Un alto en el camino de regreso de Galicia que se convirtió en un entrañable encuentro entre amigos, con Manuel “el Gallego”, José Manuel y Eulalia alrededor de una mesa lisboeta, donde una extraordinaria sopa de pescado puso el sabor a una jornada de amistad y gastronomía.

Hay viajes que terminan cuando uno llega a casa. Y hay otros que continúan mucho después, instalados en la memoria como esos buenos sabores que permanecen en el paladar. Mi regreso de Galicia tuvo una última y magnífica parada en Lisboa, donde la gastronomía volvió a convertirse en el mejor pretexto para encontrarnos con los amigos.
Después de unos días maravillosos por tierras gallegas, regresaba hacia Cádiz en coche con mi querido amigo Manuel Sixto, “el gallego”, cuando hicimos escala en Lisboa. Allí nos esperaba otro gran amigo, José Manuel Alves, gran maestre de la Cofradía Gastronómica del Algarve portugués y fundador de la Cofradía Gastronómica de Lisboa.
José Manuel es de esas personas que uno tiene la suerte de encontrar en la vida. Cariñoso, cercano, generoso y profundamente comprometido con la gastronomía y con el asociacionismo gastronómico. Su trabajo, su entusiasmo y su capacidad para estrechar vínculos entre cofradías y personas de distintos lugares merecen todo mi reconocimiento y admiración.
Pero aquel encuentro tenía también una protagonista especial: Eulalia, amiga de José Manuel y una gran experta y apasionada del mundo del vino, cuya sensibilidad y conocimiento hicieron todavía más interesante y agradable aquella conversación alrededor de la mesa.
Los cuatro nos sentamos a comer en Casa do Nunes, un coqueto y acogedor restaurante situado en la Rua Luanda, en Lisboa. Un establecimiento de esos que transmiten desde el primer momento respeto por el producto y por la cocina. Una casa donde pescados, mariscos y carnes ocupan un lugar destacado.
Comenzamos disfrutando de unos aperitivos que ya anunciaban un buen almuerzo. Pero hubo un plato que, por encima de todos, consiguió sorprenderme: la sopa de pescado.
Y qué sopa.
De esas que no necesitan artificios para demostrar su grandeza. Un caldo sabroso, profundo y marinero, en el que aparecía un generoso trozo de mero, acompañado de almejas, verduras y otros ingredientes del mar, formando un conjunto extraordinariamente equilibrado.
Cada cucharada era un auténtico homenaje al sabor del océano.
Me sorprendió especialmente la generosidad del mero y la intensidad del caldo, pero, sobre todo, ese equilibrio tan difícil de conseguir en una buena sopa de pescado: sabor, producto y sencillez, sin que nada sobresaliera por encima de lo demás.
Aquella sopa consiguió algo que no todos los platos consiguen: quedarse en la memoria.
Y quizá por eso la recuerdo tanto. Porque la disfruté en Lisboa, rodeado de tres personas con las que comparto algo que va mucho más allá de la gastronomía: la amistad. Manuel, mi querido Gallego, compañero de viaje; José Manuel, amigo y referente del movimiento cofrade gastronómico portugués; y Eulalia, mujer de conversación amable y gran conocedora del apasionante universo del vino.
La comida terminó siendo mucho más que un almuerzo. Fue un encuentro de amigos, de culturas y de pasiones compartidas. Una de esas mesas en las que se habla de gastronomía, de vinos, de cofradías, de proyectos y, sobre todo, de la vida.
Al abandonar Lisboa y continuar nuestro camino hacia Cádiz pensé que quizá no existe mejor manera de poner punto final a un viaje: sentarse alrededor de una buena mesa con buenos amigos y descubrir que, al final, la gastronomía es también una extraordinaria forma de hacer patria, de tender puentes y de celebrar la amistad.
Y me llevé conmigo el recuerdo de aquella mesa de Lisboa, de la conversación, de los amigos y de una sopa de pescado que difícilmente olvidaré.
Porque hay comidas que alimentan el cuerpo.
Y hay otras que, además, alimentan el alma

