Permítaseme, queridos lectores, una pequeña licencia. Hoy no escribe solo el cronista, ni el observador imparcial que intenta contar lo que ve con la distancia justa; hoy escribe un padre, un suegro, un abuelo emocionado. Y confío —más aún, sé— que sabrán comprenderlo, porque conozco su generosidad y su humana mirada ante las alegrías que nacen del esfuerzo y del amor verdadero.
El restaurante Caléndula Tapa, en el corazón de Torremolinos, ha sido distinguido este pasado 24 de marzo con un Solete de la Guía Repsol. Y no es un reconocimiento cualquiera. Los Soletes, creados en 2021, nacen para señalar esos lugares con alma: espacios auténticos, acogedores, donde la cocina es honesta, cercana, sin artificios innecesarios, pero con una verdad que conquista. Lugares donde uno no solo come bien, sino que desea volver.
Y ahí está Caléndula. Coqueto, encantador, acogedor. Un rincón donde cada detalle parece susurrar cariño. Su cocina —moderna, vanguardista— no renuncia en ningún momento a la esencia más pura de la tradición, a esa memoria gastronómica que nos conecta con lo que fuimos y con lo que somos. Cada plato, presentado en formato tapa, invita a un viaje pausado, generoso y exquisito. Aquí no se viene solo a comer: se viene a disfrutar, a compartir, a emocionarse.
Pero si algo eleva verdaderamente a Caléndula es su alma humana. Un equipo extraordinario, cercano, comprometido hasta el último gesto. Personas que hacen suyo el proyecto y convierten cada servicio en una experiencia cálida, casi familiar. El cliente no entra en un restaurante: entra en una casa. Y en esa casa, la felicidad se sirve en cada plato.
Detrás de todo ello están Lorena y Cristina. Emprendedoras, valientes, incansables. Pero, sobre todo, grandes personas. De esas que dignifican cualquier proyecto que tocan. A ellas las quiero con toda mi alma. No solo por lo que han construido, sino también por lo que son… y por esos dos pequeños tesoros, Zoe y Gabi, que han llenado de luz nuestras vidas.
Hoy, este Solete no es solo un reconocimiento gastronómico. Es la confirmación de que el trabajo honesto, el respeto por la tradición y el amor por lo que se hace tienen recompensa. Es también un impulso para esos negocios cercanos, familiares, que hacen barrio, que crean comunidad, que dan sentido a la palabra “hospitalidad”.
Y permítanme, en este punto, una emoción aún más íntima. Mi Loli, que nos dejó hace diez años, habría sido inmensamente feliz con esta noticia. No me cabe duda de que la recibe con alegría allí donde esté, en ese lugar reservado para la gente buena, junto a mi hermana Inmaculada y a mi madre, celebrándolo como solo ellas sabrían hacerlo. Y con ellas, también, Carmen Rodríguez, esposa de Antonio Montiel, que nos dejó hace apenas un año y que tanto quería a Cristina, a Lorena y a mis nietos.
Y junto a todos ellos, Gabi, el padre de Lorena, que nos dejó durante la pandemia del COVID-19 y a quien siempre le tuve un cariño muy especial. Cada vez que acudía a su restaurante, El Botijo, aquello era una fiesta: su forma de recibir, su cercanía y su alegría contagiosa convertían cualquier encuentro en un momento inolvidable. Con él no existían las prisas, solo el placer de compartir, de conversar y de hacer sentir a todos como en casa. Estoy seguro de que hoy también se sentirá profundamente feliz, compartiendo este momento desde ese lugar donde habita la gente buena.
Estoy seguro de que hoy brindan juntos, orgullosos, emocionados.
Porque este Solete ilumina mucho más que un restaurante. Ilumina una historia de esfuerzo, de familia, de amor. Ilumina, en definitiva, la vida.
Y hoy, si me lo permiten, esa luz también me alcanza.