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Saboreando a Ciegas




Hay quienes descubrieron que
no es verdad que la comida entre primero por los ojos.
En realidad, dejaron de creer en el amor a primera vista
y fueron seducidos por la oscuridad.




¿No te parece que por las noches, cuando todo ya está oscuro y te alistas para dormir, de pronto todo suena más alto? Como si empezaras a escuchar más claramente los sonidos de las cosas: la puerta al abrirse. O al cerrarse. O las gotas del caño del baño que retumban sobre el lavadero. O las agujas de un reloj que no te deja dormir. O la televisión? Esos dos puntos de volumen que en la tarde ni se escuchaban se vuelven ruidosos por las noches, a oscuras. ¿Por qué?

La oscuridad esconde misterios asombrosos. A oscuras se neutraliza nuestro sentido más dominante: la vista, y así disminuyen los prejuicios y empezamos a percibir las cosas con mayor claridad. Esa sinceridad me gusta de la oscuridad. Y eso debe gustarles también a los comensales de Binde Kuh, el primer restaurante en el mundo donde se come completamente a ciegas y donde la carta varía semanalmente.

Para poder comer en este restaurante hay que hacer la reserva con varias semanas de antelación. Las hago y vuelo en busca de una experiencia diferente. Llego a Suiza y me dirijo hacia Binde Kuh. En la recepción me informan que está prohibido entrar con cualquier artículo que emita luz: encendedores, relojes con luces, cigarrillos, entre otros. Vacío mis bolsillos. Luego, un mesero me pide que lo sostenga del hombro y me guía al comedor, el cual se encuentra completamente oscuro, y no se ve absolutamente nada. Volteo mi rostro y veo cómo aquella luz de la recepción se va haciendo un círculo cada vez más pequeño hasta que termina por desaparecer. Ya estoy en medio de la total oscuridad.

El mismo mesero me ayudará en cualquier momento, cuando desee desplazarme por el salón. Para pedir su ayuda sólo debo llamarlo por su nombre en voz alta. Un detalle más: todos los meseros de Binde Kuh son invidentes.

Llega el plato principal y trato de ubicar los cubiertos tímidamente hasta que los encuentro. En esta escenografía negra me doy cuenta lo poco que domino el cuchillo y el tenedor. Al llegar el vino, una voz me advierte: le estoy dejando la copa a la una, y así, utilizando las manecillas del reloj orientan a los clientes sobre la ubicación de cada cosa. Esta noche ni el agua mineral de mi mesa sabe igual. Nunca había seguido tan de cerca el recorrido del vino, ni había degustado tanto cada bocado, ni me había concentrado tanto en descubrir los sabores.

Saborear la comida a ciegas es un placer del cual se goza también en otro restaurante llamado ¿Dans le Noir?, ubicado en el país de la Torre Eiffel en 51 rue Quincampoi y ofrece tres atenciones al día: 12:30 p.m.; 8 p.m. y 10:00 p.m. En la barra, el precio de un cocktail con alcohol es de 10 euros, y uno sin alcohol de 7. Y, al igual que en Binde Kuh, todos los meseros y parte del personal administrativo son ciegos. En ¿Dans le Noir? si no sabes leer en braille debes elegir los platos en la recepción, donde sí hay iluminación, o elegir el menú sorpresa. Para quienes sí saben leer en braille, al entrar al comedor encontrarán la carta grabada a un lado de las mesas. Otra experiencia también inolvidable.

Quizás con el pasar del tiempo algún día pueda viajar a Francia o Suiza y poder disfrutar la experiencia de comer en uno de estos restaurantes, conocer el salón oscuro o pedirme aquel menú sorpresa. Abro los ojos y lo primero que veo es mi plato vacío. Paseo los ojos alrededor y lentamente, de derecha a izquierda, y mi cocina sigue luciendo igual. A las pocas horas de leer acerca de estas dos propuestas de restaurantes no pude resistirme la tentación de estar allí.






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