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José Oneto

De vergüenza

El mundo de la gastronomía cada vez cobra más adictos, lo cual indudablemente es bueno. Pero este aumento de nuevos aficionados al yantar lleva consigo que los especuladores de turno saquen partida al movimiento gastronómico. Ahora todos parecen entender de comer y beber, todos se erigen como expertos en esta materia, todos saben de vino, todos saben de cocina... Luego, a la hora de la verdad, resulta que esos entendidos de boquilla lo que demuestran es ser unos perfectos impostores malévolos que lo que realmente quieren es beneficiarse y enriquecerse rápidamente a costa de esta noble y encantadora actividad como es el Arte Culinario. Sí, un arte como otro cualquiera que mueven unos determinados artistas, los de verdad, que casi siempre permanecen en el más absoluto anonimato, mientras que esos nuevos "técnicos" en la materia alardean de ser ellos casi los inventores del asunto, tan sólo porque, compatibilizando con su actividad principal, deciden engancharse al carro. Esto sólo tiene un nombre: intrusismo gastronómico.

Gente sin ninguna noción de hostelería, procedente del espectáculo, de las letras, la política... que todos tenemos en mente, sin tener la más remota idea, ni espíritu, ni vocación por esta digna actividad, se convierten de la noche a la mañana en empresarios hoteleros. Abren cafeterías, cervecerías, restaurantes e incluso hoteles, a diestro y siniestro, creyéndose hábiles conocedores de los entresijos que encierra esta profesión, como si ésta se aprendiese en dos días.
Y muchos de estos flamantes e insólitos hoteleros de tres al cuarto, tienen la cara dura y desfachatez de discutir con los verdaderos profesionales, por ejemplo, sus jefes de cocina o jefes de sala, cuestiones estrictamente técnicas relacionada con su oficio. Y lo peor es que hasta se lo creen ellos mismos, llegando incluso, en muchos casos, al onanismo mental. Lo que supone un auténtico sarcasmo.

Esto es una falta total de respeto a esas miles de personas, mujeres y hombres, que desde muy temprana edad han estado, y están, ahí luchando por este sector, gente humilde y anónima que con su duro trabajo y tremendo esfuerzo siempre en silencio han hecho posible situar a este maravilloso y apasionante mundo en el lugar que le corresponde.

Pero el intrusismo en el mundo de la gastronomía, de esas gentes ávidas de incrementar sus ingresos de una manera rápida, no acaba exclusivamente en suplantar a esas personas fidedignas que se dedican a esto de toda la vida, trabajadores o empresarios, sino que el fisgoneo en este asunto del comer y el beber va más allá. A menudo vemos en determinadas televisiones, algunas de ellas públicas para más INRI, a gente que hace programas de cocina que para freír un huevo no saben si echar antes el huevo o el aceite. O en determinadas tertulias radiofónicas, de conocidas emisoras, solemos escuchar a contertulios que no tienen la más remota idea de los fogones, dar consejos de cocina. Y ya para colmo de la cara dura, por si fuera poco, algunas actrices, que todos sabemos, hasta escriben libros de cocina. Desde luego la desvergüenza no tiene límite.
Verán, este sector, el de la cocina, ya se ha transformado en algo más que una actividad lúdica y festera, aunque también lo es, de un grupo de amigos para celebrar un guiso en el campo o un divertimento para pasar el fin de semana experimentando en casa nuevas sensaciones culinarias, que también lo es y me parece perfecto, o para sorprender a los nuestros con una buena comida, que igualmente lo es también, para convertirse, como ya lo es, en uno de los pilares más importantes que sostienen el turismo. En consecuencia, la gastronomía andaluza es uno de los mayores motores económicos de nuestra tierra. O dicho de otra forma, la cocina proporciona riqueza a Andalucía. Así que imagínense ustedes la importancia que tiene y la que le tenemos que prestar al asunto. No es ninguna broma.

Por eso yo me sorprendo y, créanme, me cabreo te tal manera que el disgusto me dura tiempo, cuando voy a algunos restaurantes y, ni queriéndolo, no lo pueden hacer peor. Una comida bazofia vomitiva repugnante, mal servicio, nefasta decoración ambiental, manteles y servilletas de papel, un pésimo sistema de extracción de humos que cuando sales parece que has comido en la mismísima cocina, una iluminación fatal, una descuidada limpieza en servicios y resto del local, ruidos, y un largo etcétera de despropósitos con los cuales contribuye de manera muy notable a que nuestra gastronomía, siendo como es la más rica e importante de toda España con diferencia, se le desprestigie. Eso sí, los precios sí están y se preocupan porque estén en un buen nivel. Todo esto sin contar la fraudulenta y delictiva utilización que hacen de algunos productos alimentarios, de los cuales citaré, por poner un ejemplo, uno que siendo la mascarilla de proa de la gastronomía lo tiran por tierra y rechazan de plano, como es el aceite de oliva.

Personas e instituciones, públicas y privadas, no cesan de desgañitarse pregonando a los cuatro vientos, con mucha razón, dentro y fuera de nuestro país, que el consumo de aceite de oliva es indispensable para la cocina y para nuestra salud, y luego llegas a algunos locales de esos a los que me refería y solo al pasar por la acera un repugnante olor que emana de las freidoras te hacen retroceder, porque obviamente además de utilizar para freír y cocinar en general cualquier cosa menos zumo de oliva, esa cosa que usan en sus freidoras, la cambian de temporada en temporada, y eso sí la cambian. De vergüenza, vamos. A esto hay que ponerle fin.

Ahora se está dando un fenómeno muy importante que hay que saber aprovechar, que es lo que se ha venido a denominar el “Turismo Gastronómico”, y eso no es otra cosa que hay gentes, tanto los buenos amantes a la buena mesa como los que no lo son, que se desplazan de un lugar a otro de la geografía andaluza y en muchísimos casos del resto de España, solo, y no es poco, por descubrir las excelencias culinarias de ese determinado lugar.

Así que imagínense ustedes si ese “turista gastronómico” acude a uno de esos sitios, mal llamados restaurante, a los que antes me refería, y se encuentran con ese panorama.

La mala calidad de un establecimiento de restauración no solo perjudica al propio empresario que lo regenta, ahí todos salimos perjudicados. Por eso, al igual que se exige determinada documentación, como por ejemplo, de sanidad, de industria, carné de manipulador etcétera para conceder la apertura de un restaurante, se debería exigir también una mínima formación demostrable a la persona que vaya regentar ese local así como a los empelados que prestarán sus servicios. Y si no la tiene que se preocupen por adquirirla durante un plazo de tiempo antes de dar la apertura, porque la administración ofrece los mecanismos necesarios para que una persona se forme en este sector. Eso de decir que “cualquiera es válido para trabajar en este sector” ya va siendo hora que se destierre. Quien esté realmente preparado para trabajar en esto que trabaje si no que antes de hacerlo que se forme y si no que se busque otro empleo.

Si queremos una restauración de calidad y competitiva que además de generar riqueza sirva como imán para atraer mas gente a la zona en cuestión y así proporcionar una mayor y mejor economía, al que le corresponda tendría que ir tomado las medidas oportunas para que las cosas en este gremio de la restauración empiecen a cambiar, se hagan como es debido y no que cada uno campee a su manera. Habría que establecer un sistema policial para controlar a esos incontrolados.

Afortunadamente esos garitos a los que me refiero, que alguno llama restaurantes, no son la mayoría.

Tenemos la dicha de contar con un gran numero de restaurante, de los de verdad, pero esos cuatro elemento, pueden hacerle mucho daño al resto de los que van por derecho.
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