones climáticas fuesen apropiadas para la vid, como primer paso para obtener vino.



A este particular asienta Luis Hidalgo en su ensayo Notas históricas sobre los orígenes españoles del cultivo de la vid en América: ”El vino constituía en los siglos XV y XVI un complemento indispensable en la dieta del pueblo español, y por ello, desde el primer momento está su presencia en los bastimentos de las expediciones del descubrimiento y colonización de América. Se hacía necesario e imprescindible para los tripulantes, gentes de armas y colonizadores que tomaban parte en las mismas, pues el vino se consumía como alimento, como medicina y como reparador de fuerzas”.



En América, y sobre todo en la Nueva España, los colonizadores encontraron uvas silvestres diferentes de la Vitis vinífera europea (de la cual, se asegura, se han derivado más de seis mil variedades), la especie más apropiada para producir vinos de buen sabor y calidad. En las Indias Occidentales había otras especies, como la Vitis rupestris, la Vitis berlandieri, Vitis cinerea y la Vitis labrusca, con las cuales  llegaron a elaborar vinos ásperos y poco gratos al paladar.



El vino en México hace cinco siglos

Juan de Grijalva es considerado el primer europeo que bebió vino acompañado de varios señores aztecas en tierras que hoy llevan el nombre de México. El navegante español, siguiendo los pasos de Francisco Hernández de Córdoba   –quien en 1517 había explorado parte de la costa de Yucatán–, encabezó una expedición ordenada por Diego Velázquez, gobernador de Cuba. En enero de 1518 zarpó Grijalva de la ciudad de Santiago de Cuba y recorrió la costa de la isla de Cozumel y una parte del litoral de la península yucateca hasta llegar a ”las playas de la actual San Juan de Ulúa, a la que llamó Santa María de las Nieves, primer nombre español en México”. Antes, en el río Banderas, recibió a los emisarios de Moctezuma  Xocoyotzin, noveno señor mexica. Algunas referencias bibliográficas mencionan que el 24 de junio de 1517 se bebió vino por primera vez en México en una comida ofrecida por Juan de Grijalva a cinco enviados del monarca azteca. Lo más probable es que ese ágape haya tenido lugar ---si acaso ocurrió dicho encuentro entre aztecas e hispanos--- en junio de 1518, fecha en la cual Grijalva se encontraba en la zona de influencia del tlatoani mexica.


 
De la misma manera, sin que quienes lo aseguran ofrezcan certeras pruebas testimoniales, se afirma que el 17 de agosto de 1521, una vez caída la capital del imperio azteca en poder de las huestes de Hernán Cortés, el capitán extremeño dispuso un banquete para celebrar su victoria sobre Cuauhtémoc, así como que en ese festín se consumió mucho vino. Tengo la certeza de que en ese condumio, si acaso se realizó, no se bebió vino, y para ello argumento lo siguiente: Cortés llegó en abril de 1519 a Veracruz y después de todas las peripecias registradas para apoderarse de Tenochtitlán, el 13 de  agosto de 1521  –incluida la trágica huida de la mal llamada “noche triste” y el enfrentamiento con el ejército de Pánfilo de Narváez–,   muy dificultoso sería que dispusiese de vino para tal comilona, que afirman tuvo lugar apenas caída la capital azteca en poder de los conquistadores españoles.   


 
En un texto periodístico de 1992,  publicado en Revista de Revistas, Jorge Laso de la Vega menciona que “La Nueva España se convirtió en el principal destino para los vinos y licores de la península ibérica. Tan sólo durante el gobierno de Cortés dieciséis barcos hispanos llegaban cada año procedentes de Cádiz cargados hasta las bordas con Jerez de Chiclana y Puerto Real y licores de Sanlúcar de Barrameda y Sevilla.... Se ha establecido con certeza que no menos de cincuenta navíos de alto  bordo, cargados con toneles de vinos arribaban cada año a la Villa Rica de la Veracruz, además de las dieciséis embarcaciones de Cádiz”.



