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Año IINumero 16

Sky Blue Mallorca

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El Salmón
por Koldo Royo
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Iñigo Murua
Cremas, Rellenos y Acabados Más Sencillos
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Paris Bien Vale Una Página
Tatiana Suárez
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Eduardo Suárez Del Real
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Mauro Alberto García
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El Gran Carnero Wagin
Ana Arazuri y Viki Benavides
El Lagar Del Jurista
José Luis Arpide
El Azafrán
Manuel Julbe
Mikito
Andreu Parra
Catando Copas
Grupo Atsegina
Iniciación a La Cata Del Vino (iv)


Manuel Julbe

Mikito
DE TOKIO

mjulbe@espanet.com

Era japonesa y tenía el ombligo más hermoso que he visto en mi vida. Mikito era rica gracias a un cuadro que su padre, luchador de sumo, le había vendido a un coleccionista de obras raras y que, según me explicó la muchacha, expertos de todo el mundo se lo habían atribuído a Goya y en el que se representaba a Fernando VII mostrando sus atributos sexuales al mismo tiempo que daba buena cuenta de un abundante plato de garbanzos. Además de sorber las ostras con la delicadez de una “gheisa”, Mikito era experta en barallete, jerga con la que se comunicaban los afiladores, paragüeros y capadores de la provincia de Orense y daba clases en una universidad privada en la que se estudiaban las hablas de germanía de todo el occidente cristiano. En el restaurante de la planta superior del Tokio Kaisen Market, el mercado de pescado del popular barrio de Kabukicho de la capital japonesa, y entre ostras y “sushi”, me contó, en barallete, que estaba mal “apicholada” -casada- con un inversor en bolsa que le sacaba unos pingües beneficios a los cuartos del cuadro. Cuartos que la oriental invertía en “xiros mougas”, es decir, en buenos vinos de los que poseía diversas añadas de Vega Sicilia, Tokay, Chateau d’Yquem y numerosos “Chateaux” bordeleses. “Chincamos pola gaurra”, o sea, cenamos, en el “Seryna”, uno de los restaurantes más caros de Tokyo, un “ishiyaki”, excelente asado cocinado sobre piedras ardientes y que la chica quiso acompañar con un Barón de Chirel del 88, vino mágico de Marqués de Riscal. Continuamos la noche en el “Blue Note”, el club de jazz más famoso de la zona de Omotesando, bebiendo “Suntory Royal”, el whisky japonés por excelencia. En su apartamento de Shinjuku, el barrio de los rascacielos, y con champán rosado de Laurent Perrier del 82, me fue enseñando su bodega. Me despidió en el aeropuerto, triste, yo casi diría que llorando, o como decía ella en esa jerga misteriosa e incomprensible “oretar polos mireos”. Será cuestión de ir pensando en aprender barallete.
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MUJER DE PUEBLO
La pecosa Cristina
POR MANUEL JULBE

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