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UN TESTIMONIO DE LA HAMBRUNA, EL MIEDO Y LA SUPERVIVENCIA

La Cocina Del Hambre en “celia en la Revolución”



Imagen: "Ghetto Fighters House" de Malva Schalek. Autorizado y extraído de Wikimedia Commons

Como ya señalé en mi artículo anterior sobre la cocina pobre, en esta segunda parte vuelvo a sumergirme en el territorio áspero de la cocina "povera", también llamada de economía de crisis o de guerra, es decir, cocina nacida de la penuria, que lejos de ser un fenómeno nuevo, se hunde en las raíces más profundas de nuestra historia —es una realidad decir que España nunca ha sido una sociedad pudiente—. Por el contrario, la pobreza y la escasez han sido nuestras maestras más crueles, pero también las más ingeniosas. A golpes de hambre se moldearon las mesas españolas, obligándonos a convertir la necesidad en virtud. De esos fogones humildes, sin brillo ni abundancia, surgieron platos que destilan sabiduría, equilibrio, sostenibilidad… y una humanidad que aún nos sorprende.

Si nos detenemos en nuestra historia más cercana, la cocina pobre adquirió un protagonismo feroz durante la hambruna de la guerra y de la posguerra. Fueron tiempos en los que la comida —o la ausencia de alimentos— funcionó como un espejo implacable de la realidad. Aunque esas etapas hayan quedado atrás, pesan sobre nosotros como una sombra alargada: nos cambiaron la forma de mirar el pan, de valorar una olla, de entender que tirar comida es, en el fondo, traicionar la memoria de quienes tuvieron que resistir con lo mínimo.

Es curioso cómo me sorprendió descubrir, casi con pudor, como el hambre late con insistencia en la literatura española y universal. Desde la mordacidad de la novela picaresca —con El Lazarillo de Tormes o El Buscón— hasta la amarga inocencia de Oliver Twist o la desdicha de Jane Eyre, el hambre aparece como un motor brutal de resiliencia, ingenio y supervivencia. La literatura, sin disimulos, nos recuerda que incluso las recetas más humildes tienen un lugar en la historia porque hablan de épocas donde cocinar era, literalmente, un acto de resistencia. La cocina, en todas sus formas, es un reflejo exacto de las condiciones sociales y económicas que la rodean.

Y tengo que afirmar que si la gastronomía ha sido tratada de mil maneras, fue en la literatura donde la falta de alimento alcanzó su mayor poder emocional, en donde la hambruna, la miseria y la desesperación se abren paso con una crudeza desnuda descomunal. El hambre no es solo un dolor físico: es miedo, es memoria, es vulnerabilidad, es humanidad.

Mi propósito en esta segunda parte se aleja por completo del tono teórico y un tanto académico de mi primera entrega, para dar paso a un relato emocional desde mis entrañas: la cocina del hambre como experiencia viva —más que como concepto. Este artículo es un intento de mostrar la pobreza en su forma más descarnada, sin filtros ni indulgencias. Para ello recurro al ejemplo autobiográfico que atraviesa como un bisturí las páginas de la novela Celia en la Revolución, de Elena Fortún, donde la autora no narra: confiesa. Y nos entrega un testimonio patético, estremecedoramente humano, que captura la esencia misma de la escasez y la indigencia. Su relato nos recuerda que detrás de cada plato humilde —cada mendrugo, cada caldo aguado— existen historias de lucha, terror, memoria y vida. Historias que, aunque intentemos olvidarlas, siguen latiendo bajo la piel de nuestra cultura culinaria.

Recientemente, al releer Celia en la Revolución (1987) de Elena Fortún —esa joya feroz y silenciosa de la literatura de la Guerra Civil española— me he encontrado con que es, precisamente la misérrima comida de guerra, o mejor dicho, la hambruna más desnuda y humillante, uno de los grandes temas que laten bajo sus páginas. Y, particularmente, me conmueven los pesares y privaciones que sufrió mi querida Celia durante aquella contienda sangrienta que desgarró un país… y también la vida de una adolescente.