Corresponde a Hernán Cortés el mérito de haber sido el primer promotor del cultivo de la Vitis vinífera en México, el primer sitio del continente americano donde comenzó a ser cultivada regularmente la vid. El 20 de marzo de 1524  –otros dicen que el 24 de marzo del mismo año–  firmó las Ordenanzas de buen gobierno dadas por Hernán Cortés para los vecinos y moradores de la Nueva España. Luis Hidalgo, enólogo español, afirma que estas Ordenanzas se hallan  en el Archivo del Duque de Terranova y Monteleone, en el Hospital de Jesús, de la ciudad de México. En el decreto signado por Cortés queda asentado que “cualquier vecino que tuviese indios de repartimiento sea obligado a poner en ellos en cada año, con cada cien indios de los que tuviera de repartimiento, mil sarmientos, aunque sean de la planta de su tierra, escogiendo la mejor que pudiera hallar. Entiéndase que los ponga y los tenga bien pesos y bien curados,  en manera que puedan fructificar,  los cuales dichos sarmientos pueda poner en la parte que a él le pareciere, no perjudicando tercero, y que los ponga en cada año, como dicho es, en los tiempos en que convienen plantarse, hasta que llegue a dicha cantidad con cada cien indios cinco mil cepas; so pena que por el primer año que no las pusiere y cultivase,  pague medio marco de oro. (Ítem) que habiendo en la tierra plantas de vides de las de España en cantidad que se pueda hacer, sean obligados a engerir las cepas que tuvieren de las plantas de la tierra” (sic).



  Resulta admirable advertir el método empleado por los españoles para hacer de la profusión de vides silvestres el cultivo de la Vitis vinífera.  Es  evidente que sobre las cepas silvestres se procedió a injertar las vides españolas. Por ello el juicio de Luis Hidalgo es certero al afirmar: “Es indudable la gran visión de Hernán Cortés al llegar a establecer, en el año 1524, la injertación de la Vitis vinifera como práctica vitícola, cuando ello no se realizaba en el resto del mundo, con más de 350 años de anticipación a cuanto la mencionada práctica se hizo necesaria en el cultivo de la vid, como consecuencia de la invasión filoxérica en Europa”.
 


Hacia 1531 el emperador Carlos I de España y V de Alemania (1500-1558) ordenó que todos los navíos con destino a las Indias llevasen “plantas de viñas y olivos”, pues se consideraba conveniente que los viñedos y olivares se multiplicasen por doquier  en la extensa superficie de las colonias hispanas en América. Por esta razón se mostraba muy prometedor el cultivo de la vid en la Nueva España, cuyos principales propagadores eran los misioneros, quienes requerían de las uvas para elaborar el vino necesario para oficiar las misas. De esta manera, los viñedos crecieron en torno a los conventos en forma semejante como había ocurrido en Europa siglos atrás.



Cabe agregar que el cultivo de la vid en la Nueva España tiene sus orígenes en el viñedo de la península ibérica, a donde había sido llevado, hace unos veintisiete siglos, por los fenicios y por los griegos. De España se propagó luego al continente americano, siendo nuestro país el primero en América donde se cultivó regularmente la milenaria planta de la vid. Posteriormente desde México sería llevada a Perú, a Chile y después a Argentina. En alguna otra crónica acerca del devenir secular de la industria vitivinícola nacional escribí que el viñedo de la Nueva España comenzó a extenderse a partir de la ciudad de México, la capital del virreinato más floreciente de la metrópoli hispana en América, hacia las regiones septentrionales: Querétaro, Puebla, Oaxaca, Guanajuato y San Luis Potosí, Más tarde fue llevado a  tierras septentrionales de las provincias de Nueva Galicia, Nueva Vizcaya, Nueva Extremadura y Baja California, alcanzando igualmente un gran desarrollo en el Valle de Parras.  La Misión de Santa María de las Parras, en tierras de la Nueva Extremadura, fue fundada en 1568 por fray Pedro de Escobedo, pero debido a la belicosidad de los aborígenes de esa región fue abandonada a los pocos años.  Lorenzo García, después de “haber sentado allí sus lares”, construido su casa y vivir de los frutos y cosechas de esa tierra, solicitó una “Merced” al Rey de España, misma que recibió en agosto de 1597. A tan  lejanos años se remonta la historia de la primera  vitivinícola del continente americano, que hoy en día lleva el nombre de Casa Madero”.
 


