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Lucrecia Y Todas las Hierbas


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Manuel Julbe
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A Lucrecia la parió su madre entre un saco de laurel y otro de menta fresca; la mujer rompió aguas mientras le despachaba a doña Aurelia, la mujer de Niceto el taxista, cien gramos de menta y tomillo que mezclados con hojas frescas de col, hojas y flores de botón de oro y hojas frescas de celidonia, le calmaban al hombre la fuerte ciática que padecía.

Total, que con la ayuda de doña Aurelia y Carlitos, el chico de los recados, la señora Paca parió en un santiamén una criatura hermosa, rolliza y morena cuyas lágrimas del primer llanto despredían el aroma a pimienta característico de la ajedrea.

A medida que crecía Lucrecia iba segregando esencias; su pelo, negro y brillante, olía a albahaca de la India oriental. Sus corvas rezumaban el penetrante aroma del orégano mexicano y sus piececitos, el suave perfume de la salvia dalmática. Su tía Domitila, mujer romántica y ávida lectora de las novelas de Corín Tellado, aseguraba que los orines de la criatura desprendían la fragancia exótica de la melisa vietnamita y el tío Ramón, juerguista y mujeriego, soltaba alguna que otra lágrima recordando a una novia de Cuenca que sabía y olía al aroma dulzón de la flor de saúco.

Con dieciocho años Lucrecia era todo un herbolario; en ella convivían los penetrantes aromas de un bosque salvaje y los frescos efluvios del más cuidado de los jardines. Las esencias que desprendía su cuerpo cambiaban según su estado de ánimo; si gozosa, olía a flor de naranjo dulce y el aroma amargo y acre de las mirabeles se manifestaba cuando la tristeza envolvía su alma.

La madre se apercibió del primer enamoramiento de la muchacha cuando inundó la casa de olor a violetas. Lucrecia quedó prendada de un flacucho estudiante de farmacia que le olía con avidez las axilas para poder preparar mejunjes y ungüentos, al parecer afrodisíacos, que vendía a sus compañeros de clase augurándoles rotundos éxitos amatorios.

La vida cambió para Lucrecia el día en que su padre trajo a la botica a un remilgado francés, perfumista de profesión. El galo, bajo la estricta vigilancia de la madre, empezó a oler aquellas partes del cuerpo de la muchacha que doña Paca consideraba que no menoscabarían la honra familiar; el dictamen del experto fue rotundo, la chica era una mina de oro.

Cargadas de maletas viajaron a París madre e hija en donde el francés había preparado, previo pago de un buena suma de francos, una sesión con los miembros más importantes del Colegio de Perfumistas de Francia; allí estaban los artífices de los perfumes más afamados del mundo. En los rostros de los fisgones olfativos se plasmaba la incredulidad y la sorpresa mientras que doña Paca se las veía y se las deseaba para impedir que los apéndices de tan dignos varones escudriñaran en demasía la virginal epidermis de su hija.

Tras pasar por diversos estados de ánimo, Lucrecia segregó efluvios de hinojo marino, galabardera, bergamota silvestre y un sinfín de aromas que inundaron el salón y embriagaron a los presentes.

Hoy en día Lucrecia vende a precio de oro sus lágrimas y sus exudaciones a una multinacional que suministra alegrías o tristezas a gusto del consumidor. Lo triste es que doña Paca no llegó a oler el perfume a lima caribeña que desprendía su nietecito.


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