Siempre he sido lectora devota de los libros infantiles de Celia. Para mí, más que un personaje, fue una especie de amiga imaginaria: luminosa, imperfecta, humana. Y hoy siento la necesidad de rendirle un tributo afectuoso, íntimo, por haber sido parte de mi “educación sentimental”. En aquellos años 50 y 60, tantas niñas de mi generación —las que acabaríamos siendo el primer destacamento de mujeres trabajadoras, decisivas en el nacimiento de “la mujer española moderna y liberada”— queríamos parecernos a ella. Veíamos en Celia una niña lista, buena, curiosa, simpática, ocurrente, sensible y compasiva; y en sus travesuras despuntaba una inteligencia aguda capaz de desnudar la doble moral asfixiante de la época. Con los años he comprendido que su influencia entre sus jóvenes lectoras fue mucho más profunda y decisiva de lo que entonces se supo reconocer.

Celia en la Revolución no empieza propiamente en el comienzo de la contienda, sino en un libro anterior, Celia madrecita, donde leemos el latigazo inicial: “Mamá murió en el otoño…”. Esa frase cortante, seca y a la vez cargada de emoción —tan propia del estilo de Elena Fortún— clausura de golpe el mundo feliz y despreocupado de la niña. Desde ese instante, Celia se ve empujada a un peregrinaje de dolor y responsabilidad desgarradora: encargarse de sus hermanitas pequeñas en medio de la bancarrota familiar, cuando la infancia debería ser un refugio y no un peso.

La Celia traviesa, sensible y audaz del barrio de Salamanca desaparece en este punto. Lo que viene ahora es otro paisaje, otro país: el Madrid brutalizado por la guerra civil. Y allí, en ese escenario roto, se reencuentra con su padre, militar republicano, mientras alrededor de ellos la ciudad se deshace en hambre, miedo, estruendo y silencio.

Y así, esta adolescente de quince años se ve arrojada a vivir la guerra en un Madrid sitiado, hambriento, exhausto y desprovisto de todo. Y muy pronto se transformará en una mujer resiliente, endurecida y precozmente madura. Celia narra de primera mano la vida en la retaguardia, ofreciendo —como señala Carmen Martín Gaite— “un testimonio espeluznante de los horrores de la guerra, a través del cual la escritora plasma sus propias vivencias”.

Y parte de su sufrimiento y angustia tienen mucho que ver con “la comida”, o mejor con la ausencia de ella: en un escenario donde se hacen tortillas sin huevos, chuletas sin carne o croquetas sin leche ni harina; y esto me ha llevado a pensar que no sería mala idea hacer a mis lectores partícipes de este conmovedor relato, y de paso informarles de qué pasó con Celia desde que la perdimos de vista, porque este libro se publicó veinte años después (1987).

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El relato arranca cuando Celia huye a Madrid en 1936, después del fusilamiento en Segovia de su abuelo, general republicano. A partir de entonces —salvo algunos viajes desesperados en busca de sus hermanitas— la muchacha permanece en un chalecito del Viso, un refugio frágil en medio del caos, hasta que en 1939 se ve obligada a embarcar hacia el exilio.

Su primera gran conmoción llega pronto: el “paseo” de su primo Gerardo, falangista, y la desaparición de su tía, ambos delatados por la criada. Ese doble mazazo sume a Celia en una perplejidad insondable; por primera vez, la guerra le plantea una pregunta que le quema por dentro: “¿Quién tiene razón… mi padre o Gerardo?”

