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Año XIINumero 198


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Manuel Bolivar

Cafés de Praga
CRÍTICA LITERARIA
'Cafés de Praga', de Harald Salfellner. Ed. Vitalis

El café es, en muchas culturas, un elemento esencial a la hora de establecer el valor de una buena compañía; a su alrededor se sucede la política, el teatro, la poesía misma y muchas cosas más. Por eso resulta curioso, y de mucha utilidad, el trabajo de Harald Salfellner, Cafés de Praga, que no es otra cosa que una amena y variada invitación a la cultura del café en la bella ciudad de Praga, cuya fecha es de principios del siglo XVIII, cuando un caballero de origen oriental, procedente de Damasco, arriesgó su poca fortuna en las orillas del río Moldava, en el barrio Mala Strana, administrando un pequeño espacio para ofrecer su bebida más armoniosa y aromática.

El señor Harald Salfellner, con gran acierto, crea un pequeño volumen, que sirve de guía y estudio, acerca de las virtudes de esta bebida, y deja muchos detalles sobre el periplo que recorre a lo largo de toda la ciudad; una cultura promovida por este caballero de Damasco, Georgius Deodatus Damascenus, que fundó para siempre, una predilección por el café. Tanto, que la historia del mismo está ligada a la de la ciudad, en una simbiosis, que resume el acontecer del espíritu praguense, y que deja a lo largo de su recorrido, las señales de cómo un pueblo se apoderó de un arte antiguo, y lo convirtió en emblema de una sabiduría que atravesó el carácter monárquico, y supo nutrirla con su apego a las disciplinas humanísticas, que están reflejadas en la variedad de sus cafeterías, que hoy son indispensables para conocer esta joya centroeuropea.

Comienza, como es debido, con la evocación de leyendas, como el Kavarna Unión y el Café Edison, la Deminka y la Continental, pilares de una historia entrelazada con el acontecer de sus antiguos barrios y su propia cultura, que desaparecieron, pero se recuerdan al momento de

descifrar la influencia enigmática del café en esta hermosa ciudad. Y así, a través de un lenguaje sencillo y contundente, despierta el interés por conocer más de este palpitante acontecer, que el visitante va a descubrir gracias a estas bellas páginas, cargadas de detalles y de una descripción de los locales, sean de lujo o de corte popular.

Está la Kavarna Lucena, recinto de una oscuridad impecable, situado al lado de una sala de vieja alcurnia, que floreció con el cine mudo, en los alrededores de la famosa plaza San Wenceslao. Un sitio concurrido por los amantes del séptimo arte, que encontraron en su barra y en sus lámparas conciliadoras, un verdadero catalizador para las ideas y la buena tertulia. Por allí pasó el gran Vaclav Havel, excelente dramaturgo y creador de un nuevo libreto político para esta nación tan digna y luchadora.

También el lector puede pasear por otros conceptos, como el Café Puskin, que debe su nombre al gran escritor ruso, debido a que en esta ciudad sus obras gozan de muy buenos fanáticos. Y aunque es un local de dimensiones reducidas, es el predilecto para probar el svarak (vino caliente), y de los buenos resultados de la llamada Perestroika, que acercó muchos turistas rusos a las orillas del Moldava. Una señal alentadora del posible triunfo poscomunista. Y, como es lógico, una muestra del alma de un pueblo, que no cesa en su búsqueda de una libertad con mayúscula.

El Café Franz Kafka, lugar de mucha estridencia, que lleva el nombre del gran autor de novelas y cuentos. Aunque el mismo Harald Salfellner advierte que está rodeado de una extraña acústica, creemos que el creador de obras como El Castillo y El Proceso, también percibió las raras disonancias del espacio y el tiempo. Y esa sea la manera, como los muchos jóvenes visitantes, expresen su entendimiento acerca de esta sensibilidad personal que reflejan sus libros. Y que consigan regocijo, en la pequeña terraza donde abundan lectores, y quién sabe, si un nuevo genio no se encontrará en esta lista de habitúes silenciosos y consecuentes.

Está el <b<Square, que es continuación del antiguo Malostranka Kavarna, espacio donde ocurrieron buena parte de las discusiones acerca del pasado político y económico del país, animado por gente del pueblo, que supo darle a su humilde taza de café el valor como instrumento fiel y de proporciones inalcanzables, para la preparación de cargar con el peso de su propia historia. Así mismo está el de los madrugadores, el Kavarna Meduza, un sitio de espejos y sillas con su auténtica historia, muy conocido por su variedad de cócteles, rodeado de pintores, literatos y aventureros, que le aportan su atractiva escenografía humana y bohemia. Y hay muchos otros cafés donde se escucha excelente jazz, y muestran su carácter cosmopolita, que destellan en este lado, conocido como un Montmartre centroeuropeo.

El libro de Harald Salfellner, Cafés de Praga, en realidad, es una buena entrada para iniciarse en la textura tan humana de esa linda ciudad. Y a través de su lectura, descubrir la trama estética y cotidiana de su gente, que palpita en sus famosas cafeterías, donde como buenos artesanos de la vida, ofrecen más que una taza de esta aromática sustancia; regalan su laboriosa necesidad de compartir experiencias y su importante cultura. Se debe recordar, entre los 50 citados, el Café Blatouch, sinónimo de vida estudiantil y enamoramiento. Un local pequeño donde también asisten los aspirantes de la vieja Facultad de Derecho, para sentirse a gusto entre muebles de épocas antiguas. Y también, un sitio ideal de los enamorados. Nada raro en una ciudad abundante en el amor, que ha llevado este sentimiento a niveles de heroicidad, como aquel gigante Jan Pallach, que convirtió su vida en el reflejo de una epopeya colectiva, que comenzó con su propia muerte. Y una muerte que, por cierto, fue el comienzo de la verdadera libertad para muchos de sus paisanos.
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