En un artículo periodístico publicado hace varios años asenté que “Se tiene la certeza, como  asevera José Milmo (QEPD), quien fuera por muchos años Director General de Casa Madero,  que “El primer vino americano fue hecho por el grupo de colonizadores españoles  que, en 1574,  llegó al Valle de Parras en compañía del Jesuita Pedro de Espinareda. Ellos, al ver los manantiales de agua y la profusión de parras silvestres de la región, decidieron establecerse en el valle y fundar la Misión de Santa María de las Parras, en donde elaboraron el vino con las uvas cosechadas de las parras silvestres de la región”.
   


Tiempo después los misioneros jesuitas llevaron, a finales del siglo XVII, el cultivo de la vid, a la Baja California. En 1697 el misionero jesuita Juan María Salvatierra fundó la Misión de Nuestra Señora de Loreto Conchó, en la costa del Gofo de California. Esta fue la primera misión permanente en aquellos distantes parajes, que fungió, durante varios siglos, como ciudad capital de ambas Californias, la Baja y la Alta, desde donde se habría de irradiar ese cultivo hasta las tierras más septentrionales. Fray Juan de Ugarte trasladó parras de Vitis vinifera a la Misión de San Javier, en los primeros años del siglo XVIII, y desde allí los religiosos de esa orden difundieron esta actividad agrícola a regiones más septentrionales, donde fundaron ocho misiones. Se asegura que fue en la Misión de San Javier, hoy en día en la vecina entidad de Baja California Sur, donde se elaboró vino por primera vez, en aquellas lejanas tierras peninsulares.



Fray  Junípero Serra, monje franciscano, llevó desde Loreto ese cultivo a la Alta California, en 1769, donde fundó la Misión de San Diego de Alcalá, en torno a la cual creció la ciudad de San Diego. Los viñedos sembrados por este monje mallorquino constituyen el antecedente directo de la pujante industria vinícola del estado de California, ya que estableció nueve misiones desde San Diego hasta San Francisco,  en tierras ahora pertenecientes a Estados Unidos de América. En su tarea, encomiable en grado superlativo, lo mismo atendía  las necesidades espirituales de los naturales que evangelizaba, cultivaba las viñas y elaboraba vino.



Si bien a Junípero Serra se le tiene por el pionero de la vitivinicultura en California ---y, por ende, de esta industria en el vecino país del norte---, es preciso mencionar que los historiadores aseveran que en 1619  –150 años antes de la llegada del monje franciscano a San Diego–, lord Delaware hizo llevar a la colonia de Virginia vides procedentes de Francia y Alemania, lo mismo que viñadores europeos para promover la elaboración del vino. En 1623 la Junta Colonial de Virginia dictó una ley que obligaba a cada colono residente a plantar diez viñas con miras a difundir su cultivo. También he encontrado noticias acerca de que en 1609 los misioneros franciscanos llevaron a Nuevo México  (a la sazón territorio sujeto a la hegemonía del virreinato de la Nueva España)  el cultivo de la vid con la finalidad de elaborar vino, para celebrar la ceremonia de la misa.



La inicial bonanza registrada por la vitivinicultura novohispana en el siglo XVI,  y  la consiguiente disminución de la exportación de vinos hispanos, de Andalucía, principalmente, hacia las tierras recién conquistadas e incorporadas a la corona española,  despertó profundo disgusto a los productores españoles, quienes vieron amenazados sus intereses por la merma que se venía registrando en los envíos hacia la Nueva España. Por tal motivo, Felipe II  (1527-1598),  hijo y sucesor de Carlos I de España y V de Alemania,  prohibió, en 1595, que fuesen plantados nuevos viñedos en América, y también ordenó que fuesen destruidos los ya existentes. Siglos más tarde, en el año 1803, el virrey José de Iturrigaray recibió instrucciones del rey Carlos IV (1748-1819), en el sentido de que debían ser arrancadas las viñas de la Nueva España, “porque el comercio de Cádiz se queja de la disminución en el consumo de vinos de España”.
 