Mientras ella se debate en esa duda, su padre —un republicano honrado, convencido de la legitimidad de la República— permanece herido en un hospital. Pero a medida que Celia conoce la realidad descarnada de las checas, los bombardeos crueles que cercenan las noches, las huidas de familias enteras con lo puesto, los fusilamientos al anochecer (donde incluso se alquilan bancos, a “real” la sesión, para ver morir a los demás), y los niños juegan a matarse como si repitieran un macabro juego del escondite, la muchacha llega a una conclusión tan simple como devastadora: “Esto es la guerra… una exacerbación de todo lo salvaje y primitivo que llevamos dentro”.

En Celia en la Revolución todo lo que sucede durante el asedio de Madrid brota sin adornos: un relato doloroso donde, aun así, de vez en cuando queda un resquicio de belleza, una brizna de vida: el olor a tomillo que todavía perfuma el aire, el sol tibio de otoño, unas rosas recién cortadas, unos botones nuevos para un abrigo gastado, o ese festín humilde de unas zanahorias tiernas que Celia ha logrado plantar en el jardín, como si la tierra se empeñara en resistir la barbarie.

El libro es, sobre todo, la crónica íntima y cotidiana de las miserias de la guerra. La jovencita observa cómo los algarrobos con gorgojos, escogidos uno a uno, pueden convertirse en un alimento aceptable; cómo los “garbanzos de guerra”, una variedad que jamás existió en tiempos de paz, no hay manera de que cuezan; y cómo una compra ilusionante —un supuesto conejo— acaba revelando, con amarga resignación, que no es más que una rata enorme y lustrosa.

SIN DUDA, LA COMIDA, O MÁS BIEN EL HAMBRE, ES UNO DE LOS TEMAS A LOS QUE LOS PERSONAJES DEDICAN MÁS TIEMPO: porque cuando falta el pan, el hambre se convierte en pensamiento, en conversación, en desvelo… y en destino.

En una primera etapa, Celia intenta sobrevivir con el racionamiento escaso: 80 gramos de lentejas a la semana, leche aguada, un huevo cada tres días, arroz y garbanzos que no hay manera de ablandar, y un poco de pan que parece masa compacta más que alimento. Pronto comprende que con eso no se vive; y apenas se sobrevive. Para conseguir leche, hace cola desde el amanecer, y cuando por fin llega su turno, el “corazón se le aprieta y le tiemblan las manos”: ya no queda nada. Los ultramarinos, reducidos a esqueletos de comercio, solo conservan unas pocas especias, y se mantienen abiertos por estricto mandato gubernamental, como un gesto vacío hacia una normalidad que ya no existe.

A medida que la guerra avanza, Madrid se vuelve un vientre hueco: falta de todo, hasta de luz. La frase más repetida es una letanía desesperada: “Tengo hambre, no he comido nada en todo el día”. La gente, antaño generosa, se vuelve mezquina, casi salvaje, defendiendo migajas como si fueran tesoros. No hay carbón ni madera para encender la lumbre; la única llama posible procede de hojas secas o de bolas de papel mojado, secadas al sol. Lo más patético, lo más desolador, es que tampoco queda madera para enterrar a los muertos: para conseguir una caja sin tapa es necesario entregar a cambio un armario, una cómoda… como si la muerte también exigiera un trueque impúdico.

En Nochebuena, Celia se acuesta tiritando de frío, abrazada a una rebanada de pan y a un vaso de agua caliente apenas endulzada. El cacao —si es que puede llamarse así— cuesta 30 pesetas y no es más que un polvo oscuro que sabe a serrín con barniz. Afuera, los ancianos se consumen en silencio y los perros aúllan frente a las puertas de los dueños que han sido “paseados”.

Al principio se comen las vacas de leche y los bueyes de carreta que traen los refugiados de Talavera; después vienen las mulas, los caballos extenuados, y más tarde los perros y gatos. Finalmente, la carne de burro se convierte en un lujo triste. No hay aceite, ni sebo, ni rastro de grasa. La carne se cuece toda la noche en un hornillo que apenas calienta, como si hervirla fuera también un acto de fe. Para lavar la ropa, en lugar de jabón, usa ceniza cocida y colada. El racionamiento se agota; cuando Celia va a recogerlo, lo único que le ofrecen son unas alpargatas, que acaban de cambiar por un bote de leche condensada en la Bolsa de Contratación, donde la vida se negocia como un mercado de despojos.

