| editorial | |
| Felices Pascuas por Koldo Royo | |
| firman en esta edicións | |
| Tatiana Suárez Crónicas Parisinas I | |
| Miguel Lobato La Leyenda de Las Flores | |
| Matteo Gaffoglio 1er Rallye Del Vino Doc de Saint Joseph ( I ) | |
| Jordi Gimeno Cocinero en Serie (capítulo V, 3ª Entrega) | |
| José Oneto Cuchara de Palo | |
| André Bonnaure Pasear por Alimentaria 2002 | |
| Ernesto Gallud Mira Imágenes Del Valle de Mena | |
| Antonio Gázquez El Trinchado de Viandas | |
| Contenido patrocinado | |
| Guía de Restaurantes de José Oneto Resataurante "parada de Atobuses", Jaén |
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| Guía de Restaurantes de José Oneto Restaurante "bandolero", Córdoba |
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En París, la ciudad de la luz y del amor, estuve 4 días que me supieron a poco, y tengo intención de volver muy pronto, porque he comprendido que es un gran delito no visitar esta indescriptible ciudad de vez en cuando. De eso hace ya varios años y empiezo a impacientarme por volver. De todas mis andanzas en esta inolvidable ciudad reseñaré sobre todo las de carácter culinario y gastronómico, cada loco con su tema... Cuando pisé su bello y cuidado suelo, después de 30 años, casi se me saltan las lágrimas. Allí estaba ella, tan bella como siempre, con todos sus rincones intactos al paso del tiempo. La dejé siendo una adolescente y ahora regresaba siendo una madre de familia rozando la cincuentena, acompañando a mi marido que acudía a un congreso. Estuvimos alojados en el hotel Ambassador, en el Boulevard Haussman, un hotel con grandes arañas de cristal y mullidas alfombras, a un paso de la Opéra, de los grandes almacenes y de las tiendas más apetitosas. A la hora del desayuno, pretendí que me lo subieran a la habitación (uno de mis mayores placeres cuando estoy en un hotel), pero el precio era tirando a desorbitado y preferí reservar ese dinero para mis compras. Así que hice el esfuerzo de arreglarme por la mañana SIN DESAYUNAR (terrible castigo) y bajar al "Buffet". Nada más entrar en el salón (era más que un comedor), acompañada por el Maître, personaje pintoresco y parisino a más no poder, comprendí que el esfuerzo había merecido la pena. Ante mí se ofrecía un espectáculo esplendoroso: mesas con manteles blancos, cubiertos de plata, tazas de porcelana, lámparas de luz cálida y, en el centro de la estancia, una enorme mesa ovalada de unos 5 metros de largo por unos 2 de ancho, con inmaculado mantel blanco hasta el suelo, sobre la que reposaban toda clase de viandas saladas (salchichas, bacon, patatas, embutidos, quesos), frutas, zumos, cereales, leche en jarras de cristal, bollería infinita, panes múltiples, tarrinas de mantequilla en una gran concha de plata, mermeladas y mieles, yogur cremoso, compotas... evidentemente, no hubiera sido posible gozar de tal desayuno en la habitación. Yo me tomaba mi tiempo para saborear cada cosa entre sorbo y sorbo de café, unas veces sola y otras en compañía de mi marido y algunos compañeros de congreso. Recorría la estancia con los ojos, deleitándome en cada detalle, en cada motivo decorativo, oyendo el susurro de las voces de las mesas vecinas y disfrutando de la bella lengua de Molière. El primer día, que era domingo, salí del hotel a las 9 de la mañana. Hacía fresquito y no había un alma, todo París para mí. Con paso lento y pausado, disfrutando de cada rincón y recordando mis tiempos estudiantiles, me dirigí a la Place de l’Opéra y de allí a la Place de la Madeleine, donde se encuentran las dos mejores tiendas de delikatessen: Fauchon y Hédiard. Tuve que conformarme con pegar la nariz en el cristal de los escaparates, pero disfruté mucho con el panorama. |
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Pasé por la inmensa noria instalada en los jardines e incluso hice tres tiradas en un puesto de la feria para conseguir un osito para mi hija, sin conseguirlo; me marché antes de que la ludopatía hiciera presa en mí. Y volví al hotel, casi por el mismo camino, pues temía perderme, a pesar del plano, ya que mi sentido de la orientación es más bien desastroso. Eran las 4 de la tarde. Continuará... |
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