Miguel Hidalgo y Costilla, iniciador de la guerra de independencia, promovió la vitivinicultura en la Intendencia de Guanajuato. Durante su gestión como párroco del poblado de Dolores, de 1803 a 1810, fomentó el cultivo de la vid y la consecuente producción de vino. He  leído en algún libro que el vino elaborado por Miguel Hidalgo gozaba de señalado aprecio por quienes lo degustaban.



Cuando Agustín de Iturbide fue emperador de México trató de fomentar la incipiente industria vitivinícola nacional, para lo cual en 1824   –tres siglos después del decreto expedido por Hernán Cortés–,  ordenó que se aplicasen impuestos hasta de 35% a los vinos importados como una forma de estimular  la producción en México. En 1843 Antonio López de Santa Anna, atendiendo las recomendaciones de Lucas Alamán, ministro en su gabinete, fundó la Escuela Nacional de Agricultura, en Chapingo, desde donde se procuró favorecer la difusión de las viñas en territorio mexicano
 


 En 1870 fue fundada la Bodega de San Luis Rey, en la población de San Luis de la Paz, en el estado de Guanajuato. De esta bodega (de la cual ignoro donde estaban ubicados sus viñedos) conviene decir que su actividad era en extremo polifacética, ya que a más de un vino tinto “tipo Rioja” y de un vino blanco seco, elaboraban Vermouth, Amontillado, Málaga, Jerez, Oporto, Moscatel, Brandy y Aguardiente Blanco, así como diversos “vinos de frutas”.  Seguramente contaba con un extraordinario enólogo, experimentado lo mismo en la elaboración de vinos tranquilos y vinos fortalecidos que en destilados y licores de la más diversa índole. En el año 1970 visité esta bodega, propiedad de Rafael Gamba, cuyas cavas están localizadas en los túneles (que recorrí y me sorprendieron por su extensión) que partiendo de la iglesia parroquial llegaban hasta las goteras de la población. En el año 2009, en una nueva visita a esa población guanajuatense, fui informado que ya había desaparecido tan singular bodega.  



Las Bodegas de Santo Tomás se remontan a 1888, y fueron establecidas en el sitio donde en 1791 José Loriente fundó la Misión de Santo Tomás de Aquino. Y en 1907 un grupo de familias venidas de Rusia se asentaron en un predio de la ex Misión de Guadalupe, fundada en 1834 por fray Félix Caballero con el nombre de Misión de Nuestra Señora de Guadalupe del Norte, y allí sembraron trigo para después cambiar ese cultivo  por vides. Estos molokanes fueron los iniciadores de la producción de vino en el Valle de Guadalupe, ubicado a corta distancia al noreste de Ensenada, área geográfica donde se elaboran algunos de los mejores vinos de México.



A  partir de la tercera década del siglo XX comenzó un cierto auge en la vitivinicultura nacional. Abelardo L. Rodríguez, presidente de México de 1932 a 1934, compró las Bodegas de Santo Tomás e instaló en la ciudad de Ensenada una planta vinificadora. En 1936 se establece la Vinícola Regional y un italiano llegado a México, Angelo Cetto,  comienza a elaborar vinos de calidad en el Valle de Guadalupe.



El desenvolvimiento de la industria vitivinícola en México, al paso de los siglos, ha sido en extremo irregular, pasando de unas épocas de incipiente desarrollo ---que permitía avizorar un promisorio auge vinícola---   a otras en las cuales la elaboración de vino ha sido en extremo raquítica, debido a múltiples factores, que incidieron, repetida y negativamente, en lo que  pudiera haber sido una pujante actividad agrícola.  Estos frecuentes altibajos, que han estado presentes en la vitivinicultura nacional, desde el siglo XVIII hasta el XX, han sido los adversos condicionantes a los que han estado sometidos los productores de vino en nuestro país, a diferencia de lo ocurrido con sus homólogos en Chile, Argentina o Estados Unidos de América, donde situaciones de mayor estabilidad política, social,  económica, o simplemente de carácter fiscal, han permitido que esas industrias hayan florecido de manera sorprendente, y por ello, hoy en día, esas naciones ocupan envidiable lugar en el concierto de los países vitivinícolas más importantes del mundo.



