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Manuel Julbe

Urcicina y las manos milagreras

Por consejo de una gallega de Mondoñedo, sanadora y medio meiga, su madre le daba infusiones ligeras de corteza de sauce blanco para curarle las terribles migrañas que Urcicina padecía las noches de luna llena. Su padre, Celso, chamarilero y buhonero, quedó medio loco tras un encuentro con la Santa Compaña por las montañas luguesas y comer los frutos de los tojos que habían rozado tan fantasmal tropa.

Urcicina decía que ella envejecía más lentamente que los demás y que viviría más de dos siglos; lo cierto era que, a pesar de sus 45 años, su piel era sonrosada y suave como el más fino terciopelo. La gente del pueblo, y sobre todo las mujeres, decían de ella que tenía manos milagreras. Sobre todo para arreglar los guisos. A Honorata, la mujer del afilador, le salvó un botelo medio rancio que le agrió un cocido; imponiendo sus manos en el pote de la Eligia, solterona y con madre senil, consiguió Urcicina quitarle el sabor a quemado de un guisote de garbanzos. La más pesada de todas era Venancia, mujer del sacristán, a la que no había salsa que le ligara: si era una ajada, le salía amarillenta y la mahonesa, se le licuaba.

Cuentan las malas lenguas que la semana anterior al cambio de las estaciones, Urcicina recibía por las noches a una serie de conocidos cocineros a los que les pasaba sus manos por el cuerpo durante horas, sobre todo por las partes pudendas, para incitarles la imaginación y la creatividad. Aseguran que gracias a estas escandalosas prácticas un cocinero francés recibió prebendas de un alto dignatario de la curia vaticana por elaborarle unas aromáticas gelatinas que, según el prelado, le devolvieron su fe en la infalibilidad del Santo Pontífice. La virilidad y las ganas de vivir las recuperó un industrial suizo gracias a un rabo de toro con trufa blanca del Piamonte que Urcicina removió, con cuchara de roble gallego, en la cazuela de un cocinero italiano amante de fados y tangos.

Visité a tan enigmática mujer por encargo de un político al que las sopas de ajo y los guisos con pimientos que le hacía su esposa le producían alguna que otra alucinación y afirmaba padecer manía persecutoria durante las sesiones parlamentarias. Le llevé al padre de la patria unas setas anaranjadas que Urcicina había frotado ligeramente con la palma de la mano. Yo no se si el prohombre ha sanado, pero yo no tengo dolores de cabeza.


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