Y entre tanta desolación, aparecen alimentos nuevos, casi aberrantes: un vermú hecho con bencina, aguarrás y alcohol de quemar, pero que, increíblemente, consigue alegrarles el alma; lo mismo que la piel frita de las patatas; las hojas de violetas, que resultan deliciosas por pura hambre...

Cada salida es, para Celia, una expedición en busca de milagros. Una lengua de caballo es un festín. La carne guisada de una taberna del centro —con un aroma sospechoso— resulta ser la de un perro muerto. En el mercado de Torrijos venden hierbas de cuneta que “riegan los milicianos”. En Argüelles consigue un “gatito degollado”, que no es más que una rata grande. Y mientras tanto, Celia devora libros de cocina con la esperanza de aprender a hacer milagros culinarios: ¡nunca hasta entonces había deseado tanto saber guisar! Las lechugas y zanahorias que ha plantado en el jardín han salido tiernas y hermosas, pero ella no sabe cómo cocinarlas. La comida ocupa todo su pensamiento, día y noche: es su preocupación, su obsesión, su angustia constante.

Celia, que adora a su padre y se desvive por él, mantiene, desde el comienzo de la guerra, un punto de divergencia con él: el militar está convencido de que los suyos están ganando, mientras que su hija, mucho más próxima a la realidad, atribuye esta idea a la propaganda republicana. Y cuando ya al final, la superioridad de Franco es evidente, su padre abatido aporta la siguiente justificación: “El Gobierno no tiene un ejército disciplinado, no tiene una policía interna, y no tiene una policía que lo defiende y haga cumplir sus órdenes, no tiene más que un pueblo inculto, indisciplinado y desatinado”. 

Y un día se entera de que la guerra está perdida. Y, su primer pensamiento es para su padre. “¡Papá está perdido! ¡Lo fusilarán!”. Y ella misma está perdida, entre tantas desgracias… sin familia… sin saber qué hacer… Doscientas mil personas se dirigen a la frontera de Francia, entre ellas su padre. Su gato Kinoto está muriéndose, y el último acto de piedad de Celia es abrir la lata de leche condesada que le queda, pero cuando le acerca una cucharadita al gatito deja caer la cabeza porque acaba de morir.

Finalmente, y a pesar de que sus amigos de derechas, que la tienen en gran estima, la persuaden para que se quede, Celia decide embarcarse en un mercante inglés que la llevará a Francia, donde se reunirá con su padre y sus hermanitas. Pero todavía queda una última decepción: “Ahora todo el mundo es de derechas”, y nadie se atreve a ir a despedirla, por miedo a represalias. Y sintiéndose absolutamente abandonada se repite a sí misma para darse ánimos: “No, no estoy sola. ¡Estoy en las manos de Dios!”

N. B. Quiero enfatizar que todo lo narrado —acontecimientos y desgracias— aparte de algún comentario mío sin trascendencia, procede fielmente del libro original, que en ocasiones está resumido, en otras parafraseado y, en algunos casos, citado textualmente. Por mi parte y conscientemente, no hay nada fabulado. He intentado condensar la España en guerra del mismo modo que lo hace Celia, con una mirada objetiva y compasiva. Coincido con Trapiello (2020) en su valoración positiva de la descripción de la guerra, “por su calidad, su calidez, su emoción y su justeza histórica y humana”.

Junto a la comida de guerra que Celia consigue de mil maneras, sí he procurado aportar el contexto histórico de los acontecimientos y el trasfondo personal y político de la adolescente, que está muy presente en el libro, porque sin él el relato perdería la emoción, la crudeza y la relevancia que tiene la comida y la desesperación en tiempos de conflicto.


Carmen Pérez Basanta




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