El apogeo del vino en México

Es casi seguro que pueda fijarse en la década de los años noventa del siglo pasado el comienzo del más reciente ---y espero sea el más prolongado y duradero---   florecimiento de la vitivinicultura mexicana. Ya habían quedado atrás los aciagos días en que de ochenta y tres empresas productoras de vinos, destinados a catorce firmas comerciales (que había en 1983), para 1989 únicamente quedaban veintitrés empresas, que elaboraban vino para once firmas comercializadoras. A mi parecer, a partir de 1990 los consumidores de vino mexicano pudieron advertir la encomiable calidad que empezó a caracterizar a estos caldos etílicos. Resultado de un  tenaz esfuerzo, de la aplicación de cuantiosos recursos y sirviéndose para ello de la más moderna tecnología, los productores nacionales lanzaron al mercado, tanto nacional como internacional, vinos de mesa de una nueva generación, que muy pronto se distinguieron por su sorprendente calidad, exquisita finura y delicioso sabor.

 

En el mercado interno los enófilos pudieron degustar vinos de plausible categoría, que no tardaron en competir ventajosamente con otros llegados de países tradicionalmente exportadores, como Francia, Italia, España,  Chile, Argentina y Estados Unidos de América. Y si esta era la circunstancia que privaba en el comercio nacional, en la esfera internacional los vinos mexicanos comenzaron a incursionar exitosamente. Al principio fueron tímidos balbuceos, al participar algunos productores en los más importantes concursos internacionales, pero al cabo de unos pocos años los premios y reconocimientos a la calidad de  nuestros vinos fueron más frecuentes. Considero conveniente señalar que, al presente, suman ya más de doscientas las medallas, de oro, plata y bronce, que los vinos mexicanos han alcanzado en infinidad de certámenes enológicos del mayor renombre mundial



Actualmente la industria vitivinícola mexicana se encuentra en un momento de señalada pujanza y encomiable crecimiento. Lo que hasta hace poco más o menos una década eran tímidos balbuceos, se han convertido ahora en sorprendentes realidades. El número de las bodegas vitivinícolas se ha incrementado ostensiblemente en los años más recientes,  y, lo más importante a mi parecer, hoy en día es innegable que los nuevos vinos mexicanos poseen atributos organolépticos de gran clase, que los distingue de una manera muy especial, como ópimo  ---escribí ópimo--- resultado del amoroso cuidado que los enólogos nacionales han desplegado   ---sirviéndose para ello de la tecnología más avanzada---  para elaborar tan exquisitos caldos etílicos.



En el momento actual florece  la vitivinicultura en  diversas entidades del país: en Querétaro (la  región vinícola más meridional de nuestro país), en la zona de Ezequiel Montes, la empresa Freixenet de México produce magníficos vinos. Al igual de Vinícola La Redonda y Viñedos Los Azteca. Igualmente es promisoria la vitivinicultura en los estados de Aguascalientes, Chihuahua, Guanajuato y Zacatecas. En Coahuila se localiza, en el Valle de Parras,  Casa Madero, prestigiada empresa cuyos excelentes vinos han merecido numerosas preseas en múltiples certámenes enológicos internacionales. En ese mismo estado producen vinos de mesa otras tres compañías: Bodegas del Vesubio, Bodegas Capellanía y Bodegas Ferriño. En las proximidades de la  bajacaliforniana ciudad de Ensenada, a una distancia de cuarenta kilómetros, en los Valles de Guadalupe ---, de San Antonio de las Minas,  de San Vicente Ferrer, de Ojos Negros, de las Palmas y de  Santo Tomás, funciona un creciente número de compañías vitivinícolas, entre las cuales enlisto, por orden alfabético, a las siguientes: Adobe de Guadalupe, Barón Balché, Bodegas San Rafael , Bodegas de Santo Tomas, Casa de Piedra, Cavas Valmar, Chateau Camou,  Domecq,  L.A.Cetto,  La Llave Cru Garage,  Montefiori,  Mogor Badan, Monte Xanic, Vinícola Tres Valles, Vinisterra, Vinos Bibayoff, Viñas Pijoan, Viñedos Lafarga  y  Vinos y Vides Bajacalifornianas.

