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José Luis Jiménez nos cuenta como se reunía la sociedad, celebritis alrededor de las mesas

Relatos Sabrosos, una Visión Muy Particular de la Historia Gastronómica (Cap.77)



José Luis Jiménez

 Eran poco más de las nueve de la noche.

  “¿Eras amigo de Yiyo, verdad?”

  “Era no, soy, respondí, ¿Y eso?”

  “Lo ha matado un toro en Colmenar”

  Eran poco más de las nueve de la noche

  “Pepe te puede dar más información” dijo señalando una mesa detrás de la que ocupaba. Pepe era José Cavero, director de informativos de Antena 3 Radio. Seguía atento a las noticias que transmitían de su emisora a través de un transistor que había colocado en lo alto de  la mesa. Me senté a su lado

  Eran poco más de las nueve de la noche, y como dijo Verlaine “Llueve en mi corazón”

  Nos encontrábamos en el restaurante El Molino, en Puente Arce, del gran Víctor Merino. El motivo era la cena de clausura a la que asistíamos quienes habíamos seguido el curso de la UIMP (Universidad Internacional Menéndez Pelayo) “IV Encuentro de Cocina y Sociedad. Religión y Cocina en la Sociedad Española”, dirigido por Antonio de Senillosa y Lorenzo Díaz.

  ¿Y si estaba en la misma mesa que había ocupado en su momento el diestro, en compañía de Antonio D. Olano?. Tenía constancia de su presencia en el El Molino porque me  lo había comentado en su momento Antonio. “Le recuerdo disfrutando como un niño ante el menú largo y estrecho que Merino nos sirvió”

  No pude por menos que recordar que hacía poco más de un mes le había dado un abrazo a Cubero al finalizar el almuerzo que compartimos después de la entrevista que le hice en Radio Intercontinental. Era el último programa de la temporada.

  Hablamos de muchas cosas. Estaba muy ilusionado con su coche BMW que había adquirido recientemente. Repasamos su trayectoria, nada fácil, y cuyo resumen adjunto en el testimonio gráfico que aportamos.

  A sus 21 años había conseguido el reconocimiento, incluso en muchos casos el fervor, de los aficionados y ser conocido como “Príncipe del toreo”. Quedamos en volver a vernos al final de la temporada. Que para él fue la última de su joven vida.

  Entró en la corrida de Colmenar Viejo en sustitución de Curro Romero. Su apoderado, Tomás Redondo, que era una especie de padre para él y que había luchado lo indecible, como apoderado independiente, había cerrado su presencia, con su aquiescencia, a las cuatro de la madrugada anterior. Una vez conseguidos los emolumentos que consideró justos.

  La corrida era seguida en el palco de prensa, junto a Olano, por Salvador Cayol (Diario YA) y “Barquerito” (Diario 16). Éste inició así su crónica: “Era una de sus faenas grandes de esta temporada…..El segundo intento (de entrar a matar) fue el bueno, pero el toro se revolvió, sobrevino la colada, la voltereta y, finalmente, la cornada fatal” (El toro le partió el corazón)

  Y continuaba: “Cuando llegué al callejón, José Luis Palomar, que había llevado a la enfermería el cuerpo del Yiyo, lloraba desconsolado. No quería ni salir a despedirse. Antoñete había ganado la enfermería por el callejón y estaba apoyado sollozando inconsolable sobre uno de los dos  pilotes de la puerta de caballos”

  Ya en la capilla ardiente los familiares decidieron la hora del entierro. A las cuatro y cuarto misa córpore in sepulto. Después el féretro sería conducido a la plaza “Monumental”. Allí se le daría una vuelta al ruedo (la misma fue un acto multitudinario). Y más tarde sería enterrado en el cementerio de Nuestra Señora de la Almudena.

  En poco tiempo se consiguió que el escultor Sanguino realizase el monumento que hoy se encuentra en la entrada de Las Ventas.

  Javier de la Serna, que era el jefe del equipo médico de la  plaza de Colmenar Viejo aquel 30 de agosto de 1985 escribió un sentido artículo en el diario El Mundo el 27 de agosto de 2010, que terminaba: “Decía el maestro La Serna que el honor y el arte son atributos de Dios y por tanto hay que defenderlos hasta la muerte. Pero ¿por qué hay que saber perder la vida por el honor y por el arte?. Porque si no fuera así, la vida no merecería la pena ser vivida. Solo merece la pena vivir aquello por lo que seas capaz de morir. Enhorabuena José Cubero, Yiyo, que supiste cambiar la vida efímera de hombre por la inmortalidad de héroe. Enhorabuena, José Cubero, que supiste cambiar aquel traje azul y oro por el bronce de tu estatua”

 

NO OS PERDÁIS EL SIGUIENTE RELATO. MENORCA 1964, EL GIN XORIGUER Y LORD COLLINGWOOD

 


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