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Año IIINumero 32

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Manuel Julbe

Higinia y los grandes vinos

Era Higinia hija de un famoso lingüista, profesor en la universidad de Leipzig, capital de la Sajonia alemana; su madre, una hermosa valquiria, modelo en sus años mozos y heredera de una gran fortuna. Ciertamente formaban ambos una extraña pareja que lo único que les unía era su pasión por el vino. No, no piensen mal ustedes; era una pasión intelectual y un consumo comedido por esta bebida, pero lo cierto es que tanto el catedrático como la figurín no dudaban en poner en práctica la famosa frase de François Rabelais en la que el padre de “Gargantúa y Pantagruel” afirmaba con rotundidad que “para bien juzgar el vino, juro que hay que beberlo”.

Durante las vacaciones, Herr Otto, siempre acompañado de su pequeña Higinia, recorría las zonas vinícolas europeas a la caza de reputados vinos o a conseguir alguna que otra rareza; Berta, la madre, le solía sorprender con varias adquisiciones conseguidas en sus giras por el mundo. Al alemán le gustaban a rabiar el denominado “vin jaune”, exclusivo de la francesa región del Jura y considerado por los enólogos como uno de los mejores vinos blancos del mundo - afirmación que su bella esposa estimaba exagerada y digna del desmedido nacionalismo francés. Aseveración que el filólogo estaba dispuesto a defender a capa y espada, aunque le costara su matrimonio, y que incluso le llevó a aceptar una serie de conferencias sobre el origen del nombre de la región y visitar Château-Chalón, cuna de tan excelso elixir.

Y entre magníficos blancos y redondos y aterciopelados tintos, Higinia fue creciendo hasta llegar a conseguir una vasta cultura vitivinícola; la chica, con el pleno consentimiento de sus progenitores, se dedicó a la distribución de los grandes vinos del mundo y a proveer las bodegas y cavas de los personajes más importantes del mundo de las finanzas. A uno de los banqueros más ricos del Japón le suministraba las mejores añadas de Tokay y de Robert Mondavi; numerosas cajas de Vega Sicilia y las rarísimas añadas del champán “Clos du Mesnil”, de las afamadas bodegas Krüg, iban a parar a una cámara acorazada que poseía en el corazón de la Pampa un traficante de armas argentino y un conocido modisto, antiguo amante de la madre, le pagaba el doble por los mejores oportos. Cierta noche, en casa de un respetado y reconocido periodista francés, amigo mío, pude convencerme de sus conocimientos y presenciar una magnífica venta de históricos burdeos a un senador galo. Nunca imaginé que se podía disertar tanto sobre un burdeos. Al final, Higinia me enseñó a beberlo.
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