 

Es interesante consignar que al concluir el siglo XX, en el año 2000, había siete bodegas en los valles aledaños a Ensenada, el epicentro de la vitivinicultura estatal, y que doce años más tarde funcionan más de setenta, la mayoría de ellas denominadas “bodegas boutique”, cuya producción vínica es el llamado vino artesanal. Se estima que las mismas, también denominadas “bodegas garage”, o “de autor”, alcanzan, cada una producción inferior a las cinco mil cajas  (sesenta mil botellas), cada año.

 

De aquellos lejanos tiempos a nuestros días han transcurrido casi ocho décadas. La industria vitivinícola mexicana ha sorteado infinidad de obstáculos y superado numerosas vicisitudes hasta consolidarse de una manera ostensible. La finura y excelencia de los vinos elaborados en nuestro país son reconocidas tanto nacional como internacionalmente. Las numerosísimas medallas de oro, plata y bronce alcanzadas en concursos internacionales por las mencionadas empresas vitivinícolas, constituyen el mejor testimonio del reconocimiento que en otras latitudes se le  otorga a estos néctares báquicos nacionales.

El relato anterior constituye la esencia de la plática dictada por Miguel Guzmán Peredo, Director General del Grupo Enológico Mexicano, en ocasión de la trigésimo quinta cena de la serie Gastrónomos y Epicúreos, de dicha agrupación de enófilos. En el salón “Diamond A”,  del hotel St. Regis México City, se llevó a cabo esta disertación

Mientras daba comienzo la charla los asistentes degustaron, a manera de aperitivo, el vino Pinot Gris Reserva, cosecha 2008, que es un monovarietal de esa cepa elaborado en el Valle de Uco, en la Provincia de Mendoza, Argentina. Este delicioso caldo báquico es elaborado en la bodega Francois Lurton, ubicada en esa ciudad argentina.

Al concluir la plática los asistentes pasaron al salón comedor “Diana”, de dicho hotel ubicado en el Paseo de la Reforma, de la ciudad de México, donde fue servida una exquisita cena, diseñada por Guy Santoro, el Chef Ejecutivo de ese establecimiento, y confeccionada por Sergio Esquivel, sous chef.  Antes de dar principio a tan deleitable manducatoria escuchamos las palabras de Fernando Cano,  Gerente Comercial de la empresa La Selección del Sommelier, cuyos vinos fueron degustados esa noche. Hizo referencia a que Francois Lurton tiene bodegas en Francia, Argentina, España, Portugal y Chile. Uno de sus vinos es el Pinot Gris, degustado inicialmente. Después mencionó a la bodega chilena Viña Ventisquero, productora del vino Ramirana Merlot Gran Reserva, cosecha 2001,  que ostenta la Denominación de Origen Valle de Maipo, de Chile. Es un vino untuoso, aterciopelado, resultado de la crianza de catorce meses en barrica de roble francés. Con este vino y con el blanco, previamente evaluado, acompañamos los exquisitos platillos. Como entrada: Ensalada de Hongos y Ejote con Vinagreta Antigua, Láminas de Foie Gras y Jamón de Pato Ahumada. En seguida sirvieron Sopa de Mejillones al Azafrán, Juliana de Verduras. El platillo principal fue Lechón Lechal Crujiente Confitado Con Frutos Secos, Pera con Arándano, Polenta de Maíz, Apio Confitado. Y el postre, un exquisito Bizcocho de Cacahuates y Chocolate al Caramelo Blando, Helado de Vainilla. Como remate de esta sibarítica cena, una taza de aromático café express.

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Miguel Guzman Peredo




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