Año VNumero 89
| firman en esta edición | |
| Tatiana Suárez Queridos Reyes Magos | |
| Joan Berenguer El Consejo Regulador de La D.o.ca. Rioja Presentó Sus Añadas | |
| Matteo Gaffoglio El "dulce Secreto" de La Sacher-torte y Su Hotel | |
| Karina Pugh Briceño La Sorpresa Y, Sobre Todo, La Memoria | |
| Jordi Gimeno Cocinero en Serie (último Capítulo, 3ª Entrega) | |
| André Bonnaure Navidad Cocinera | |
| Ernesto Gallud Mira Queremos Conocer A...gabriel García Ubiña | |
| Antonio Gázquez Estofado de Rabo de Toro | |
| Francisco J. Aute por San Martín | |
| José María Suárez Gallego La Repostería Conventual de La Provincia de Jaén | |
| José Luis Armendáriz Globalización y Cocina | |
| José Manuel Peláez El Arroz Meloso con Setas Del Restaurante Casa Carlos (asturias) | |
| Jimena Fiol Dulce Navidad Peruana de Ayer y de Hoy | |
| Ana Tellería Cocción en Medio Acuoso ( I ) | |
| Andoni Sarriegi Alimentos de Ida y Vuelta | |
| Celia Escuela Integral Gastronomía Los Postres Argentinos: Tradición y Creencias | |
| nuestros reportajes | |
| Los Sucesos de Rafael López-quintano de Ballesteros (1er Capítulo, 2ª Parte) |
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| Restaurante La Sarga, Jaén Guía de Restaurantes de José Oneto |
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| Hotel Husa Santo Domingo, Córdoba Guía de Restaurantes de José Oneto |
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Al arreciar los rigores del invierno, cuando los fríos aprietan y los campos yacen abatidos bajo el hielo y la escarcha, los cerdos tienen sobrados motivos de preocupación, pues comienzan a darse las condiciones ideales para organizar matanzas y se aproxima el momento en que sus carnes inicien un periplo que, llevándolas por cámaras de humo, desvanes, orzas y pringues, acaben haciendo las delicias de cuantos no han recibido de los cielos tabúes puñeteros que, como a judíos y musulmanes, les priven de tanta suculencia. Si sabido es que a cada cerdo le llega su San Martín, en estas sierras sureñas, San Martín, 11 de noviembre, se queda un poco a trasmano porque el frío invernal, que es aliño necesario en los productos de la matanza, no viene siendo por estos pagos tan madrugador como en tierras más afectas a San Martín, por lo que diciembre resulta ser mucho más apropiado a los menesteres matanceros. En cualquier caso, como el calendario anda más que sobrado de santos, una vez metidos en diciembre, cada cual escoge el santo, beato, virgen o mártir que más le convenga y hará de ese día el dies irae de sus gorrinos. La matanza, además de ser el expediente necesario para ver transubstanciados en carnes y embutidos los mimos y cuidados que se le dispensaron a los cerdos hogareños a lo largo del año, es también un momento de encuentro social y familiar donde se expresan y fortalecen vínculos y lazos, santificado todo por la sangre propiciatoria de la víctima porcina. Con cuanto tiene de rito y tradición, es evidente que la matanza del cerdo arraiga sus orígenes en tiempos muy anteriores a la Historia habiendo variado muy poco en sus métodos y elaboraciones con el paso de los siglos. Buen ejemplo son las citas y recetarios griegos y romanos llegados hasta nosotros, donde ya se describen embutidos y salazones en nada diferentes a los nuestros, y que hacían las delicias de los Lúculos, Apicios y otros Sabarines de la antigüedad. Precisamente Apicio en sus recetarios nos declara su predilección por las salchichas de Lucania, o por ciertas morcillas condimentadas totalmente como las de hoy. |
