Hay ocasiones en las que la gastronomía trasciende lo puramente culinario para convertirse en un auténtico punto de encuentro entre profesionales, amigos y amantes del buen vivir. La reciente visita de la Academia Gastronómica de Marbella al restaurante Sul Mare ha sido, sin duda, una de esas citas memorables que dejan huella.
Lo afirmo, además, desde una perspectiva profundamente personal. Mi vinculación con la Academia es estrecha, construida a lo largo de los años sobre la base de una amistad sincera con quien presidió la entidad durante cuatro décadas, el prestigioso doctor Andrés Manuel Sánchez Canto; con su recordado vicepresidente, Antonio Díaz Aroca (q. e. p. d.); con su actual presidente, Antonio Espada; y, por supuesto, con el conjunto de sus académicos. Por ello, vivir esta experiencia no ha sido únicamente un ejercicio de observación, sino también de complicidad y orgullo compartido.
La jornada tenía un objetivo claro: analizar con rigor la propuesta gastronómica, el servicio y la puesta en escena de uno de los establecimientos más emblemáticos del Paseo Marítimo de Marbella. El veredicto fue rotundo: Sul Mare está a la altura de las grandes expectativas.
Durante años, este restaurante ha sido asociado principalmente con la tradición italiana, un pilar que sigue plenamente vigente. Sus pastas frescas, sus pizzas y clásicos como el tiramisú continúan siendo referencias indiscutibles. Sin embargo, la experiencia vivida en esta ocasión demostró que su cocina ha evolucionado con ambición y personalidad, y que va mucho más allá de esa etiqueta inicial.
El chef Antonio Guerra propuso un recorrido gastronómico que combinó con acierto lo internacional y lo profundamente nuestro. Desde un delicado foie con manzana caramelizada hasta un arroz con conejo que evocaba la esencia más pura de la cocina andaluza, cada plato fue una declaración de intenciones. A ello se sumaron carnes, pescados y otras elaboraciones que confirman la versatilidad de una cocina madura, equilibrada y segura de sí misma.
El menú, generoso y cuidadosamente estructurado, estuvo acompañado por una acertada selección de vinos y culminó con un postre fresco y elegante que puso el broche final a una experiencia redonda.
Más allá de la cocina, merece una mención destacada el impecable trabajo en sala, capitaneado por Fátima Matos. La disposición de la mesa, la atmósfera creada y la atención al detalle configuraron un entorno casi escenográfico. Todo ello bajo la dirección de un equipo que entiende la hospitalidad no como un trámite, sino como un arte.
La valoración final, emitida con el criterio exigente que caracteriza a la Academia, fue claramente positiva. Y no era para menos.
Alrededor de la mesa se reunieron nombres ilustres de la gastronomía local, figuras que han contribuido durante décadas a situar a Marbella en el mapa culinario internacional. Porque si algo quedó patente esa noche es que la ciudad sigue siendo, con o sin títulos oficiales, un referente gastronómico de primer nivel.
Quiero hacer una mención muy especial, desde el afecto y la admiración más profunda, a José Luis Yagüe. Decano de la prensa en la Costa del Sol y el Campo de Gibraltar, representa un ejemplo vivo de pasión por el periodismo. Con casi 91 años, continúa escribiendo con lucidez y compromiso en su medio, “La Tribuna”. Su trayectoria no solo merece reconocimiento, sino también el respeto y el cariño que muchos le profesamos.
Eventos como este no solo sirven para evaluar un restaurante. Sirven, sobre todo, para reforzar vínculos, celebrar la excelencia y recordar que detrás de cada plato hay historias, esfuerzo y personas que aman lo que hacen.
Y es precisamente en esa combinación —gastronomía, amistad y tradición— donde reside, quizá, el verdadero secreto del éxito.