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Año VNumero 82


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Cuatro razones para seguir comiendo caracoles (I)

(Andoni Sarriegi). Indignado por el hecho de que los insectos se zamparan todas la benditas verduras que existen, un hacendado inglés de finales del XIX, de apellido Holt, publicó un libro titulado "¿Por qué no comer insectos?" Aunque la propuesta no llegó a prosperar, el antropólogo Marvin Harris cuenta este caso en su ensayo "Bueno para comer" como ejemplo de que la comida no escapa a la norma según la cual “las gentes hacen lo que hacen por buenas y suficientes razones prácticas”. O sea, que comemos lo que más nos conviene comer.

Y uno de los alimentos más prehistóricos del hombre mediterráneo es el caracol, tal vez el animal más fácil de capturar y uno de los que más estragos causa en nuestros huertos y jardines. Además de seguir una dieta vegetariana, posee en la lengua una lámina áspera, la rádula, que daña a base de raspaduras las partes tiernas de las plantas.

Sin ánimo de invitarles a la antropofagia, ¿qué mejor que convertir en útil, en un "comestible", lo que se demuestra perjudicial? Es mejor olvidarse de las babas e ir llenando la caracolera que quedarse sin hierbabuena y sin vides, sobre todo porque el vino es mucho más útil que el caracol.

En el caso opuesto, los nómadas del desierto, si aún queda alguno, nunca se comerán a sus camellos por la sencilla razón de que vivos resultan más prácticos.

Tal vez haya otra explicación mucho más sencilla para nuestra afición a los caracoles: somos omnívoros. Entre otros bocaditos deliciosos, los hombres devoramos piojos, cucarachas, escarabajos peloteros, arañas gigantes, crisálidas de gusanos de seda, grillos... Y tan ricamente. Lo triste es que, además de ser unos "tragatodo", queramos convertir en omnívoros a los demás animales, pero eso ya es harina de otro costal (harina cárnica, en este caso).

Sea como sea, los caracoles, tanto los terrícolas como los marinos, figuran en el humilde menú mediterráneo desde la época talayótica. En "L’ahir i l’avui de la cuina mallorquina", Miquel Ferrà i Martorell nos recuerda que los habitantes de las cuevas dejaron conchas de caracoles entre los restos de sus comidas colectivas. Por ejemplo, en una de las viviendas megalíticas del poblado de Capocorb Vell, en Llucmajor, se halló entre las ruinas una “taula parada” (mesa puesta) con numerosos fragmentos de vajilla y conchas de bígaros. »»
Hotel Hidalgo, Jaén
GUÍA DE RESTAURANTES DE JOSÉ ONETO

(José Oneto). En pleno centro de Martos, en el Parque Manuel Carrasco, un edificio majestuoso, por sus dimensiones y por su impresionante belleza, de nueva construcción, se alza en lo más alto de esta parte de la ciudad realzando sobremanera un lugar ya de por sí realmente encantador, repleto de la más variada y cuidada vegetación que convierte a la zona en un sitio ideal para el esparcimiento y el relax. »»

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