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El oficiar debidamente una matanza, requiere contar de antemano con los deudos y amigos que participarán para así poder encontrar el momento idóneo para todos, sin olvidarse de diversas rogativas a los santos patrones matanceros para que ese día contengan las lluvias que, en estos oficios de sangre y condumios son asaz molestas. En general los preparativos comienzan el día antes cuando, a espaldas de los cerdos que rezongan bienaventurados en sus cochiqueras, se reúnen las mujeres para preparar los condimentos necesarios. Mientras unas pelan ajos y más ajos, cientos de ajos, otras pican las calabazas, vigilan el arroz o parten las cebollas con un casco de las mismas sobre la cabeza en un inútil intento de conjurar las lágrimas. Y, si las lágrimas son escasamente contenidas, no menos incontenible resulta el torrente de informaciones sobre las más recientes consejas del burgo, el barrio y la calle, sin olvidar mencionar las últimas andanzas de aquella vecina un tanto atrevida, de la que más vale guardar a los maridos. Llegada por fin la mañana en que para los cerdos, como diría el antifonario, solvet saeclum in favilla, es la hora de hacerse con ellos e inmovilizarlos, lo que no siempre es fácil, sucediéndose las carreras, los acosos y varios espectaculares resbalones en el barro, no faltando nunca alguna vecina que, queriendo contemplar la lidia demasiado cerca, resulta atropellada sin miramientos por algún marrano en desbandada. Una vez muertos los animales, éstos son chamuscados con ramas de aulagas encendidas para despojarles de pelos y cerdas, tarea que se remata con repetidas friegas propinadas con un ladrillo, aunque últimamente los sopletes de gas suplen, eficiencientemente pero sin aportar colorido, a las aulagas. Tras la sesión de peeling, los cerdos comienzan a ser despiezados sobre las largas mesas de matanza, mientras que en varias fogatas, se hierve agua en grandes calderos para utilizarla luego en limpiar tripas, cocer morcillas y baldear suelos. El humo y el frío son ingredientes indispensables en cualquier matanza que por demás, suele estar amenizada por las voces, carreras y, últimamente, perversos patinetes, de los críos que, encontrando relajada ese día la vigilancia, campan por sus respectos con gran alboroto. Este atrezzo de calderos, humos y críos no estaría completo sin la tradicional abuela que en alguna de las candelas voltea una y otra vez las necesarias migas mientras increpa rutinariamente a los enanos que, con sus carreras y galopinadas, amenazan con tirar por tierra trébedes, perola y migas. En tanto que algunos combaten el frío con breves tragos de aguardiente, los roscos y pestiños comienzan a circular entre la concurrencia a la vez que hace su primera aparición el vino de pitarra que no tardará mucho en ser seguido de las orejas y morros fritos de los cerdos, repartidos como golosina y anticipo de más y mejores suculencias. |
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Mientras tanto, la máquina picadora ya habrá terminado de desmenuzar los ajos, patatas, calabazas y otros aliños preparados el día anterior y estará lista para emprenderla con carnes y tocinos. Con las tales carnes y grasas adobadas con ajo, sal y pimienta en grano, se prepara la masa para los salchichones. Para los chorizos en cambio, a la carne y la grasa se añade además del ajo y la sal, pimentón, orégano y vino blanco, en tanto que la pimienta se incorpora molida. |
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Al día siguiente se procederá al embuchado, tarea que por lo regular suele estar encomendada a un animado y festivo coro de mujeres, y mientras una maneja la máquina y otra se cuida de ir controlando el llenado de las tripas, las demás van atando los embutidos y pinchándolos con agujas para que no revienten durante el secado. Tocinos, morcillas, chorizos y salchichones serán colgados en los oscuros y fríos desvanes, siendo seguidos pocos días después por los lomos que entre tanto han estado en adobo. No mucho más tarde, los jamones, que han reposado enterrados en sal a razón de día y medio por cada kilo de la pieza, ocuparán el sitio de privilegio y veneración que por derecho tienen reservado en el desván. Justamente con esta cuelga de los jamones, finaliza todo el proceso y, el año que viene, vuelta a empezar. La señora Longaniza se quiere casar mañana; con el señor Pedro Lomo pariente de la Papada; el Morcón será el padrino, la Morcilla, convidada. ¡Quien fuera a ese casamiento, de familia tan honrada!... (popular de Extremadura) |
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